Cuando hace seis años y en este mismo espacio celebré la existencia de Can Yaman, sus fans se me echaron encima. Yo festejaba que por fin hubiera hombres abiertamente cosificados para el disfrute del ojo femenino y muchos de esos ojos me afearon que tratase al actor como si fuese una cosa y no un hombre completísimo, formadísimo e interesantísimo. Tres adjetivos tan inventados por las fans de Yaman como los personajes que el turco interpreta. Cariño, de Can Yaman sabes lo que te han contado sus representantes y lo que has visto en sus series. Can Yaman es una ficción, una idea, un modelo de negocio.
¿Será otro caso de doble vergüenza? Vergüenza de que lo único que te interese de una estrella sea su físico y vergüenza de admitirlo. Me parece un atraso. Vivan las mocatrices, las starlettes, y vivan también los cachos de carne, de Turquía o de donde sea y los bellos sin alma. Y ahora es cuando alguna fan salta: ¿cómo que "sin alma"? ¿cómo te atreves? ¡Mi Can Yaman tiene un alma que para ti la quisieras, mequetrefe!
Hace unos días saltó la noticia de que Yaman era uno de los detenidos en un club nocturno en Estambul. Lo de siempre: noche, drogas... No se trataba de una operación contra el actor: él era uno más entre varios detenidos. Unas horas después veo por televisión a una periodista en la zona comentando, con cuidado de no molestar a las canyamaners, que la noticia allí no es tan escandalosa porque en Turquía Yaman no es un actor importante. Vamos, que allí no puede tener la poca vergüenza de cobrar a sus fans un pastón por cenar en la misma sala que ellas. Eso hizo en Madrid y Barcelona en 2024. Porque aquí sí es una superestrella. Aquí sí tiene alma. Y fans desquiciadas.
