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El pasado invierno vi en las redes sociales como un grupo de venezolanos, asentados en España, disfrutaba de unas vacaciones en Los Roques, el enclave caribeño al que solo se accede en avioneta privada o en yate. Si ese exhibicionismo de chapuzones en aguas turquesas, copa en mano, se hubiera celebrado en Punta Cana o en Maldivas, ni me habría fijado. Pero que fuese en la Venezuela chavista, y que fuesen venezolanos que conozco de Madrid, ricos exiliados, me pareció obsceno. Mostraba una falta de solidaridad y empatía con la tragedia que está viviendo el país.
Reconocí lo que siempre vi allí, desde que fui por primera vez en los años 1970: unas élites que viven de espaldas al pueblo, ajenas a su sufrimiento, solo dispuestas a divertirse y a enriquecerse. Son también la razón por la que Chávez llegó al poder. Y ahí siguen, iguales a sí mismas, ajenas a la Historia, deseando no tener que volver a Venezuela porque ya se han afincado en Europa y se han acostumbrado a la seguridad y a la buena vida. Cuando se les pregunta por las elecciones del 28-J, alzan la vista al cielo como diciendo que están de vuelta de todo, que ya han vivido ese momento con Capriles y luego con Leopoldo López, que no creen que nada vaya a cambiar. Claro, ser pesimista, desde la seguridad de la calle Velazquez, es lo cómodo. No quieren pensar que esta vez pueda ser diferente, que tras la ola de López en el 2014 y la de Guaidó en 2018, esta de María Corina puede por fin conseguir que el país se vuelva del revés. Asumir esto les obligaría a enfrentarse al dilema de regresar o quedarse donde están, y muchos prefieren evitarlo.
En el lado opuesto están los venezolanos pobres o de clase media que sufren el exilio. La mayoría son gente honrada, trabajadora. Sueñan con el clima suave de Caracas, añoran el olor a flores de sus calles, el sabor de las arepas, la alegría de la familia unida, los negocios que han dejado atrás. Muchos tienen parientes que sobreviven gracias a las remesas. Otros ni siquiera porque las familias se han desperdigado por el mundo. La ONU calcula que unos ocho millones, es decir una tercera parte país, ha tenido que abandonar Venezuela. Solo ese dato da cuenta del fracaso inmenso de esa revolución, que sin embargo, y de manera inexplicable, sigue cosechando muestras de simpatía, sobre todo en nuestro país, que apenas condena los excesos de la dictadura y la existencia de los presos políticos, ni muestra un apoyo firme y decidido a la oposición. Lógico, parte del Gobierno se considera amiga de Maduro. Puede más la ideología que la probidad moral, la política identitaria ("son de los nuestros") que la visión de Estado.
LEOPOLDO, CAPRILES...
Porque si bien es cierto que Venezuela ha sufrido multitud de levantamientos militares desde su independencia y de que alberga una cultura de caciquismo, también es cierto que existe lo opuesto, una tradición de lucha por la libertad que culminó en 40 años de democracia, que fueron los años más prósperos de su existencia.
Pero volvamos a los exiliados. Tanto a ricos como a pobres les encanta poner verde a sus líderes. El otro día, un chofer de Uber, venezolano, al decirle que había escrito un libro sobre el político Leopoldo López, se llevó las manos a la cabeza: "¡Ese es un ladrón! -me dice- ¡Ha huido porque pactó con Maduro!" Le pedí pruebas de lo que decía, pero no, el sólo despotricaba. No se daba cuenta de que estaba repitiendo las mentiras y los bulos que el régimen chavista vomita con gran eficacia por las redes sociales para mancillar la imagen de sus opositores. Porque así los matan social y sobre todo, políticamente. Nadie se salva: "Capriles es un blando, Leopoldo es un pijo y nos ha dejado tirados, Guaidó es un inútil, etc". En el mar pestilente en el que se han convertido las RRSS, el chavismo lanza sus aguas sucias que acaban contaminándolo todo. Las medio verdades y las mentiras se mezclan y ni los propios venezolanos saben qué pensar. Es el drama de esta dictadura, que se infiltra en la mente de todos, hasta del adversario que ha tenido que huir del país pero que sigue aferrado al relato oficial porque no es capaz de distinguir la paja del heno. Me gusta recordarles que tanto López como Guaidó han arriesgado sus vidas para que el mundo sepa lo que ocurre en las mazmorras de Venezuela, que han pagado la osadía de enfrentarse al régimen con años de cárcel y con el exilio, y termino preguntándoles: ¿qué ha hecho usted por su país que le da derecho a criticar a los que sí han hecho algo? Entonces empiezan a callarse. Pero está claro que los venezolanos han heredado de los españoles el cainismo en la vida pública.
Boliburgueses
El Mercado de la Paz, enclavado en una zona del barrio del Salamanca de Madrid conocida como Little Caracas, es un buen lugar para encontrarse con ellos. Ahí están, desde ex propietarios de medios de comunicación expulsados por el régimen hasta bolichicos o boliburgueses como llaman a militares y hombres de negocios que se han enriquecido con el chavismo y que invierten en España porque sienten que el barco está a punto de hundirse. Les encanta este cogollo de Madrid, hay algo en ese entorno burgués y rancio que les da seguridad. Los bolichicos hablan poco, no quieren que se les fisgue, solo he conseguido que uno de ellos me diga que la situación no es tan mala como lo cuentan aquí los medios. "¿Y el índice de pobreza del 84% en un país que era el más rico de Sudamérica?" —pregunto—. "Esas cifras están amañadas por el Imperio, por los gringos", responden. Entonces te das cuenta de que no sirve de nada hablar con ellos.
Que verdugos y víctimas se codeen en las calles de la amplia geografía del exilio no deja de ser un plato difícil de tragar. Uno de los últimos en conseguir asilo en España ha sido el General Miguel Rodríguez Torres, que fue ministro de interior y justicia chavista en el 2014, un militar conocido por crear la prisión de alta seguridad de la Tumba, donde a nueve metros bajo tierra encierran a opositores en celdas bañadas de luz blanca y con un frío constante. Sospechoso de conspirar contra Maduro, probó su propia medicina durante cinco años en las cárceles hasta que el ex presidente Zapatero medió para lograr su liberación. Cualquier día se encontrará en las calles de Madrid con alguno de los que mandó encerrar en condiciones terribles.
¿Habrá venganza, o reconciliación? Maduro ya ha hecho un llamamiento a la violencia si pierde las elecciones. Del bravo pueblo —como dice el himno venezolano— y de la actitud de los militares depende que el país acabe ahogado en más represión y pobreza, al estilo cubano, o que logre una transición política como ocurrió en España, en Sudáfrica o en Chile, en cuyo caso necesitará toda la ayuda posible de los países democráticos.
Hace unos meses, estaba Leopoldo López paseando en bicicleta por Madrid Río cuando le interpeló un compatriota:
—¡Hey, yo te conozco, mano! ¿Y quién eres tú? —le preguntó Leopoldo.
—Un militar del ejército venezolano —contestó el otro.
Leopoldo se irguió, nervioso, hasta que el hombre le dijo.
—Yo era el jefe de tus custodios cuando estabas encerrado en la cárcel de Ramo Verde en el 2015.
Y le estrechó la mano. Así, en un instante, se sellaba una reconciliación que ojalá sea un botón de muestra de lo que un día pueda ocurrir en el país.


