LA LECTURA
Crisis existencial permanente

La escalera de Truman

El mundo actual no es la culminación necesaria de un proceso dirigido, sino la consecuencia acumulada de condiciones contingentes. Nuestra existencia siempre fue posible, pero no necesaria

La escalera de Truman
Actualizado

Por mis frustraciones personales (una vez, como buena chica empollona, creí que iba a estudiar ciencias), de vez en cuando leo algún libro de divulgación para enterarme a medias de algún estudio científico. El último, un regalo de navidad, fue La vida maravillosa, de Stephen Jay Gould, que tengo entendido que es un clásico del género. En este libro Gould hace una defensa de que la vida en general (y, por tanto, la vida humana, aunque el libro no se prodiga en los humanos excepto para denunciar nuestros sesgos a la hora de interpretar el mundo) es radicalmente contingente, esto es, que no sigue ningún plan. «Contingencia», en sentido fuerte, significa que lo que existe podría no haber existido, que el presente no estaba inscrito en el pasado, que los acontecimientos que lo llevaron aquí pudieron haberse desviado o interrumpido.

Aplicada a la historia de la vida, esto implica que la evolución no avanza hacia un fin necesario, sino que se ramifica, se reduce y se reconfigura según eventos locales, extinciones y supervivencias parciales. «Si rebobináramos la cinta de la vida hasta el Cámbrico y la dejáramos correr de nuevo, el resultado sería radicalmente distinto», asegura Gould. La existencia humana no es la culminación inevitable de un proceso dirigido, sino la consecuencia histórica de una serie de bifurcaciones que no estaban obligadas a resolverse como lo hicieron.

Aunque el libro se centra los fósiles del yacimiento de Burgess Shale, su lectura me dio curiosidad sobre aquello que permitía que los humanos habitemos hoy la Tierra, que escribamos o leamos periódicos. Por lo que aprendí, en los primeros instantes del universo, fluctuaciones mínimas de densidad quedaron fijadas cuando el espacio se expandió rápidamente. Si la distribución de materia hubiera sido perfectamente homogénea, la gravedad no habría tenido puntos de concentración sobre los que actuar y no se habrían formado galaxias ni estrellas. Si la intensidad de la fuerza nuclear fuera levemente distinta, el carbono no existiría en su forma actual, y por tanto tampoco la vida orgánica.

El sistema solar que habitamos se formó a partir de la nube producida por la explosión de generaciones anteriores de estrellas, que aportan los elementos (incluido el oxígeno) que permitieron que la vida se dé. Sin esas explosiones, no habría planetas rocosos; y si el Sol fuera un poco más grande o más pequeño no se podría haber dado un sistema estable. Dentro del sistema solar, la Tierra orbita en una región donde el agua puede permanecer líquida, y otro episodio decisivo para que la vida se diera fue la colisión temprana con el protoplaneta que dio origen a la Luna, que estabiliza la inclinación del eje terrestre y modera nuestro clima. Si el choque no se hubiera dado o se hubiera dado de otro modo, tal vez no habría vida.

Para saber más

Pese a esto, durante los primeros cientos de millones de años, la Tierra fue un planeta vacío. En algún momento, ciertas moléculas comenzaron a replicarse sin que aún se sepa exactamente por qué. Si esos primeros sistemas autorreplicantes hubieran sido menos estables, podrían haberse extinguido sin dejar descendencia y tampoco estaríamos aquí. Además, durante una larga etapa, la vida fue exclusivamente microbiana. Más tarde, algunas bacterias desarrollaron fotosíntesis oxigénica, generando la atmósfera que hoy respiramos. En un momento posterior, una célula incorporó a otra sin digerirla, estableciendo una simbiosis, lo que facilitó la evolución hacia organismos más complejos.

Después, hace unos 540 millones de años, aparecieron por fin organismos con sistemas nerviosos y órganos sensoriales. No está claro que esto fuera inevitable, ya que dependió de condiciones específicas. Incluso lo que vino después, más conocido por todos, podría haber sido de otra manera. Si no se hubieran extinguido los dinosaurios, probablemente los mamíferos no habríamos tenido espacio para desarrollarnos, y este es solo uno de los infinitos contrafácticos que podrían haber llevado a que no estuviéramos aquí. El mundo actual, pues, no es la culminación necesaria de un proceso, sino la consecuencia acumulada de condiciones contingentes. Nuestra existencia siempre fue posible, pero no necesaria.

En este sentido, nuestra contingencia no es solo un dato cosmológico o una hipótesis razonable: si nada garantizaba que estuviéramos aquí, tampoco hay nada que garantice que sigamos estándolo. No somos el resultado esperado del universo, sino una anomalía sostenida en el tiempo. Y las anomalías, por definición, no están aseguradas. Mientras hablaba de esto con un amigo, se me ocurrió que lo que realmente me inquietaba no era que podríamos no haber existido, sino que no parece que haya ningún sentido en mi existencia. Cuando Truman intentaba escapar de Seahaven Island eventualmente acababa encontrándose con la escalera en el cielo, con la voz de su guionista-creador, pero eso no nos pasará a nosotros. El universo no nos debe nada. No está orientado a producir conciencia, ni opiniones, ni mucho menos a darnos ninguna explicación. Todo eso ocurrió porque una cadena larguísima de equilibrios frágiles no se rompió a tiempo, y nunca nadie podrá tranquilizarnos con una respuesta clara de qué demonios hacemos aquí.