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Los hijos (siete) iban al colegio y dejaban a Sota en pijama, perezoso y divertido, haciendo tertulia telefónica con algún amigo. Si se quedaban en casa, los niños veían a su padre rondando por el piso de Bretón de los Herreros, tocando el piano. Nada verdaderamente extravagante: Mozart y Beethoven. Bach con más dificultades. Alguna vez Bartók, Schubert, Chopin. Antes de ser arquitecto, a Sota le tentó la carrera de músico pero de niño tenía buena mano para el dibujo y para las matemáticas y lo del piano quedó para la próxima vida. Un día, el hombre se empeñó en que toda la familia escuchara Stimmung de Stockhausen y, pese a que era un padre dulce y bromista, exigió que todo el mundo se tomara en serio aquel galimatías de voces y sonidos.
Bueno: el caso es que Sota sólo bajaba al estudio (en el mismo edificio, en el semisótano) después de comer. Dibujaba un rato y después hablaba con el delineante para explicarle su tarea del día. Trabajaban más bien por la tarde-noche y no por la mañana, pero, ojo, porque Sota no era un bohemio en el sentido tópico. No salía por ahí de juerga ni se metía en líos ni vestía con fulares ni decía galicismos raros. Era más Bartleby que dandi, para entendernos.
Sota cerró dos veces su estudio: la primera vez, en los años 50, por algo que llamaremos falta de estímulos intelectuales. Luego reencontró el apetito y volvió a empezar. La segunda vez que cerró fue al borde de la edad de la jubilación. No le salían las cuentas. En realidad, nunca le fue muy bien a su estudio. Sota no tuvo acceso a los grandes clientes ni a los encargos en el Paseo de La Castellana. El hombre se empleó entonces como arquitecto de Correos, gracias a una oposición que había sacado mil años antes, y... en fin, intentó despertarse más temprano. En Correos, sus tareas consistían en remodelar oficinas de pueblo y los arquitectos locales, que se habían educado en su veneración, no se lo podían creer cuando lo veían por ahí. Sota lo llevaba bien, con buen humor.
Al final, a través de Correos le salió un proyecto que no era tan poca cosa, la sede de León. Cuando empezó con el encargo, le dijo a uno de sus hijos, ya adulto, que no sabía cómo abordar aquello. El hijo le contestó algo así como «Papá, llevas 40 años en esto, tira de oficio» y Sota entendió que le decía «cumple y no le des más vueltas». Se lo tomó mal y Correos de León se convirtió una obra maestra del hombre al que todo el mundo daba por jubilado. Claro que Sota se habría tomado a broma esa expresión tan tonta de «obra maestra».
Más datos: Sota dio clase 17 años en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid. Quiso sacar la Cátedra de Composición pero no lo logró. Se enfadó, dejó la docencia de un portazo y sólo le faltó decir «que os den», a pesar de que el sueldo de profesor era importante para su amplia familia. Al mismo tiempo, Sota fue un hombre sociable y cordial. Los amigos entraban y salían de casa con naturalidad y los buenos alumnos eran bien recibidos, aunque quizá haga falta aclarar que esos visitantes no eran artistas ni políticos ni clientes, eran hermanos, cuñados, gente de siempre... Hay tres o cuatro fotos de Sota con su mujer, Sara Rius, en las que no pueden parecer más felices en la vida. Y hay otra foto en la que sale con seis de sus hijos, todos montados en un 600. Imposible verla y no reír con la escena. ¿Es este el genio ensimismado de la arquitectura española del siglo XX?
Alejandro de la Sota Martínez (Pontevedra, 1913-Madrid, 1996), Sota para su mundo, murió hace 30 años y la Fundación que lleva su nombre avisa de que su vieja fama para iniciados, el orgulloso y pequeño culto sotiano, se ha convertido en algo mucho más amplio: que todos los años se ponen en marcha libros y tesis doctorales sobre su obra, que cada vez hay más visitas guiadas al Gimnasio Maravillas y a su estudio/archivo, que hay ensayos y estudios que se publican en Italia y Francia y que los dos grandes historiadores de la arquitectura del siglo XX le han dedicado páginas y páginas en sus últimos libros. KennethFrampton, que dijo de Sota que era un «maestro de las esencias», le ha guardado un capítulo entero al Maravillas en The Other Modern Movement: Architecture, 1920-1970, el libro con el que ha resumido su larguísima carrera como historiador. El gimnasio aparece a la altura de la Casa Kaufmann de Richard Neutra, para entendernos. También William Curtis ha ampliado su gran libro, Modern architecture since 1900, para darle un lugar central a Alejandro de la Sota en su relato del siglo XX. Curtis, además, le dio el relevo sotiano a la nueva generación en la figura de William Mann, ganador del Premio Stirling 2025. Juntos compartieron una conferencia dedicada a Alejandro de la Sota celebrada en la sede del RIBA en Londres. Hay más: en Miami, el francés Jean-François Lejeune escribió Alejandro de la Sota's modern villages: vernacular abstraction and surrealist modernity y, en Argentina, Ramiro Isaurralde ha publicado estudios sobre la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Sevilla y sobre los hilos que unen a De La Sota con la música de John Cage. La de Cage, y no la de Stockhausen. En el fondo, tiene más sentido.
¿Alguien se acuerda de que hace sólo nueve años, el heredero de la Casa Guzmán en la urbanización de Santo Domingo, al norte de Madrid, la tiró sin avisar a nadie y la sustituyó por una especie de hotelito parisino como los del siglo XIX? En esa época, en la Fundación Alejandro de la Sota pedían socorro por la desprotección de la obra del maestro y alertaban de que las ruinas de la Fábrica Clesa en Madrid podían ser las siguientes en desaparecer.
«Yo presenté mi tesis doctoral sobre el Gimnasio del Maravillas en 2010, no hace tanto. Sólo había dos tesis anteriores sobre Sota», cuenta Víctor Olmos, autor del libro M-A-R-A-V-I-L-L-A-S (Ediciones Asimétricas. 2024). «Yo pasé un año de la carrera en Madrid y Emilio Tuñón me dio clase. Nos llevó al Maravillas. Y después pasé por Tarragona y vi el Gobierno Civil y se me planteó una pregunta obsesiva. ¿qué es lo que une dos proyectos así?», añade la italiana Claudia Pirina, profesora en Udine y autora de Alejandro de la Sota. Frammenti di città (2018). «Yo había conocido a Sota a través de un profesor de Sevilla, Gonzalo Díaz-Recasens», termina Luis Tejedor, profesor en la Universidad de Málaga y autor de Continuidades en la arquitectura de Alejandro de la Sota (Recolectores Urbanos, 2024). «Luego, en 1990, contacté con él. Me recibió en su casa y me dedicó la tarde entera. Sé que tenía fama de irónico pero conmigo fue cariñosísimo». Hay casi un patrón: los profesores llevaron a los alumnos al interés por De la Sota, los alumnos amplían ahora esa fascinación, los grandes críticos la difunden por el mundo, y los investigadores de una nueva generación colocan en el mapa de Europa a aquel hombre al que describimos en pijama, melómano y un poco irónico y melancólico.
Hay casi un patrón: los profesores llevaron a los alumnos al interés por De la Sota, los alumnos amplían la fascinación y los grandes críticos la difunden por el mundo
También el anciano Alejandro de la Sota de los años 90 que describe Luis Tejedor era un personaje huidizo que evitaba los homenajes y la vida social del oficio: las conferencias, las presentaciones, las exposiciones, los homenajes. «Decían de él que era un arquitecto de arquitectos, pero Sota evitaba a los arquitectos todo lo que podía». Murió trabajando pero, en el fondo, fue una figura solitaria por elección o por rareza, recluido en un «exilio domiciliario», según su hijo Alejandro de la Sota Rius.
¿Qué más cosas debemos saber de él? «Su educación no fue la de la arquitectura moderna sino la de la arquitectura oficial del franquismo, la de las imágenes clásicas e imperiales», cuenta Tejedor. «El descubrimiento de la arquitectura moderna llegó porque intuyó que había algo anacrónico en el oficio que había aprendido y porque tuvo curiosidad intelectual. Viajó, leyó, buscó... Lo interesante es que fue muy tenaz y que no se quedó en las formas, sino que se preguntó por lo esencial».
«Era profundamente humano. Trabajaba desde su capacidad inmensa de ponerse en la piel de los otros: de los niños que jugaban al baloncesto, de los curas que daban clase, de los señores que hacían las obras. ¿Sabe con quien lo relaciono fuera de la arquitectura? Con José Luis López Aranguren», dice Víctor Olmos. Como el filósofo, De la Sota venía de una moral cristiana, más o menos conservadora, que cuestionó y llevó hasta el límite de sus esencias pero sin romper con ella.
«Sota tenía un interés obsesivo por el significado de la palabra habitar. Siempre se preguntaba cómo vivimos, qué significa decir que estamos bien en un sitio», añade Luis Tejedor. «Le interesaba la técnica, pero no como una exhibición de músculo, sino como un esfuerzo por ahorrar esfuerzos, que era una frase de Ortega que hizo suya. Y había algo más, había un sentido del humor secreto... Siempre estaba subvirtiendo cosas, tomando materiales industriales y tratándolos como nobles, buscando materiales de derribo que retorcía. Es una especie de humor muy gallego. Él mismo decía que se reía mucho al proyectar. Quien sabe mirar, encuentra algo cercano y amable, nada solemne, en sus obras».
Alejandro de la Sota Rius, uno de los siete hijos de Sota que lo veían rondar por casa, y Teresa Couceiro, directora de la Fundación Alejandro de la Sota, explican que en su sede «recibimos cientos de visitas de personas ajenas a la profesión que quieren saber, quieren conocer y comprender el sentido y el valor de la arquitectura en sus vidas. Cuando conocen el por qué, el cómo, el compromiso y el disfrute de cada proyecto salen felices y más sensibles a su entorno. Lo mismo pasa con los estudiantes internacionales que vienen a Madrid todos los años a conocer su obra. Volver la mirada a los maestros que supieron construir un lenguaje sin grandilocuencia, centrado en el 'buen vivir' que abarca también la parte sensible de la vida, es para ellos un descubrimiento».
«Poder visitar el archivo de personal de De la Sota en el lugar de De la Sota, en su estudio, es una experiencia muy extraña para los que investigamos en la historia de la arquitectura», explica desde Italia Claudia Pirina. ¿Hay figuras equivalentes en su país con las que comparar a Sota? Giuseppe Terragni, dice Pirina, sin dudar. No es poco símil.
¿Cómo interpretar el renovado interés por De la Sota? «Da la sensación de que la arquitectura como el mundo, se encuentra, una vez más en encrucijadas de muy difícil resolución. Alejandro de la Sota tenía una fraser que solía decir: 'Existe técnica y existe humanismo, quien trata de unirlos hoy es un heroe'. Ahora, tenemos la irrupción de la IA como mero instrumento para abaratar costes, el escaso peso de la arquitectura en los concursos, el poco valor dado en las escuelas a enseñar la pertenencia a una tradición con unos arquitectos referenciales... Todo eso hacen muy difícil el trabajo del arquitecto joven. La figura de Alejandro de la Sota y de tantos otros en su generación, es la demostración de una forma de hacer arquitectura que pone en valor al arquitecto como elemento clave de la obra de arquitectura, capaz de dar sentido al hecho constructivo, un lugar donde habitar y donde vivir con plenitud. ».
«La arquitectura no es un hecho aislado a la cultura», continúan desde la Fundación De la Sota. «Forma parte sustancial y en diálogo de ella. Y hoy, en nuestro archivo, recibimos cientos de visitas de personas ajenas a la profesión que quieren saber, quieren conocer y comprender el sentido y el valor de la arquitectura en sus vidas. Cuando conocen el por qué, el cómo, el compromiso y el disfrute de cada proyecto salen felices y más sensibles a su entorno. Lo mismo pasa con los estudiantes internacionales que vienen a Madrid todos los años a conocer su obra. Volver la mirada a los maestros que supieron construir un lenguaje sin grandilocuencia, centrado en el 'buen vivir'. que abarca también la parte sensible de la vida, es para ellos un descubrimiento. [...] Creemos que hoy la arquitectura de Alejandro de la Sota, como la de otros de su generación, contribuye a restaurar un sentido profundo a la profesión. Y falta una acción conjunta y potente para dar a conocer a la sociedad en general y en especial a las nuevas generaciones de arquitectos a esa generación de profesionales que trabajaron en el siglo XX y que siguen siendo referencia».
Algo más: la foto principal que ilustra esta página está tomada de la colección familiar. Hubo un intercambio de mensajes de texto sobre ese retrato conlos hijos de Sota:
-¿Nos cedéis la foto para que la publiquemos? Salen tan guapos vuestros padres...
-¡Si la pones por guapos sólo no la cedemos! El mensaje de esa foto es que salen felices e ilusionados! A mi madre no le gustaba aparecer pero... La felicidad de esa foto es la que transmite una pareja joven con ilusión por su propia vida y por una profesión que si no se hace con esa ilusión e inocencia difícilmente saldrá fresca y acertada. Yo añadiría que esa ilusión y frescura la mantuvieron toda su vida hasta el final.





