LA LECTURA
Entrevista

Liv Ullmann, la gran diva del cine europeo: "Tengo 87 años y lo que más me gusta es estar sola. Me sigo sintiendo una niña de 14 años"

La musa de Ingmar Bergman recibió hace unas semanas el Premio Honorífico del Cine Europeo

La actriz Liv Ullmann, en un retrato de 2014
La actriz Liv Ullmann, en un retrato de 2014Getty
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Se abre la puerta y al otro lado aparece una enorme mesa de madera que deja en nada esta estancia del hotel. Y ante ella, de pie, una figura menuda con unos ojos de brillo azulísimo y arruga profunda. «Encantada de que estés aquí, soy Liv», dice extendiendo la mano. Y, efectivamente, no hay trampa en ese saludo. Es ella, en carne y hueso, quien estrecha con delicadeza la mano de quien entra en la habitación. Y ella es Liv Ullmann, uno de los mitos más indiscutibles del cine que ha dado Europa.

Hace unas horas que la actriz, directora y escritora noriega ha aterrizado en Berlín y apenas unas horas después estará subida al escenario para recoger el Premio Honorífico del Cine Europeoen una gala que coronará al danés Joachim Trier y a Valor sentimental, su muy bergmaniana exploración de las relaciones familiares. Como si una conjunción cósmica hubiera provocado que, en un mismo espacio y tiempo, tuvieran que converger la musa de las películas más reconocidas de Ingmar Bergman y uno de los más reconocidos herederos que el presente ha dado del cineasta sueco. Como si se hubiera abierto un universo propio y ambos hubieran acabado allí en el centro sin saber muy bien cómo.

Para saber más

Desde hace años, Liv Ullmann, nacida en Tokio en 1938 por el trabajo de su padre, está sumida en una especie de gira de reconocimiento por festivales cinematográficos y galas de premios de todo el mundo. El justo reconocimiento a una de las más grandes estrellas que el continente europeo acabó compartiendo con Hollywood en la década de los 70. En 2007, fue el Premio Donostia del Festival de San Sebastián; en 2022, el Oscar honorífico tras dos nominaciones como actriz y ninguna estatuilla, y, ahora, el de la Academia del Cine Europeo en el continente donde realmente se hizo leyenda. Pero hay algo en ese término que no acaba de encajar con ella. O que simplemente ella se resiste a aceptar como definitorio. «Nunca me lo he creído y sé que todo el mundo tiene esperanzas de que algún día me crea que lo soy. No estoy siendo modesta, es que realmente no creo que sea una leyenda. Me halaga mucho cuando la gente se sorprende, pero es que no creo que sea cierto», responde sin perder ni la sonrisa ni la convicción.

Pero la realidad se empeña en rebatir a Liv Ullmann por mucho que su empeño sea decidido. Solo hay que echar un ojo a la carrera de la actriz, cortada casi por completo desde el año 2014, cuando dirigió y adaptó La señorita Julia de Strinberg, para encontrar sin mucho esfuerzo unas cuantas obras maestras. Por supuesto, buena parte de las nueve que protagonizó con quien fue su pareja, Ingmar Bergman: de Persona a Gritos y susurros pasando por Sonata de otoño y, cómo no, Secretos de un matrimonio. Sin olvidar sus dos colaboraciones con Jan Troell -Los emigrantes y La nueva tierra- o Richard Attenborough -Un puente lejano-. «Ahora no podría hacer todo eso, mi momento ya ha llegado. Pero lo miro con ilusión, porque todos somos europeos y sabemos lo importante que es estar juntos y luchando. No luchando en el mal sentido, pero estamos en un momento en el que necesitamos ver películas que nos hagan cambiar la mente porque el mundo está en un lugar que nunca hemos visto. Si hasta una ganadora del Premio Nobel ha ido a entregárselo a Trump».

En ese contexto, y con más de cinco décadas dedicadas al mundo de la expresión artística, ¿cómo de importantes son las artes en este momento?
Lo más importante en la vida es que nacemos y vivimos, que estamos aquí y que no hay otros como nosotros. Ahora que el mundo está loco, las artes son más importantes porque nos permiten reconocer la bondad. Es importante que la gente sea consciente de esto porque en el futuro será lo que nos representará como las ruinas de hace miles de años. Desgraciadamente, el arte no siempre está financiado como debería, como algo que nos enseña quiénes somos. Vivimos en un mundo cada vez más peligroso, pero dentro de cien años ahí estarán las películas que habrán capturado el presente y podremos desenterrarlo.
Y esos años de relación personal y profesional con Ingmar Bergman, ¿qué le llevaron a aprender que se complementara con eso? Por otro lado, ¿que aportaba usted al director, que siempre se pone la mirada en la dirección opuesta?
No sabría qué decir, pero yo nunca le confronté, nunca dije algo que no tenía que decir, y creo que eso llevó a que él pensara que yo era la persona que podría hacer sus películas porque podía mostrar inocencia. Me gustaría decir que él aprendió de mí el amor, pero se casó varias veces. Yo era mucho más joven que él, aunque teníamos algo en común. Siempre decía que yo era su stradivarius, que era un instrumento nuevo para él, y trabajamos mucho juntos. Cuando estuvo aislado en su isla porque no se encontraba bien también me dio películas. Si no hubiera aprendido nada de mí, creo que no lo habría hecho.

Liv Ullmann va salpicando esta conversación de recuerdos que conforman una vida y a los que ella misma va llegando saltando de pregunta en pregunta. En un momento, a mitad de una disertación sobre la importancia del activismo, llega a un viaje a Camboya con una organización humanitaria en el que coincidió con el Dalai Lama y relata cómo se vieron envueltos en un tiroteo en la frontera con Vietman. «Nos quedamos ahí y cantamos We Shall Overcome; entonces empecé a experimentar el mundo real durante tres días en los que estuvimos caminando y hablando».

También recuerda el rodaje de Esperemos que sea mujer bajo el cielo azul de Italia a las órdenes de Mario Monicelli. O cómo tuvo que bailar y cantar, sin saber que podía hacerlo, para el musical Horizontes perdidos. «Creo que no me arrepiento de nada en mi vida, quizás podría decir de Horizontes perdidos, pero tampoco. Porque ahora puedo mirarla, reírme y, además, fue la entrada a algo muy importante de mi vida. No me puedo arrepentir de nada, estoy orgullosa de todo lo que me ha pasado hasta ahora».

Y, en ese ejercicio de memoria, llega Liv Ullmann hasta los actuales 87 años en los que sigue perviviendo el azul intenso de su mirada. Sentada en esta silla conversando sobre lo que ha sido su vida artística y personal. Subida a un escenario para recoger un premio honorífico y desplegar un discurso contra las guerras que se suceden en el mundo. O simplemente acomodada en su casa. «Ahora que tengo 87 años lo que me gusta es estar sola en mi apartamento. Ya me gustaba cuando me fui a vivir a Estados Unidos hace 50 años, siempre me ha gustado estar sola», expone la actriz. Y sigue profundizando, tras un breve parón, en ese pensamiento: «Puedo estarlo porque me sigo sintiendo una niña, en mi interior tengo 14 años, y puedo acercarme a ver las fotografías y decir 'Hola, mamá, ya empiezo a entenderlo'. Simplemente hago lo que podría haber hecho cuando era más joven. Tengo una familiaridad con la gente que ha formado parte de mi vida, recuerdo muchas cosas y aún tengo muchos amigos de Estados Unidos y de Noruega. Lo que pasa es que la mayoría de las personas con las que estuve son ahora parte... ¿cómo decirlo? Del universo. Yo no creo que volvamos a nacer ni nada, pero sí que creo que esa gente es parte de algo. Por eso cuando hablo con mamá no es algo infantil. Simplemente solo estoy yo y puedo hacerlo, no importa. Ahora la entiendo mucho mejor. Y luego hay gente a la que he olvidado. Quizás es un buen momento para ser mayor».

La noche antes de esta conversación, Ullmann pudo volver precisamente a verse más joven, no solo en su imaginación, sino en una proyección de algunas escenas que ella misma eligió de Secretos de un matrimonio en un cine de Berlín. «Ahí sí que me vi joven, tenía 35 años y ya he vivido más del doble», bromea la actriz dejando escapar una ligera risilla solo de pensarlo. «Podría haber sugerido otras películas, pero me alegro mucho de verme en esa. Puedo decir que no es mi historia con Ingmar Bergman, pero es muy importante que alguien en aquel momento quisiera hacer una película sobre las relaciones infelices. Y, aunque creo que es una película muy triste, es maravillosa porque da una visión feminista sobre cómo las mujeres se sienten libres. Pero visto desde ahora, también es para el hombre. Siento no poder decírselo a Erland Josephson [el actor que encarna a su marido en la película]».

Hablaba de ese movimiento feminista y en los últimos años parece que las figuras femeninas han ido escalando en la industria con relatos distintos a los que se veían en otras épocas. ¿Usted ha notado esa evolución desde que empezó su carrera?
Las buenas actrices y los buenos actores siguen siendo lo mismo. Ya sabes que yo conocí a Bette Davis y a Elizabeth Taylor en su época. Ellas eran mujeres de un enorme talento, igual que ahora me parece que hay tan buenos actores como los había antes. No creo que haya ninguna diferencia en cuanto al talento en absoluto. Lo que sí veo ahora es que hay muchos influencers que se convierten en grandes estrellas y eso es algo que no me gusta. No me gusta que cada vez más gente se quiera parecer a ellos.

Para despedirse, Liv Ullmann vuelve a colocarse frente a la enorme mesa. Vuelve a ofrecer su mano extendida. Y repite una frase que no será la última vez que dirá en toda la jornada. Pero la entona como si lo fuera. «Espero que volvamos a vernos pronto».