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Cuando Eve Babitz volvió a Los Ángeles después de vivir un año en Nueva York acababa de sellar para siempre su destino al de la ciudad. A la escena de la ciudad, más bien. Volver era fracasar. Así que primero probó suerte en San Francisco y una noche, en un concierto de los Doors, cayó en la cuenta de que no podía hacer otra cosa que no fuese volver a Los Ángeles. Había algo electrizante en el ambiente durante la década de los 60 que la hacía diferente. Aquella noche en San Francisco, en un auditorio, una marabunta de mujeres devoró a su amigo Jim Morrison. Tuvieron algo. Una comitiva de fanáticas -Eve Babitz las bautizó como las chicas Jimmmeeee- acompañaba a Morrison al camerino. Babitz no quiso interrumpir. Pero Jim la vio. «Las chicas Jimmmeeee estaban al borde del escenario dispuestas a abordarlo en cuanto los Doors acabaran, así que, cuando me pasó por delante, cubierto de brazos de chicas, no quise siquiera intentar decirle hola. '¿Por qué has hecho que dejáramos el concierto?', oí incapaz de creer lo que estaba oyendo. Él me miró amenazante, pero yo estaba demasiado asombrada como para creerlo. Decidí que ya no soportaba más San Francisco», escribe en una carta dirigida a la escritora Joan Didion.
Era mayo del 67.
Que Jim Morrison detuviera la expedición hacia el camerino para reprochar a Eve Babitz un asunto que no venía a cuento podría parecer el gran hito en la vida de cualquiera, pero para Eve Babitz era una nota a pie de página en una biografía despampanante. La hija de Sol, un músico de Brooklyn, y Mae, una escritora de Texas, ahijada del compositor Igor Stravinski, que vivió en una casa de Hollywood Hills donde podía haber alguien en el jardín dando los últimos retoques a la partitura de la banda sonora de Psicosis, la película de Hitchcock, o recitaban poesía los hermanos Kenneth, tenía un sentido arácnido para la seducción.
«Eres Eve Babitz, futura musa y artista, observada y observadora, cronista de escenas y ladrona de estas; y estás preparada para entrar en una nueva década», resume el potencial de Babitz la periodista Lili Anolik en Babitz y Didion, el manual del cotilleo que recopila, a través de correspondencia inédita y con testimonios de algunos protagonistas de aquellos años, la amistad entre ambas mujeres. Es una arqueología de ellas dos. Cada una es un negativo de la otra. «Conocí a Eve muy bien personalmente en los últimos 10 años de su vida. Pero lo realmente revelador fueron las cartas. Eran cartas que nunca envió, guardadas en una caja al fondo del armario. Eso las hacía extremadamente íntimas, casi como entradas de diario. Después de leerlas, sentí una cercanía mucho mayor con Eve. Ella siempre fue encantadora, incluso al final de su vida, cuando estaba muy enferma por la enfermedad de Huntington. Pero esas cartas revelaban una personalidad angustiada, emociones desoladas, un sufrimiento psicológico que nunca me mostró en persona. Me di cuenta de que era más feroz, más oscura y más ambiciosa de lo que parecía. Por eso sentí una intimidad enorme con ella», responde la autora, reportera de Vanity Fair, al otro lado de una videollamada.
Mientra Anolik trabajaba en un libro sobre Eve, encontró las cartas. Querida Joan fue la primera que leyó. Anolik sufrió un golpe de emoción al coger la caja que guardaba la correspondencia. «El entusiasmo me subió a la garganta como si fuera bilis», escribe. «Me sentí obligada a corregir errores. Al final, mi comprensión de ella cambió tanto que terminé escribiendo un libro nuevo. Y me di cuenta, ya avanzado el proceso, de que también estaba escribiendo un libro en la sombra sobre Joan Didion», añade de viva voz.
Aquella carta fue una revelación. Estaban expuestas las dos. Eve, de hecho, reprochaba a Didion no leer a Virginia Woolf. La discreta Didion frente a la explícita Babitz. La salvaje Babitz frente la aplicada Didion.
Ni siquiera compartían un ideal artístico. La referencia de Eve era Marilyn Monroe. Joan Didion tenía fijación por Hemingway. Pero las dos coincidieron en el mejor momento para vivir en Los Ángeles. Y se daban situaciones como la que anotó Eve Babitz en su diario el 12 de febrero de 1970. «La de ayer por la noche fue una buena fiesta. Wilhelm llegó aquí con un exmarino que se bebió ocho scotch y cuyo nombre era Jack Clemente. Fue quien descubrió a Jerry Lee Lewis. Estuvo muy agresivo y se propasó con la señora Dunn [como se conocía a Didion], cosa que hizo que salieran corriendo de allí. Yo tomé ácido durante la cena y fue maravilloso. Yo consideraba un puto deporte ir sola a los sitios y pasarme las tardes tratando de comprender lo que estaba sucediendo».
Eran dos fenómenos sociales legendarios situados en coordenadas diferentes. Mientras Joan Didion trataba de ser considerada una gran escritora, Eve Babitz era la fontanera de las fiestas, la mujer que estaba allí, la bisagra de todos los encuentros. Un calambre en la oscuridad. «¿Babitz? Es el genio secreto de Los Ángeles», dice Anolik. «Es como la gemela oscura de Joan Didion. Escribían sobre el mismo Los Ángeles. Eran amigas cercanas. Y compartían el ambiente social. Pero Eve fue olvidada antes de ser conocida, mientras que Joan alcanzó el estrellato. Nos muestran caminos distintos. Ambas eran artistas antes que cualquier otra cosa», resume Anolik la confluencia.
El 12 de octubre de 1963 Eve Babitz alcanzó su primer hito. Rompió el cascarón. Había sido una niña que había ido a picnics en el río Los Ángeles con Charlie Chaplin, Greta Garbo o Bertrand Russell y en poco tiempo era la modelo que jugaba desnuda al ajedrez con Marcel Duchamp, el genio que había fundado el arte contemporáneo al firmar un urinario. «Sin duda, Eve había progresado desde Hollywood High. Ya no se contentaba con ser meramente observadora, alguien del público. Como Marilyn, Eve era un objeto sexual y, asimismo, un sujeto sexual que se explotaba a sí misma de una manera tan despiadada como los hombres. No solo era modelo y musa, pasiva y maleable, sino también artista e instigadora, perversa y subversiva».
Cuando Eve Babitz reaparece en Los Ángeles después de haber vivido en Nueva York, descubre que el Barney's, aquel bar donde empezó a desarrollar su faceta de mujer maldita y aprendió a follar como si fuese otra disciplina artística, ya no era lo mismo. Puede que hubiera cambiado ella. Una prima de Eve Babitz describe su afición: «Los artistas de Los Ángeles le parecían fantásticos. Y el sexo era su manera de mostrar aprecio. Estaba enamorada de toda la escena».
Harrison Ford, el camello de marihuana
Era la época en que Harrison Ford -Harri, para Eve- vendía marihuana y sus clientes lo reconocían cuando iban al cine a ver el estreno de La guerra de las galaxias.
Eve reconocía que había agotado el Barney's. Hasta allí iba cualquiera que tuviera la intención de exponer. «Llegó un punto en el que podía haber 10 tipos a quienes me había follado que no se conocieran entre ellos».
De nuevo en Los Ángeles descubrió que el rock and roll había cambiado la sede de la escena. Ahora que el Barney's había muerto, iba al Troubadour, un antiguo garito de folk convertido al rock después de que la banda Buffalo Springfield diera un concierto con amplificadores eléctricos. A Eve solo le interesaba la gente que aparecía por allí. Le daba igual el componente político. «Todo aquello eran consideraciones infantiles para una chica de Los Ángeles como yo, que creía que la política era algo que la gente podía hacer como quien juega al bridge cuando no sabían lo que era divertirse de verdad».
Eve Babitz venía de compartir heroína con Dalí.
Y celebró con un cartel su nueva condición: «Yo antes era culo y tetas, ahora soy artista».
Joan Didion trataba de escalar la colina de la gran novela americana. Era una oposición. Y los hombres, sus trampolines para superar algunas fases de la ascensión. «Joan era una mujer de hombres. Era por los hombres por quienes sentía una afinidad fuerte y recíproca; hombres a los que confiaba vulnerabilidades y secretos». Los Ángeles, como a Eve, permitió a Didion obtener reconocimiento. Ninguna pudo lograrlo en Nueva York. La novela Arrastrarse hacia Belén sirvió como despegue. A Didion tampoco le interesaba el rock. «Tenían una relación tan apasionada y volátil como una relación amorosa, aunque no hubiera sexo. Era una relación intensa. Joan fue estratégica, cuidadosa. Eve fue salvaje, sin protección. Los Ángeles era otro planeta. Por desgracia ya no existe y no va a existir nunca», comenta Anolik.
El fulgor de Hollywood se fundió en el verano del 69, con los asesinatos de Cielo Drive. Charles Manson mató a Sharon Tate, la mujer de Roman Polanski embarazada de ocho meses, y a cuatro amigos de la pareja. Coincidió con la incipiente madurez de Eve Babitz. Empezaba a tener 27. Ya no había inercia. «Mucha gente no la veía como una artista seria. Antes de que sus libros se reeditaran, fue ignorada o despreciada. Solo al final de su vida fue reconocida».
Está claro cuál es la favorita de la autora. «A Didion la admiro más de lo que me gusta. Nadie lo hizo mejor. Fue una estrella. No solo por sus libros, sino por su persona pública. Pero no es mi tipo».




