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En diciembre de 2024, Ruth perdió a su hermano. A su amigo Alfredo Sanzol (Pamplona, 1972) le contó cómo había sido prepararse para esa muerte, cómo es la última noche junto a un hermano cuya vida está ya por consumirse. Y algo resonó dentro de la mente del dramaturgo. A esa conversación la siguió otra en una cafetería de Madrid. Y luego otra. Y otra más. Y una más... Siempre con el duelo presente, siempre con sus hermanos presentes. Aunque físicamente ya ninguno estaba allí.
Ahora Alfredo Sanzol observa, en pulcro silencio, salvo alguna indicación a su ayudante de dirección Eva Carrera, en la sala principal del Teatro María Guerrero, cómo esas historias se han convertido en un texto. Y también en acción con seis actores, divididos en tres parejas de hermanos, sobre el escenario. Que van y vienen, que entremezclan sus historias, que cruzan las estancias de unas casas en las que se ha convertido el espacio. Esta escena es uno los ensayos de La última noche con mi hermano, el último montaje del navarro para el Centro Dramático Nacional que él dirige. Y aquí están todos esos hermanos ausentes que algún día le entregaron sus familiares con sus historias.
«El duelo que abre la muerte de un hermano es el que socialmente está menos acompañado. Con lo que yo me quedé de esas entrevistas fue conque la esperanza va variando de forma y de color durante el acompañamiento a esas personas», explica Sanzol, que durante las dos horas y 20 minutos de un texto delicadísimo va saltando por todos esos estadios cuando a Nagore (Nuria Mencía) le diagnostican un cáncer y se planta en casa de su hermano Alberto (Jesús Noguero) para contárselo a toda su familia. Está la esperanza de la curación inicial. También la ira y la incredulidad cuando los resultados no mejoran. Y, por supuesto, están la tristeza y el cariño cuando la muerte ya se acerca inexorable. «Desafortunadamente la muerte sigue siendo un tabú. Aunque hay muchísimos intentos desde la ficción por mostrarla, socialmente sigue siendo un tabú. Como sociedad hemos creado el gran sueño de que estamos aquí para siempre. No va a ser así, no sucede. Y creo que hay que asumirlo y profundizar mucho más en la muerte. Sobre todo cuando llegas a los 50 como yo, hay un momento en la vida en la que le das la vuelta a la tortilla y la muerte se convierte en un tema central».
Pero La última noche con mi hermano va mucho más allá de la muerte y el duelo pese a estar siempre presente. Porque, a través de la enfermedad, el montaje profundiza hasta las racíes de las relaciones familiares -que Sanzol ya trató en El bar que se tragó a todos los españoles-. Y lo hace desde tres parejas de hermanos. La de Alberto y Nagore, bien avenida. La de Nahia (Ariadna Llobet) y Oier (Biel Montoro), dos hermanastros que superan sus diferencias ideológicas para construir una relación fraternal. Y la de Claudio (Cristóbal Suárez) y Ainhoa (Elisabet Gelabert), dos hermanos que llevan años sin hablarse por esas mismas diferencias. «Yo quería tocar la fraternidad como concepto republicano, que está junto a la igualdad y a la libertad. La fraternidad como palabra política, que tiene mucha importancia en nuestra Constitución aunque está recogida en el término social. La vivencia política dentro de la familia es un reflejo también de la vivencia pública de la política. La vivencia de la vida pública influye directamente en los vínculos familiares, no hay telones de acero que nos resguarden del exterior».
Y, en este caso, esa vivencia es el terrorismo de ETA y las heridas que abrió en muchas familias del País Vasco y Navarra. Como ya abordaron Fernando Aramburu en Patria o Borja Ortiz de Gondra en Los Gondra. En este caso, hay una parte de la familia que lo supera, poniendo los lazos afectivos por encima. Y otra que, décadas después, les lleva a alejarse. «Yo soy del 72, me tocó la la violencia de los últimos años de la dictadura y de la Transición con un ambiente muy tenso y muy violento en las calles. Eso influyó en toda nuestra infancia y juventud, a todos, especialmente en Euskadi y Navarra, nos afectó. Ahora hemos empezado a poder contarlo, yo soy de lo que creo que no solamente con tiempo se cierran estas heridas, también se hablan».
-Eso permite hacer una conexión con nuestro presente que muestra esta obra, ¿nuestro tiempo empieza a tener esos mismos tintes? ¿Nos cuesta hablar con los diferentes?
-Hay una señal de alarma que da la función, no podemos seguir subestimando la palabra odio. Creo que ahora es una cosa que nos está pasando. A nivel social, a nivel grupal, deberíamos estar más más atentos a todas las manifestaciones de odio que nos rodean y enfrentarlas.
Y, pese a todo, la vida sigue. Con nuestros desencuentros, nuestros duelos... Hasta que se acabe.



