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Ernesto Hernández Busto, autor de José Lezama Lima: una biografía, editada por Pre-Textos, cierra con Juan Ramón Jiménez el primero de los tres tomos de su obra. La llegada de JRJ a La Habana y su estancia de casi dos años, de 1937 a 1939, supuso, nos dice HBusto, un antes y un después en la vida cultural del país, y, en particular, en la vida y la literatura de Lezama. Ambos, JRJ y Lorca, de personalidades y orientaciones tan diferentes, fueron presa del embrujo que ejerció en ellos, a modo de Circe, esa ciudad fascinante, de una belleza y sensualidad increíbles.
Cuando Lorca llegó a Cuba, Lezama tenía veinte años y estaba terminando su carrera de abogado (una imposición familiar). Su relación con él (pasó allí unos meses en 1930) apenas fue superficial. No así con JRJ. Cuando arribó este, a Lezama ya sólo le interesaba la poesía y la literatura y su trato con él fue tan asiduo como productivo (escribió en 1937 un raro Coloquio con Juan Ramón Jiménez al que este dio su visto bueno, más o menos).

Aldecoa y Martín Gaite
Porque, si bien se mira, Lezama tiene que ver con JRJ lo mismo que este con Lorca. «Los clásicos españoles son, en general, descriptivos, retóricos, barrocos y católicos, una horrible mezcla fúnebre», había escrito JRJ. Claro que también JRJ había dicho que la naturalidad del temperamento barroco es ser barroco (fúnebre Lezama no lo fue nunca; melancólico sí, y desdichado). Eloysa Lezama lo dice muy bien: «Para hablar de mi hermano hay que ser poeta y traducirlo del barroco al barroco (…) Fue el más barroco de los clásicos y el más clásico de los barrocos». Este juego de palabras solía emplearlo también el propio Lezama con humorismo.
Diría uno incluso que a Lezama se le comprende mucho mejor en Cuba. Fuera de la isla, y aun de La Habana, como les sucede a ciertos vinos que sufren mal la exportación, Lezama pierde algo de cuerpo. Mientras se le observa en su ambiente, resulta hipnótico. El gran trabajo de HBusto es describirnos tanto a Lezama como ese ambiente que lo elevó al trono poético de su país. Impresiona ver la autoridad que cobró desde el primer momento sobre todos, incluidos los reticentes o enemigos suyos. En muy pocos años los agrupa en revistas (la más famosa, claro, Orígenes, pero también Espuela de Plata o Nadie parecía, título este tomado de San Juan de la Cruz que dio pie, por cierto, a cierta chufla, «Nadie parecía… y todos lo eran», referida a la homosexualidad de buena parte de sus colaboradores, incluido el director) y pastorea sus carreras literarias.
Apenas con 30 años, y hasta su muerte, es la máxima autoridad allí como ensayista, como poeta y como novelista. En los tres géneros Lezama, lector voraz y de cultura enciclopédica, es un autor libresco que sufre el síndrome de la insularidad, que él combate con el cosmopolitismo de su nutrida biblioteca y un lenguaje nuevo tan saturado que a menudo resulta impenetrable: lo mismo se trate de su novela Paradiso (una familiar À la recherche) o de sus Tratados en la Habana (deudores del Glosario del barroco d’Ors), que de su poesía, una oscuridad sólo suspendida por el trallazo de los fulgores ocasionales.
De modo que, como escritor, nos quedan (para mí, al menos) sus entrevistas, las evocaciones que hicieron de él (Cercanía de Lezama Lima, Carlos Espinosa) y sus maravillosas cartas (Lezama es infinitamente mejor cuando tiene que hacerse entender que cuando parece escribir para sí mismo). Y por eso ha seguido uno fascinado esta biografía: HBusto jamás pierde de vista a la persona social y «amigotera» a la que la vida fue destruyendo poco a poco, como esas casas habaneras que se desmoronan allí como terrones de azúcar en los ciclones y temporales, sin que ello menoscabara su estoicismo.
«Como soporté la indiferencia con total dignidad, ahora soporto la fama con total indiferencia», dijo un año antes de su muerte, bajo la bota de Castro, ese hombre que ha acabado siendo para La Habana lo que Baudelaire para París o, por no extremar la hipérbole, el inolvidable Lorenzo Villalonga para Mallorca. Y todo esto se verá aún más claramente en los dos espléndidos tomos que quedan por publicar.


