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Por la tele echaban Salvados por la campana y El príncipe de Bel Air. Era la época en que las chicas forraban sus carpetas del cole con fotos de Leonardo Dicaprio, Justin Timberlake o Lenny Kravitz. Y llegaron los primeros móviles, esos Alcatel y Nokia que hoy parecen reliquias tecnológicas, como los disquetes flopy o los chats del mIRC. Pero el paisaje emocional de finales de los 90 y los primeros 2000 también se pinta con spray: los grafitis en los vagones de tren, los tags (firmas) en el metro, las pintadas en solares o fábricas abandonadas, los murales en las rieras o las vías... Para los de Barcelona y alrededores otro de los símbolos urbanos junto a Cobi, la mascota olímpica diseñada por Mariscal, es un divertido chupete negro de aire naïf, el icono de El Xupet Negre, uno de los grafiteros emblemáticos de la ciudad, que aún sigue estampando sus chupetes por el centro, pero también en ferias como la última Art Basel de Miami.
«La primera vez que vi ese chupete negro fue en la autopista a las afueras de Barcelona, tenía unos ocho años y no entendí muy bien qué era... Una cosa rara. Pensé que lo habría hecho algún grupo secreto de encapuchados o algo así. Y me pregunté por qué lo hacían. Años después, también me pregunté por qué lo hacía yo», cuenta Carlota Juncosa, diseñadora, profesora en La Massana, licenciada en Filosofía, autora de la casi-biografía Carmen de Mairena (Blackie Books) e instructora de mindfullness. Pero antes de todo eso también fue Lua, la firma que estampaba en los muros de adolescente, que luego evolucionaría a Yonkz: no por yonki, cuidado, sino como traslación de su apellido, de Juncosa a Yonkoza.
Para responder a ese ¿por qué? del grafiti, Juncosa lo hace con lo que más se le parece:una novela gráfica, Malas ideas (Reservoir Books), de estilo underground, tosco y fanzinero, con un aire a los dibujos de Beavis y Butt-Head. «Me salió un manuscrito de 300 páginas. Eran como tres libros en uno: la parte más histórica o de ensayo, la de las entrevistas y la parte más personal y biográfica. Así que traté de entrelazar las tres, porque es difícil separar las inquietudes intelectuales de lo que vives...», admite. El resultado -de 184 páginas- está en la línea de los cómics de ensayo-filosófico-divertido-pop de Liv Strömquist, autora sueca superventas que ha traspasado las fronteras de su país. Juncosa es capaz de deslizar a los filósofos Charles Eisenstein o Slavoj Zizek, junto a un Juego de la Oca grafitero a doble página, escenas del mítico film Style Wars (1983) o aventuras clandestinas en el metro.
«Cuando estudié Filosofía nos decían: quitad los velos de lo que parece obvio, vamos a buscar lo que hay más allá.Eso es lo que me interesa: ¿qué tiene el grafiti que provoca tantas reacciones, a menudo contradictorias? En los medios convencionales y la política se suele calificar de vandalismo, pero de repente en Madrid le dedican una plaza a Muelle [leyenda del grafiti nacional, que falleció con solo 29 años]. Luego está la corriente del street art que entra en galerías, museos y un circuito comercial. Siempre se trata como una lucha de pro o contra. Comprender el grafiti es dejar a la vista aspectos incómodos de nuestra cultura», plantea Juncosa en una terraza del Raval, en una plaza porticada que aparece en una viñeta de su cómic: ella misma tomando un café con leche con Isis, una antigua amiga grafitera, otra de las pocas chicas que había en los primeros 2000.
Isis fue una de las protagonistas de la escena barcelonesa junto a otros writers (escritores, así prefieren que les llamen: al fin y al cabo lo suyo es escribir letras) como El Burto,Juice, Voodoo, Slim, Conga... Todos ellos desfilan por Malas ideas, algo así como los diálogos platónicos del grafiti donde se discute sobre libertad, arquitectura, espacio público, arte y estilo, publicidad (¿por qué un anuncio sí pero un grafiti no?), mercado y ley, rebeldía... O machismo. Juncosa-personaje le pregunta a Conga: «¿El mundo del grafiti es bastante machista en general, ¿no?». Respuesta simple: «Sí, totalmente.Es tan machista como la sociedad».
Malas ideas empieza como una novela iniciática de una adolescente atribulada, como todas. Un día, su amiga del insti le pide que la acompañe a hacer un grafiti porque el chico que le gusta está metido en ese mundillo. «Empecé de una manera muy boba», ríe Juncosa. «Pero en realidad cubre una necesidad básica de pertenencia, de reafirmación, de respeto. En un contexto alienante como puede ser la ciudad cada tag parece la búsqueda de significado de uno mismo. En esencia, reivindica la espontaneidad, el juego en un entorno frustrante», explica Juncosa-filósofa.
La cita que ha escogido para abrir su libro es de Fernando Figueroa, doctor en Historia del Arte especializado en el estudio del grafiti, que ha acuñado una expresión en latín para definirlo: Quacumque urbanitas est, graphitum est o Allí donde está la civilización, está el grafiti, basta ver las ruinas de Pompeya (los romanos eran muy prolíficos con sus tags avant la lettre). Juncosa-punky pone otro ejemplo: las puertas del baño. Porque mientras haya civilización, habrá grafitis.


