- Ignasi Aballí De las palabras sin imagen en Dallas a un laberinto imposible en Venecia
- Teresa Lanceta "En los 70 se me atacaba continuamente porque lo mío era popular"
Rubén Guerrero (Utrera, 1976) no era optimista sobre su exposición en el Centro José Guerrero. Entre la obra del artista seminal de la abstracción española -fallecido en 1991 y que da nombre al museo de Granada- y la suya propia no parecía fluir la corriente, siendo el diálogo con el maestro una condición fundamental en todas las muestras que se realizan en la institución. «Los dos tenemos mucha intensidad cromática, pero su pintura es muy gestual y siempre sentí que la confrontación de nuestro trabajo podía no ser afortunada», confiesa el artista sevillano.
Entonces sucedió algo. Una chispa que hizo prender la posibilidad de entendimiento. «Descubrí con sorpresa unas cajitas de cerillas que José Guerrero utilizó a modo de ejercicio o boceto compositivo, como de objeto encontrado. Ahí vi un punto de coincidencia con mi trabajo, porque yo también necesito de un objeto que primero confecciono para luego hacer una fotografía que al final traduzco, con toda la licencia del mundo, a pintura», explica.
El proceso creativo de Rubén Guerrero acaba incorporando en sus cuadros signos o imágenes que el ojo del espectador reconoce de forma huidiza y que, según el artista, surgen del inconsciente colectivo. Son formas que remiten a objetos o arquitecturas aparentemente reales, aunque rápidamente pierden significado generando una frustración y una curiosidad que se enganchan en el cerebro de quien los observa. Quizás por ello sus cuadros despiertan tanto interés entre coleccionistas e instituciones culturales.
Tres galerías en España representan la obra de Guerrero y en 2022 pudo verse una gran retrospectiva en el CAAC de Sevilla. Este 2026 también llega cargado: a parte de la exposición en Granada, que cubre los últimos cinco años de producción, el próximo 22 de febrero inaugura una exposición en el Meadows Museum de Dallas, tras haber sido seleccionado para el programa de internacionalización del arte español que promueve la feria ARCO junto a la institución estadounidense. Antes que Guerrero obtuvieron la prestigiosa invitación Teresa Lanceta e Ignasi Aballí. El camino hasta llegar a este momento de reconocimiento, sin embargo, no ha resultado fácil.
«Cuando comencé en los 90, la pintura estaba totalmente denostada. La sensación era como de estar fuera del circuito artístico, se hablaba otra vez de la muerte de la pintura y la disciplina se mantuvo fuera de las instituciones durante mucho tiempo», recuerda Guerrero. El análisis que hace el artista de aquel momento dibuja un sistema artístico español algo acomplejado. «No sé si esto viene de la sobrecarga de pintura que tuvimos aquí en los 80, relacionada con ese entusiasmo elevado y tanta cantidad de pintores. Pero está claro que el periodo siguiente no fue nada fácil, a diferencia de lo que sucedió en Europa central donde no se perdió el interés por la disciplina», considera.
Los signos que ejecuta Guerrero en el lienzo, a veces difíciles de identificar a primera vista, surgen de maquetas precarias, esculturas casi bidimensionales que construye con urgencia, como si quisiera fijar una imagen mental de forma inmediata. Después fotografía ese objeto cuya réplica se convierte en el cuadro final, pero sin ser una copia hiperrealista del mismo. A lo largo de esta secuencia de acciones la imagen va sufriendo cambios según las diferentes herramientas inciden en el proceso creativo. De ahí el título de la muestra: Supergráfico.
Dientes, lengua, nariz y saliva (2024) es un díptico de grandes dimensiones -más de tres metros de ancho por dos y medio de altura- en el que se reconocen ciertas formas que se mencionan en el título, pero también podrían ser marquesinas, espejos o viñetas de cómic. La ambigüedad es una norma en la obra de Guerrero, que parece moverse entre el lenguaje abstracto, la pintura conceptual y el grafismo pop sin esfuerzo. «Las imágenes de ese cuadro parten de unos pequeños títeres que hizo el pintor Paul Klee hechos con objetos cotidianos que se encontraba», afirma el pintor sevillano, vinculando ese gesto con su propio trabajo.
En las cuatro plantas de la Fundación Guerrero, la exposición empieza con las piezas de mayores dimensiones e incluye también algunos de los artilugios o maquetas que han sirvido de modelo. En total, 50 pinturas de diferentes formatos y una veintena de dibujos invitan al espectador a perder el sentido de lo que ve. «Siempre me han interesado los terrenos un poco limítrofes que desprenden algún sentimiento de duda, las pequeñas desviaciones de nuestro entorno más próximo».


