LA LECTURA
Crisis existencial permanente

Dani

Cuando ya sabía que se iba, volvió a fumarse algunos de sus puros, como concesión tardía a la costumbre que había sostenido durante años en el edificio

Dani
Actualizado

Hace tres o cuatro años que me mudé a la casa en la que vivo ahora. Lo hice porque la anterior era muy pequeña y habíamos tenido malas experiencias con aislamientos de COVID (en aquella época todavía había que hacer cosas así de vez en cuando). El piso era bastante feo y estaba en un estado pésimo, pero era bastante grande y tenía dos balcones. La preocupación por los balcones también era nueva: a todos nos daba miedo que otra enfermedad misteriosa nos obligase a confinarnos, y que nos volviera a tocar en un espacio interior en el que jamás te daba el aire.

Jamás vimos al casero, lo hicimos todo gracias al conserje, un hombre orondo llamado Dani que tenía una moto enorme y se fumaba puros igual de grandes a cada rato. Fue con él con quien negociamos que nos dejase vivir el primer mes sin pagar, mientras renovábamos el suelo y los muebles y hacíamos la acometida de luz que, para nuestra sorpresa, estaba completamente dada de baja. Años después, descubrimos que el piso había estado okupado durante bastante tiempo antes de que entrásemos nosotros. Quizás por eso nos dejaron entrar sin pagar el primer mes, por la promesa de que arreglásemos cualquier desperfecto (el horno, por ejemplo, era un crimen contra cualquier estándar de la clase media).

Ellos no se esforzaron mucho por dejar el piso habitable. En teoría Dani lo limpió y pintó, pero aún se pueden ver las trazas en el techo y las paredes de donde pasó la brocha, y diversos elementos de la casa (la terraza, la bañera, el váter) tenían cadáveres de sus puros. Eran unas colillas enormes, que no colaban por mucho que insistieras con la cisterna.

Pese a esto, le acabé cogiendo cariño a Dani y a sus puros, que se fumó durante un par de años cada mañana en su garita de portero. A mitad de mi estancia, dejó de hacerlo, creo que porque un vecino se quejó, y era cierto que estropeaba la primera impresión de cualquier visitante, por mucho que a mí no me importase demasiado. Cuando dejó de fumar, comenzó a beber mucha Coca-Cola y a calentarse bocadillos en el microondas, aunque tal vez ya lo hacía antes y yo simplemente no me había dado cuenta.

"No se trata de que nos guste o no su presencia, sino de que es difícil imaginarnos sin ellos. Lo que no nos gustaría es que no estuvieran ahí"

En cualquier caso, me acostumbré a la presencia de Dani como nos acostumbramos a las cosas que siempre han estado en un espacio que nosotros consideramos cotidiano. La papelería que está frente a la casa de nuestros padres, el restaurante de la estación, la fábrica que nos bloquea la vista desde la ventana. No se trata de que nos guste o no su presencia ahí, sino de que es difícil imaginar la realidad sin ellos. No se trata de que nos gusten, pero lo que desde luego no nos gustaría es que no estuvieran allí.

Hace unos meses, un fondo de inversión compró mi edificio (que pertenecía por completo a una única persona, ya anciana). Para aquel entonces, yo ya llevaba unos cuantos años en el edificio, pero jamás había visto a mi casero, solo a Dani. En una ocasión sí que había hablado con él, cuando no me pude entender con el portero por una cosa de mi contrato. Cuando me llamó, era verano y yo estaba en el pueblo sin mucho que hacer.

La consulta era muy pequeña, pero él me tuvo casi una hora al teléfono contándome anécdotas del edificio y de sus calles adyacentes. Me dio la impresión de que se sentía muy solo y de que de verdad le tenía cariño a la vivienda y al barrio, por eso me extrañó tanto cuando lo vendió a la peor empresa posible, que probablemente iba a destinarlo a pisos de lujo para guiris o a montar un Airbnb en cuanto consiguiera librarse de los inquilinos.

Una semana después de la venta, mi antiguo casero se suicidó. Dani fue al entierro (pues se conocían desde hacía más de veinte años, si bien es cierto que tampoco lo había informado de la venta, para su sorpresa). Nos dijo que casi nadie había ido al entierro, ni siquiera todos sus hijos. Podía ser que hubiese algo turbio con la operación, nos explicó, pero aún no estaba confirmado (ni lo está a la fecha). También nos dijo que la empresa, en principio, iba a renovarle como portero hasta que todos nos marchásemos del edificio. Más o menos a la vez comenzaron a enviarnos correos electrónicos ofreciéndonos una miseria para que nos marchásemos lo antes posible.

Al final, las condiciones que le ofreció la empresa no eran tan buenas y Dani decidió marcharse y hacerse camionero. Cuando ya sabía que se iba, volvió a fumarse algunos de sus puros, como concesión tardía a la costumbre que había sostenido durante años. Lo sustituyó un hombre de Desokupa por las noches, igual que en algún momento cerraron los comercios que rodeaban la casa de mis padres y fueron sustituidos por otros más nuevos e impersonales.

Personalmente, me gusta imaginármelo en la carretera, fumándose un puro tras terminarse uno de sus bocadillos de chorizo y escuchando por la radio Born to be wild.