«Llevaba cinco años sin beber una gota de alcohol, me divorcié y recaí durante cuatro años», confiesa Ana Hop, fotógrafa mexicana nacida en 1984. «Sabía que tenía que pedir ayuda, fui a un grupo de apoyo para alcohólicos y ahí decidí que quería hacer fotos para representar lo difícil que es mantenerse sobrio. Parte de mi recuperación fue recrear esos momentos en un ensayo fotográfico: el dolor, la impulsividad, la soledad». Esta confesión es la clae para entender el trabajo de la artista, que a través de la fotografía lucha contra los estigmas de las adicciones, pero también de la salud mental.
Una de las imágenes simbólicas que Hop incorporó en la serie titulada Staying Sober (Manteniéndose sobrio) es la de un amenazante oso disecado en una habitación en penumbra: «Habla del impulso dentro de mí, con el que tengo que aprender a vivir. Cuando pienso en hacer un proyecto lo hago para sanar algo personal o para entender procesos», explica sobre la metáfora del oso/adicción. Para ella, la creación le permite ajustarse al mundo, pero también embellecerlo.
Su última serie, que la editorial especializada en fotografía RM acaba de publicar en el fotolibro ACT1963, trata otra forma de enfermedad mental: la esquizofrenia que sufre un familiar suyo, su tía Arminda. «Sabemos muy poco de las enfermedades mentales y de la vida de quienes las padecen. Teniendo acceso a un ser muy querido con esta enfermedad, intenté darle valor a su vida y su sufrimiento», explica Hop.
ACT 1963 comienza con una sucesión de imágenes amateur que retratan la vida de Arminda, como si el álbum familiar hubiera sido escaneado. Sobre ese fondo tan característico de las páginas de cartón grueso al que se adherían las imágenes en el pasado analógico surge la memoria. Fotografías en blanco y negro de Arminda de pequeña, de sus padres recién casados, de la protagonista junto a la madre de Hop y otros miembros de su familia. Con la adolescencia, llegan las fotografías en color, la vida por delante, la ilusión de viajar, estudiar en la universidad y descubrir el mundo. Hasta que aparece una realidad dentada.
La primera imagen que vemos realizada por la fotógrafa en ACT 1963 retrata precisamente el álbum de fotos que hemos estado ojeando sobre una mesita de madera. En la portada de ese volumen vemos el retrato de una bella joven: una ilustración comercial genérica típica de los años 70 y sobre cuyos labios alguien ha colocado una prótesis dental de cuatro piezas blancas que convierte a esa chica en alguien diferente, algo quizás monstruoso.
Tras esta imagen se suceden las fotografías de interiores domésticos y algunas cartas escritas a mano. Los detalles visuales revelan una simbología donde la esperanza es algo lejano, como la imagen desenfocada de un retrato de Jesucristo colocado sobre un radiocasete. La fractura emocional se traslada a lo espacial, donde la pintura blanca del techo se desgaja y da paso a un boquete negro. O el espejo roto en el lavabo de azulejos viejos, al que sigue un televisor antiguo que emite una neblina eléctrica. Las partes componen un retrato fractal del entorno de Arminda que también es interno.
En las páginas finales del fotolibro se suceden los retratos de la protagonista. Varios de ellos, de espaldas. En muchos hay un velo de luz que impide apreciar la imagen impresa con claridad. Sin embargo, las fotografías están cargadas de sentimiento. Generan empatía y ternura gracias la suavidad con las que están tomadas.
El trabajo de Ana Hop desprende una dulzura especial que toma forma en los retratos que realiza para revistas internacionales a personajes conocidos, como a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, o al actor Viggo Mortensen, pero también a seres anónimos. La cámara es siempre una prótesis que le ayuda a entender lo que tiene delante.
«Con ACT 1963 aprendí que no tenía ni idea del dolor de vivir con una enfermedad mental. Es un dolor emocional que, para quienes no lo sufrimos, experimentamos en dosis muy bajas, como la ansiedad o el miedo. Podemos controlarlos, pero mi tía no. Aprendí también que una persona con esquizofrenia no es agresiva, como se piensa. Ella es muy tierna y amorosa, le importa mucho su aspecto físico. Y es muy, muy lista. A veces, incluso llegaba a pensar teorías de cómo su inteligencia iba más allá de lo que los demás podíamos ver», cuenta Hop. Y gracias a las fotografías de su sobrina el espectador puede llegar a asomarse a su mundo, a esa ternura y a esa inteligencia.

