Hay artistas cuya obra no se limita a lo que se ve, sino a lo que sucede. Jackson Pollock entendió la pintura como un acto físico, casi performativo, en el que el cuerpo era tan importante como el resultado final. Esa idea -la creación como acción- es la que atraviesa Vortex, la pieza con la que el coreógrafo británico Russell Maliphant traslada el expresionismo abstracto al lenguaje de la danza y que se presenta en los madrileños Teatros del Canal dedesde hoy a este domingo.
Lejos de plantear un retrato biográfico del artista estadounidense, Vortex se construye como una traducción escénica de su energía. Maliphant no busca contar la vida de Pollock, sino capturar la fuerza física de su proceso creativo: el gesto amplio, la relación con la gravedad, el cuerpo inclinado sobre el lienzo extendido en el suelo mientras la pintura cae, gotea o se lanza al espacio. «No quiero hacer una pieza que trate literalmente sobre Pollock», dice el coreógrafo. Y sigue: «Me interesa extraer la gravedad, la forma, lo físico, todo lo que tiene que ver con las sensaciones». La obra, encargada por la institución británica Sadler's Wells, donde Maliphant se formó y trabajó durante siete años, cierra una trilogía iniciada en 2009 con Afterlight, inspirada en la figura de Vaslav Nijinski, y continuada en 2012 con The Rodin Project, basada en las esculturas de Auguste Rodin. En las tres piezas, el coreógrafo dialoga con otras disciplinas artísticas desde una aproximación formal y sensorial, más interesada en los procesos que en la representación literal.
Para Vortex, Maliphant investiga imágenes, películas y retratos del Pollock más icónico: el artista en pleno proceso creativo durante los años cuarenta y cincuenta, caminando alrededor del lienzo, arrojando pintura, lanzando arena desde el techo, trabajando desde el suelo en lo que el crítico Harold Rosenberg definió en 1952 como action painting. «Siempre me ha cautivado el trabajo de Pollock por su naturaleza expresionista abstracta», explica Maliphant. «Hay una fluidez y una energía que a veces parecen figurativas. Siempre me he preguntado qué crea la dinámica entre las partes de la pintura». Esa reflexión se traslada al escenario a través del movimiento, la luz y el uso del espacio como elemento clave.
En un intento por reproducir la idea del goteo desde lo alto -tan característica del método de Pollock-, el coreógrafo experimenta con distintos materiales. Descarta la pintura y el agua, prueba con arroz, coco desecado y quinoa, hasta decidirse por la arena. «Es como pintar el espacio», cuenta. El resultado es una coreografía en la que los cinco intérpretes de la Russell Maliphant Dance Company dibujan trayectorias físicas que evocan trazos invisibles. A la luz, cuenta, se le otorga casi el mismo protagonismo que a la corporeidad: «La luz es elemental: reacciona al cuerpo, lo cambia, le aporta personalidad, textura. Al final es todo lo que vemos. También todo con lo que trabajamos». Con la obra el coreógrafo espera transformar a la audiencia con imágenes que impacten: «busco causar una impresión a largo plazo, quiero plasmar escenas que perduren, que se queden con el espectador».
Desde su fundación en 1966, la compañía de Maliphant ha recibido dos premios Olivier, tres South Bank Show Awards y cuatro Critics' Circle National Dance Awards a la mejor coreografía moderna, entre otros reconocimientos nacionales e internacionales.
El trabajo del británico se caracteriza por una investigación constante sobre la relación entre el movimiento, la luz y la música. En Vortex, esa búsqueda cristaliza en una experiencia tan visual como física que remite al expresionismo abstracto de manera osada y «valiente». Tal como elucida Maliphant, «es una pieza que ha requerido riesgo e innovación constantes. Hay mucho que, lamentablemente, se ha tenido que quedar fuera». No hay lienzos ni pinceles, pero sí una danza que, como la pintura de Pollock, se construye desde el impulso, la repetición y la energía del cuerpo en acción.



