- Alma en todo Al fin viejos
Última sesión (Ed. This side up), de Javier Campano, ha visto la luz hace apenas unas semanas. Y lo de "ha visto la luz" es tal cual, pues esas fotos parecen salir, literalmente, de la oscuridad de la sala donde se proyectan las películas.
Pero antes de hablar de él, permitidme esta pequeña digresión, el nodo, como si dijéramos, un breve noticiero. "El lector curioso" quizá haya notado un cambio en el rótulo de esta página. Donde antes se leía "Alma en todo", va ahora, empezando el año nuevo, un reclamo distinto: "Libros y pasatiempos". Lo ha tomado uno prestado de El licenciado Vidriera.
El protagonista de esta novela ejemplar, Tomás Rodaja, enloquece leyendo, como don Quijote, y da en creer que es de vidrio y que cualquier golpe o roce lo puede quebrar. A Cervantes le fascinan los locos, sobre todo los idealistas, o sea inofensivos, y compadecido de ellos, a muchos acaba redimiéndolos. Al final esos dos recobran la cordura, y Cervantes devuelve a don Quijote el nombre de Alonso Quijano y mejora incluso el un tanto chusco de Tomás Rodaja, que acaba sus días asombrando por su sabiduría y discreción como Tomás Rueda.
Así, como Tomás Rueda, retituló Azorín la secuela que había publicado como El licenciado Vidriera en 1915 en la Residencia de Estudiantes. Otro prodigio azoriniano. Esa reedición apareció en 1947. El del título no fue el único cambio. Hizo desaparecer también la dedicatoria: "A la memoria dilectísima de D. Francisco Giner de los Ríos, maestro que ha dejado tras de sí un reguero de luz". A juzgar por las prisas que se tomó en cambiarla, más breve aún parece que el de una luciérnaga. ¿Le obligaron a suprimirla? ¿Lo hizo él para evitarse problemas con el Régimen que quiso exterminar la Institución Libre de Enseñanza?
Del origen de la locura de Rodaja, y de su desdicha, nos da cuenta puntual Cervantes: "Atendía más a sus libros que a otros pasatiempos".
"Los pasatiempos tienen pésima fama entre los petulantes. Sin embargo, nada requiere mayor ciencia que pasar el tiempo de modo epicúreo, horaciano, jovial"
A nadie se le escapará tampoco la manera de formularlo que ha tenido el autor: los libros sin otros pasatiempos son perniciosos. Entre las mentes torvas y petulantes tienen pésima fama los pasatiempos y, sin embargo, nada requiere mayor ciencia en esta vida que saber pasar el tiempo de una manera aprovechada y epicúrea, horaciana y jovial.
Cada época ha tenido el suyo o los suyos preferidos. El mayor y más fascinante pasatiempo del siglo XX ha sido el cinematógrafo, que tomado en serio es mucho más que un pasatiempo. Tal y como lo conocimos la gente de nuestra edad, nunca volverá a ser. Aquellos cines monumentales de nombres legendarios, replicados en cualquier ciudad del mundo: Capitol, Coliseum, Rialto, Palace, Avenida, Europa. El rito (sólo se veía una película a la semana), el ambiente animadísimo (cientos de espectadores), el olor (a humanidad, a almendras garrapiñadas, a ozonopino), el sonido (no siempre óptimo, interrumpido por besos, roces y el rebuzno de algún gracioso)… Todo dispuesto para la magia que nos transformaba en otros durante, al menos, dos horas, con suerte mucho más, toda la vida.
Nos lo recuerdan estas fotos de Campano hechas por él a lo largo de cuarenta años, su prodigioso itinerario por viejos cines de Madrid, Lisboa, Tánger, El Cairo, Los Ángeles, Nápoles… la mayoría ya, cuando él los fotografió, decrépitos, derrengados, muertos. Sus carteleras. Sus neones. Sus taquillas. El cine no ha muerto, desde luego, pero sí la manera de verlo. No hay foto de Campano que no sea una bellísima elegía de aquel tiempo en el que sueños y cine eran sinónimos. La mayor parte de lo que Campano vio ha desaparecido ya, pero por suerte lo vio en nombre de todos nosotros, y para siempre.
Los responsables de esta edición memorable, Bruno Lara y Elsa Fernández-Santos, han atinado además con el diseño y la tipografía, algo siempre difícil: cada página (impresa enteramente en negro, de principio a fin) acaba siendo una sala de cine. En ella la foto viene a ser a la vez una pantalla para la foto que parece una película (en blanco y negro, por supuesto).
¿Instantes detenidos estas fotos? De ninguna manera, nada se mueve tanto como los recuerdos ni nada tan firme como un sueño soñado en serio.

