LA LECTURA
Historia

La primera 'mujer total', pionera en España del periodismo y el activismo, florece tras un siglo de silencio colosal

Ni los periódicos, ni los libros, ni las leyes serían las mismas sin Carmen de Burgos, 'Colombine', cuya figura acerca Victoria Gallardo en 'Todos los nombres de Carmen', un homenaje del documento a lo literario, sin caer en la hagiografía

Carmen de Burgos
Una imagen de la escritora Carmen de Burgos, hacia 1910.E.M.
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Su nombre ocupó el noveno puesto entre el listado de autores prohibidos por el franquismo, precedida por ilustres como Émile Zola, Leonid Andréiev, Jean-Jacques Rousseau, Upton Sinclair, Sinclair Lewis o Máximo Gorki. Publicó la novela Puñal de claveles (1931) dos años antes de que Federico García Lorca estrenara su trágica Bodas de sangre (1933), inspirándose ambos en el mismo crimen del cortijo de El Fraile, en Níjar, donde se truncó en fatalidad el casamiento, en 1928, de los jóvenes Francisca Cañadas y Casimiro Pérez. Consta, según estudios literarios, que Lorca leyó «con gran curiosidad» el libro de su coetánea «para conocer el origen de los romanianos desvelos». Presidió también la primera manifestación sufragista de España a pie de calle, en 1921, al frente de la Cruzada de las Mujeres Españolas, fundada por ella misma un año antes, que desembocó en el Congreso para solicitar, en siete artículos, «la igualdad completa con el hombre de derechos civiles y políticos». Desbrozó el paso a genios como Ramón Gómez de la Serna, su compañero sentimental durante 20 años, en la España regeneracionista de comienzos del siglo XX y de la Edad de Plata literaria, en la que ella fue indiscutible pionera. Y pese a los ingentes méritos que certifican su inédita y extraordinaria relevancia entonces, Carmen de Burgos (Almería, 1867 - Madrid, 1932), popular también por el seudónimo de Colombine, continúa siendo «la perfecta desconocida», según la recupera ahora la periodista y escritora Victoria Gallardo, en su crónica literaria Todos los nombres de Carmen. Los días no contados de una escritora olvidada (La librería).

Precursora como mujer total --no fue la única--, Carmen de Burgos fue la primera periodista contratada en España por un diario --aunque el catedrático Bernardo Díaz Nosty sitúa a otras cuatro afiliadas antes a la Asociación de la Prensa de Madrid--. Fue también la primera corresponsal de guerra, al cubrir el conflicto de Melilla para el Heraldo de Madrid durante el verano de 1909, escoltada por la Cruz Roja, e interesada en la situación de los soldados, a los que, incluso, ayudó a redactar su correspondencia a las familias. Allí fragua una posición antibelicista que se cristaliza, además, en la novela corta En la guerra (1909), lanzada el mismo año que su primera obra larga, Los inadaptados. Supuso la inauguración del más de un centenar de títulos que publicó, junto al millar de artículos en prensa española y americana, o ensayos eruditos como Giacomo Leopardi (1911) o Fígaro (1919), su exploración sobre Mariano José de Larra que la consagró. Y firmó conferencias, crónicas y peregrinaciones de sus viajes por Europa y América, prólogos, recetarios, entrevistas y numerosas traducciones, como las de Lev Tolstói, John Ruskin o Emilio Salgari.

Una desmesurada producción de alcance universal que, en los últimos años, han rescatado editores, académicas y expertas como Concepción Núñez Rey, Anja Louis o Asunción Valdés, pero sin lograr auparla en su Olimpo de antaño. «El veto que sufre justo después de la Guerra Civil fue definitivo. Al fin y al cabo ya estaba muerta y, si no hubiese sido tan relevante, no se habrían tomado tantas molestias en silenciarla», reflexiona Gallardo. «Lo tenía todo para estar en el punto de mira, porque era mujer, feminista, republicana y anticlerical». Y antibelicista y masona --funda su logia femenina, Amor, en 1931, de nuevo aventajada--.

Aquel silencio colosal aún reverbera en el presente. A Carmen de Burgos no se la estudia apenas en las facultades, «si acaso se la menciona, pero ni mucho menos se profundiza en su figura», recuerda la autora sobre su formación en Periodismo. Llegó a ella investigando para su anterior libro, Fuimos indómitas (La librería), sobre los oficios desaparecidos de las mujeres madrileñas, al toparse con sus reportajes del Heraldo, conservados en la Biblioteca Nacional de España (BNE). «Me llamó la atención que una mujer escribiera en un periódico de tanta relevancia un siglo antes», explica. «Tenía un estilo muy ágil, muy suelto, muy cercano. Se interesaba por las condiciones de vida de estas mujeres, desplazándose hasta sus lugares de trabajo, para construir un retrato lo más justo y honesto posible».

La periodista Carmen de Burgos, en la Guerra de Melilla.
La periodista Carmen de Burgos, en la Guerra de Melilla.E. M.

Acentúa su valía esa mirada única y empapada de su tiempo, que en su escritura la vinculó con la Generación del 98 para evolucionar al Novecentismo y, más tarde, aproximarla al incipiente Vanguardismo. «Supo adelantarse, por su ojo y sensibilidad, a realidades que a pocos les interesaban, al menos a hombres periodistas, como para llevarlas a primera plana». Igual de avanzada, también, en la ilación entre pensamiento y activismo: defensora del divorcio, del sufragio universal, de la reforma educativa o de los códigos civil y penal, discriminatorios con la mujer, que culminó en su trascendental La mujer moderna y sus derechos (1927).

La Historia todavía no la ha devuelto a su pedestal. De hecho, la retrospectiva que la BNE le dedicó el pasado año fue su debut institucional contemporáneo. De ahí, el homenaje que ha compuesto Gallardo «a esta mujer de la que no sabemos apenas nada» y que, sin embargo, «hizo muchísimo por una sociedad más justa, más igualitaria, y por los derechos de las mujeres». Pero, matiza, «sin la intención de convertirla en una especie de Juana de Arco». Remedando la singular estela de Carmen de Burgos, la autora mezcla ficción y realidad, cuento y reportaje, y aporta una aproximación novedosa a la intelectual. El libro no es una biografía cortada con bisturí histórico, tampoco una hagiografía salvífica. «Quería alejarme de eso porque, al intentar reivindicarla, es muy fácil caer en un relato épico».

Al igual que Colombine habituaba en sus piezas periodísticas, ocupándose de la teoría de altos vuelos pero sin descuidar el gesto mundano, y como practicaba en su narrativa, trufándola de pormenores biográficos para suscitar la emoción universal, Gallardo novela, pero con rigor, la época en la que Carmen de Burgos ya es una figura consolidada. La acerca, muestra detalles íntimos, su vulnerabilidad, sus contradicciones y sus dudas, pues «no fue un personaje plano ni lineal». Tan capaz de salir airosa de una acusación oficial de espionaje, cuando la Primera Guerra Mundial la sorprende junto a su hija en un viaje por Alemania y le espeta, en medio de la detención: «No eres hija mía si lloras delante de los alemanes», con ese «carácter fuerte, valiente y decidido» tan suyo, como capaz de conmoverse, casi en parentesco, con la muerte de una lavandera del río Manzanares a la que entrevistó para el Heraldo.

pistas autobiográficas

Gallardo recurre a la ficción «para llenar los huecos» que no ha podido documentar durante sus más de dos años de investigación, aunque es posible rastrearlos en lo que escribieron sus coetáneos sobre ella, como Rafael Cansinos Asséns o Gómez de la Serna en su Automoribundia (1948), e, incluso, afloran en sus propias novelas. En Los inadaptados mitifica su infancia en Rodalquilar y trata la muerte de un hijo --de cuatro que alumbró Carmen de Burgos, sólo sobrevivió María-- y en La malcasada (1923) aborda la injusticia de la indisolubilidad matrimonial y una relación de maltrato, similar a la que ella vivió con su esposo Arturo Álvarez Bustos, con quien se casó con tan sólo 16 años. «No se me ha ocurrido nunca ir a contarle las exquisiteces más íntimas de mi ser a un señor vulgar e indiferente por entre la rejilla de un confesionario. Se las revelé a las personas queridas o las entregué al público, bajo el disfraz de un libro», escribió en Al balcón (1914).

Aunque nunca se escondió, y menos detrás de Colombine. El seudónimo, «una extensión de su propio ser», la bautiza en su columna Lecturas para la mujer del Diario Universal, su primer empleo como redactora después de aterrizar en Madrid en 1901. Había dejado la imprenta de su suegro en Almería, donde se inicia como cajista y correctora, y a su marido, en uno de esos escándalos suyos que nunca la amilanaron, con su título ya de Maestra Superior como triunfo. En 1905, trasladó su firma a Femeninas para el Heraldo, multiplicándose ya en Honorine, Marianela, Raquel, Perico el de los palotes... «Leyéndola obtienes mucha información».

Contenía multitudes, con sus alias como «reflejo de sus múltiples facetas». Ella misma lo proclama: «Yo soy naturalista romántica, variable como mis yoes», refiere la cita Gallardo, que ha buscado reunir en su reconstrucción cada pieza de las que labró el mito. «Todo el mundo sabía que Colombine era Carmen de Burgos. Puso su nombre y su cuerpo, por ejemplo, a favor de la lucha de los derechos de la mujer, y eso provocó que muchos la admiraran, pero también que la criticaran, la ningunearan o la atacaran».

Lavanderas en el río Manzanares a principios del siglo XX.
Lavanderas en el río Manzanares a principios del siglo XX.E. M.

Pues ya entonces, y aún hoy, intentaron disciplinarla, desde el escarnio público en su época hasta la desmemoria colectiva --en 1942, ya muerta, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo le abrió también un expediente-- y el desdén actuales, por los que no es valorada en su recta medida, fruto de esas querencias machistas «todavía hoy latentes». Le colgaron amantes, como Vicente Blasco Ibáñez, el escultor José Antonio o Cansinos Asséns, con quienes mantuvo amistades de igual a igual o relaciones intelectuales. Y terminó supeditada en la Historia al prestigio de Gómez de la Serna, a quien conoció con 40 años, siendo ya una autora reconocida.

El inventor de las greguerías se presentó con 20 años en su Tertulia Modernista, que Carmen de Burgos fundó en su propio salón ante la reserva a las féminas de acceder a los clubes y cafés --y anterior a la célebre tertulia del Café de Pombo que creó su pareja--. A partir de entonces, se prendaron ya inseparables, pese a la diferencia de edad. También como dúo creativo: «Escribían en una misma mesa y se leían en voz alta sus respectivos textos». Hasta que Gómez de la Serna la abandona, coincidiendo con su estreno, mal recibido, de Los medios seres (1929) en el Teatro Alcázar, y después de mantener un affaire con la hija de Carmen, María, en un episodio que Gallardo no evita en su crónica. No es folletín, siempre se dijo que la traición de las dos personas que más amaba repercutió en su final, en 1932, de un infarto. «El relato oficial ha sido muy injusto con ella. Nunca estuvo a la sombra de Ramón», aclara.

Igualmente, le impusieron el apodo de la divorciadora, después de que publicase la obra El divorcio en España (1906), documento esencial que ilustra la situación del país en ese momento. Ahí, recogió las opiniones de notables intelectuales, artistas y políticos, como Emilia Pardo Bazán, Joaquín Dicenta, Pío Baroja, Francisco Giner de los Ríos o Miguel de Unamuno, del que era tan cercana como de Juan Ramón Jiménez. Recopiló esas ideas para una encuesta del Diario Universal sobre el divorcio, que no se publicó en su totalidad, ante el alboroto suscitado, otro más. El periódico carlista El Siglo Futuro inició entonces una campaña contra ella, acusándola de atentar «contra el honor, el decoro, la virtud y la dignidad de la mujer», y Carmen de Burgos terminó presentándose en la redacción, abofeteó al redactor jefe y exigió la rectificación al director. La consiguió. Igual que se empeñó sin descanso hasta la aprobación del voto de la mujer y de la primera Ley del divorcio, en 1931, ya con la asunción de la Segunda República, de la que fue pétrea defensora.

UNA ÉPOCA CORAL

Toda su existencia fue un elogio a la libertad y a la igualdad, por encima de convenciones morales y sociales. «Fueron los pilares de su vida y de su activismo» y llegó a liderar la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas. Aunque, en un principio, no se sentía cómoda con la etiqueta de feminista. Hasta que «va leyendo, va viajando, va viviendo, y su postura se afina en un feminismo que considera al hombre como su compañero, no como un enemigo, y sobre todo, que no desea privilegios ni falsa condescendencia ni paternalismo impostado», afrima Gallardo, que reconoce en Carmen de Burgos un icono para el presente, porque «nunca se resignó ni se detuvo: tras lograr un objetivo, reclamaba el siguiente».

Para saber más

Su pensamiento va desde lo más elevado y filosófico hasta lo rutinario, «en lo que ella llamaba 'la emancipación del gesto'». Criticó «el 'vergonzoso artículo 438' del Código Penal», permisivo con que un esposo pudiera matar a su mujer por adulterio, o que la mujer no conservara el nombre de pila de soltera añadiéndole el 'de' al apellido del marido, «marcada así como una pertenencia, como sus pañuelos y sus ovejas, decía». También reivindicaba que las mujeres se vistieran o se peinaran como quisieran o que salieran solas a la calle y viajaran, en una batalla desde lo cotidiano. «Todavía no estaba proclamada la Segunda República, lo que le suma valor a su labor».

Concebía a la mujer como un sujeto protagonista para la regeneración de España, siempre pendiente de sus colegas, «de detectar incluso siglos atrás a quienes tenían su inquietud y sensibilidad». Desde Consuelo Álvarez, compañera que firmaba como Violeta, o la editora inglesa Elizabeth Mallet, que fundó en 1702 el primer periódico del que se tiene constancia, The Daily Courant, hasta las lavanderas, cigarreras, verduleras, costureras, planchadoras y otras obreras de la época, que empujaron por la mejora de las condiciones laborales. Fue otro de sus rasgos particulares. «Un día me pongo el mantón y escandalizo a mi portera para enterarme de cómo son las casas donde duermen los golfos o cómo viven los gitanos del barrio de Las Cambroneras. Otro día tomo un palco en el Real y escandalizo a mis amigas por mi lujo, pero podrían ver que son las cuatro de la mañana y aún arde mi lámpara de trabajo», recoge Gallardo, de nuevo, otra frase del cariz Colombine, para destacar que «Carmen no tenía ningún problema en arremangarse y que necesitaba convivir con otras realidades fuera de la redacción, apoyándose en lo humano y en testimonios».

Ella misma emula a Carmen de Burgos. Porque su texto híbrido, además de descubrir y recrear un Madrid fascinante con costumbres, cotidianidad de barrio, sucesos, oficios y anécdotas ya extraviadas en el tiempo, recupera a la periodista como columna vertebral del relato, pero con la intención de engarzarse a más mujeres relevantes entre aquel próspero ambiente cultural. Así, por las 147 páginas de Todos los nombres de Carmen... discurren también las hazañas de Clara Campoamor, María de Maetzu, Magda Donato, Hildegart, Marga Gil Roësset, Catalina de Burgos, Manuela Malasaña, Benita Pastrana, María Álvarez de Burgos, Margarita Nelken... «Lo que consiguieron estas mujeres lo consiguieron juntas, también las anónimas que salieron a las calles poniéndose en riesgo por sus creencias. Todas se merecen este recuerdo», sentencia Gallardo. No sólo con Colombine debe la Historia saldar cuentas.