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Música

Los polos opuestos del pop Z, la anatomía emocional de toda una generación: "Los iconos de la música son un reflejo de la crisis de la soledad"

Entre la melancolía de las cantautoras y la euforia exhibicionista de las divas late el retrato de una época. Las nuevas estrellas del pop se han erigido en ídolos de una juventud polarizada también en lo emocional

Los polos opuestos del pop Z, la anatomía emocional de toda una generación: "Los iconos de la música son un reflejo de la crisis de la soledad"
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Cuando Olivia Rodrigo rompió internet con Drivers License, Taylor Swift acababa de entregar al mundo la reedición de Red, donde una canción de diez minutos, All Too Well, poseyó -casi literalmente- a toda una generación de chicas jóvenes. Corazones rotos, dramatismo a flor de piel. Mientras tanto, Rodrigo, armada con un piano y un sintetizador, narraba su desamor en clave de adolescente dolida. El año 2021 se presagiaba como un terremoto emocional.

Cada época tiene su fetiche, y el de la nuestra es el in extremis. Poco tardaron las divas -reinas del show, estrellas de la exuberancia- en reclamar su espacio. Chappell Roan llegaba con Pink Pony Club;Charli XCX inauguraba un verano Brat (ese que triunfa por su descaro, su hedonismo y su caos), y nombres como Sabrina Carpenter y Tate McRae ya amenazaban con menear el cotarro.

Así, allá por 2023, el hyperpop de brillo, lentejuelas y personajes teatralizados empezaba a disputarle el pulso a la melancolía. Los polos -los opuestos-, tan palpables en todo, fueron calando hasta empaparlo todo. A nosotros incluidos. Ni el pop se salva. Cada generación con sus fetiches; cada generación con sus ídolos. En la avenida del pop contemporáneo habita hoy una constelación de chicas que, probablemente sin saberlo, encarnan la anatomía emocional de toda una generación. Las pop girls Z: invasoras de listas, supremas acumuladoras de oyentes, espejo de una camada entera de jóvenes. A Sabrina Carpenter -icono del hedonismo Z- y a Gracie Abrams -embajadora del pop confesional- las separa un catálogo entero de antagonismos: las lentejuelas frente al algodón, la pulsión hipersexual frente a la herida abierta, un pop que incendia y otro que se deshace en susurros.

Celia Garrido conoce el mundo de la psicología, de las emociones y de la música como pocas. Musicoterapeuta de profesión, su experiencia le ha enseñado que, a día de hoy, el punto medio no se lleva. «Las estrellas del pop que tienden a lo introspectivo, a lo confesional, conectan con el público joven -sobre todo con chicas- por una cuestión de verse reflejadas», explica. Es la nostalgia, el desamor y la desazón lo que tiende a gustar. En la orilla contraria, las divas del maximalismo se pavonean con la purpurina como arma letal y pisan fuerte con estéticas que braman libertad y desenfado.

«A ellas, a las Chappell Roans y Sabrinas, se las suele idolatrar en toda su demasía. Se las ve como un ideal». Es, nada más y nada menos, la diferencia entre el yo real y el yo ideal. En ese abismo -en el trayecto que va del puente susurrado de I love you, I'm sorry (Abrams) al coro desatado de HOT TO GO! (Roan)- hay un espectro entero de emociones por descifrar, ansiedades que resolver e ideales que personificar. Por la consulta de Garrido pasan, en su mayoría, mujeres jóvenes. «Lo que más veo es la lucha continua entre el deseo de sentirse como una diva -y con diva me refiero simplemente a hacerse ver, hacerse notar- y el querer pasar desapercibida, ser más discreta, que es lo que socialmente se nos dicta», reflexiona.

"Esta necesidad de que me vean, de hacerme oír, no la tenían mujeres de otras generaciones a este nivel. En las mujeres más mayores, el rol secundario está muy interiorizado"

Celia Garrido

Por poder, a la generación Z se la podría avasallar a adjetivos (¿o quizá prejuicios?). El tópico de la holgazanería, de la fragilidad extrema, de la depresión autodiagnosticada... y, cómo no, la magnífica crisis de soledad que se les presupone. Lo que la terapeuta observa en sus pacientes se ajusta, en parte, a la leyenda que rodea a esta generación. Aunque, eso sí, entre las mujeres jóvenes destaca un resurgir «de la toma de conciencia de los mandatos sociales sobre las mujeres». «Creo que, poco a poco, se van abriendo los ojos a muchas realidades: la presión estética, el acoso, las violencias sutiles que sufrimos nosotras... Cada vez se toma más conciencia de cómo nos afectan», explica. Y cuando una no encuentra respuestas, el malestar acecha.

Para saber más

La musicoterapeuta halla un punto clave en la búsqueda identitaria en medio del berenjenal que implica ser mujer: «Otro punto común es la búsqueda constante de identidad: quién soy, dónde me coloco, dónde me siento cómoda. Ahí entra la identificación con los polos opuestos».

Que polarización ha habido siempre es un hecho. Que los extremos existen, innegable. Pero el bum del pop exuberante, intuye, tiene que ver con un componente aspiracional que generaciones anteriores, simplemente, no necesitaban. «Esta necesidad de que me vean, de hacerme oír, no la tenían mujeres de otras generaciones a este nivel. En las mujeres más mayores, el rol secundario está muy interiorizado. Pero llega esta generación de chicas jóvenes y dice: 'ya no'. Dicen: 'Quiero que se me vea, quiero que se me reconozca'».

Desde la perspectiva sociológica, la obsesión por los extremos está lejos de ser un mero capricho estético o emocional. «La sucesión de modas y estilos -también estilos vitales, vinculados al producto musical- responde a un ecosistema saturado: cuando todo está tan lleno, se tiende a buscar el extremo, ya sea hacia un lado o hacia el contrario», explica Mariano Urraco, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid.

El universo de los nacidos a partir de finales de los 90 es, en esencia, el universo del más, más, más. Y cuando no cabe más, sorpresa: cabe más. «De ahí surge la reivindicación de la quietud, de la melancolía, de la nostalgia y de ese aire triste como reacción al ritmo vivido. La necesidad de captar la atención muy rápido, la prisa y lo acelerado derivan inevitablemente en dos direcciones: en el exceso o en una reacción que, aun nacida de la misma ansiedad, acaba promoviendo la pausa y la quietud», continúa Urraco.

Que los términos medios cada vez se manejan menos, Garrido lo tiene claro. «Se ve en el clima político, en las opiniones... parece que tienes que estar en un extremo o en otro; si no, es que no tienes una opinión clara. Y la música es un aspecto más de esta polarización».

Pau Martí, un zeta en toda regla, experto en música mainstream y analista musical en redes sociales, vive el pulso de esta industria muy de cerca. «Estamos viendo el ying y el yang de la industria del pop. Al final, son dos caras de la misma moneda», explica. «Creo que la industria de la música es simplemente un reflejo de cómo es la sociedad a nivel personal: qué piensa, qué quiere y con qué conecta». Lo que él observa es una dualidad en pleno auge. Y encasillar a toda una generación -como suele hacerse- no es otra cosa que una estupidez contraproducente: «Habrá un viernes noche en el que una chica querrá ponerse unas gafas de rave negras y salir de fiesta sin preocuparse de nada, al estilo Brat, y al día siguiente encenderse un par de velas aromáticas y escuchar un disco de Gracie Abrams mientras lee un libro y practica el slow life (que, seguramente, habrá descubierto en TikTok esa misma mañana)».

Que milenials y boomers ven a la generación que cierra el abecedario como un concepto alien imposible de descifrar está claro. Lo que antes se llevaba sin tapujos ahora no tanto; y lo que antes se escondía, ahora se celebra. ¿Cómo que enseñar mi depresión es aceptable? ¿Cómo que llorar está de moda? Martí lo observa en las pop girls que analiza: «La vulnerabilidad ahora se premia en un entorno donde es tan fácil ser cancelable».

«Nos estamos volviendo cada vez más individualistas», añade Garrido. Y en esa mezcla de introspección y exhibicionismo, aparece el exceso de vulnerabilidad. «Se nos está yendo de las manos el tema del autocuidado, de la obsesión con el yo». La Z, cree, peca de cierta radicalidad. «Y a eso le sumamos la falta de conexión, el aislamiento al que nos sometemos. Es, verdaderamente, una epidemia de soledad». Ahí es donde referentes como Billie Eilish, Lizzy McAlpine o Phoebe Bridgers brillan con sus letras confesionales que rozan lo deprimente, envueltas en melodías taciturnas y adictivas. «Hablan de soledad, de vacío, de 'nadie me entiende, con nadie conecto'».

"Los ídolos funcionan como símbolos totémicos, representando maximalismo o vulnerabilidad, ofreciendo identidad y refugio en medio de la saturación y la desesperanza"

Mariano Urraco

¿Están las generaciones jóvenes sumidas en la tristeza? Sí. Y no. Entre 1973 y 2023, las letras de las canciones se han vuelto más negativas y más estresadas, según un estudio publicado en Scientific Reports. En un análisis de más de 20.000 canciones del Top 100 de Billboard a lo largo de cinco décadas, el lenguaje relacionado con el estrés se disparó: más hueco para la depresión, menos para la diversión. Mientras el lenguaje deprimente cogía carrerilla, el sentimiento positivo descendía. Los autores proponen que la música cumple un doble papel en el estado de ánimo colectivo: a largo plazo acompaña un clima de mayor negatividad social, pero en momentos de shock extremo -como el 11-S o el covid- funciona como vía de regulación y escapismo, promoviendo letras menos sombrías.

«La generación actual, frustrada por promesas incumplidas y un contexto social hostil, busca intensidad y extremos en la cultura pop. Los ídolos funcionan como símbolos totémicos, representando maximalismo o vulnerabilidad, ofreciendo identidad y refugio en medio de la saturación y la desesperanza», cuenta el sociólogo. Urraco observa en la generación Z una especie de necesidad -o quizá costumbre- de vivir en un perpetuo estado de actuación. Quien solo ha conocido la vida bajo el ojo de una cámara acaba por interiorizar que buena parte de la vida social es teatro: todo son escenas, todo requiere un personaje. Eso naturaliza identidades superficiales. «A veces, esa pose de 'gran mundo interior', de profundidad o de melancolía no deja de ser eso: un disfraz», dice.

En 2023, Spotify reveló que la generación Z busca canciones tristes con más frecuencia que ninguna otra. Pero aunque las divas del pop actual vistan la tristeza de neón y lentejuelas, bajo la armadura reluce la misma herida: «Crying at the nail salon,/I'm so sick of online love», canta Roan en Femininomenon. O «What in the fucked-up romantic dark comedy/ Is this nightmare lately?», se pregunta Sabrina Carpenter en tono tragicómico. Bajo la euforia, persiste el desconsuelo: el pop contemporáneo parece bailar, pero en realidad está llorando con las luces encendidas.

El cambio se nota también en la composición: si en los años 60 el 85% de las canciones estaban en tono mayor, hoy esa cifra se ha reducido a la mitad. Y, según el analista musical Chris Dalla Riva, el uso de las palabras 'amor' y 'odio' ha mutado en paralelo: 'amor' alcanzó su pico en los 90 -cuando lo mencionaba casi el 90% de los números uno del Billboard Hot 100- para desplomarse por debajo del 50% en 2021. 'Odio', en cambio, vivió su auge en la segunda década de los 2000, con un repunte cercano al 20% entre 2020 y 2021. La música actual refleja un tono más melancólico y negativo que en el pasado. Las generaciones jóvenes parecen identificarse más con emociones tristes y las letras desplazan el foco del amor al desamor y el conflicto. Un cambio cultural nítido en la forma de expresar -y de consumir- los sentimientos.