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Veo el mundo como una gran sinfonía: encuentros fascinantes de la historia. O no

La escritora y periodista Mireya Hernández ha construido un libro único partiendo de la idea de encuentro, que luego expande y abre: de personas célebres a anónimas, sin dejar las cosas fuera. El resultado es un libro híbrido e hipnótico

La escritora y periodista Mireya Hernández.
La escritora y periodista Mireya Hernández.Raquel Manzanares
Actualizado

No es nada fácil hablar de Veo el mundo como una sinfonía, libro más reciente de Mireya Hernández (Madrid, 1981), publicado en Pepitas. Hablar del libro es fácil, porque contiene un montón de historias y personajes famosos y desconocidos, algunas de las piezas son casi crónicas, pero siempre con un aire como de leyenda, como de cuento contado antes de dormir, casi pensado para provocar sueños maravillosos.

Nico, Emily Dickinson, Yuri Gagarin, Albert Einstein, Marcel Duchamp, Lászlo Krasznahorkai, Inge Morath, Iván Zulueta, entre otros, aparecen en las páginas del libro, que viene estructurado siguiendo las partes de una sinfonía: "Allegro", "Adagio", "Minueto" y "Finale". Lo que no resulta tan fácil es describir qué tipo de libro es.

Veo el mundo como una gran sinfonía

Pepitas de Calabaza. 208 páginas. 21,80 ¤
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La idea primera era escribir sobre encuentros entre personajes célebres, Groucho Marx y T.S. Eliot, Albert Einstein y Ramón Gómez de la Serna, y de ahí fue expandiendo el concepto de encuentro y abriendo la puerta a los personajes no famosos. Por ejemplo, está la historia de un guardabosques al que le cayeron siete rayos a lo largo de su vida. Y alguna invención, de la que se avisa, la pieza sobre la amistad de Wilde y Toulouse-Lautrec, quizá sea exagerada.

Escribe Hernández: "Además, por escrito todo está permitido: que los muertos hablen, que hablen incluso con los vivos, que se lleven bien, que brinden y beban, que tengan las manos grandes o huelan a cebolla frita. Como dijo el gran Ramón: 'La realidad es mentira'". Recoge también la historia de cómo se conocieron Béla Tarr y Lászlo Krasznahorkai, cómo las reticencias del escritor húngaro a las adaptaciones fueron cayendo y cómo se forjó una amistad que ha dado grandes obras.

El libro es un híbrido, los materiales son diversos, hay entradas de diarios, de pronto una frase a modo casi de separador, historias más largas, otras desarrolladas en un párrafo, continuidades o apariciones fugaces. Hay intentos de cocreación con la IA, y personajes e historias guadianescas; motivos que se repiten o se anuncian. Cine, música, arte y literatura aparecen aquí mezclados -así lo están en la realidad-, la reescritura de Desolation Row, de Bob Dylan, resulta en un homenaje a Beckett. "En la canción -escribe Hernández en los agradecimientos-, los encuentros se multiplican y aparecen decenas de conexiones inesperadas".

Veo el mundo como una sinfonía es un libro de verdad único, que tiene a la vez una rara familiaridad y que parece llegado de un lugar lejano pero no del todo desconocido, y cuyo tema termina por ser el asombro.