- En portada La vulgaridad ha triunfado, ¿y qué? "Puede ser una expresión espontánea, incluso liberadora, de lo popular. Pero la chabacanería es otra cosa"
- Opinión de Javier Gomá La vulgaridad ha absorbido y anulado por completo la alta cultura
El árbitro de la elegancia tiene que taparse los oídos. No debe regalar su atención a quienes se empeñan en asegurar que no existe, que solo es un pellejillo, una farsa con la que han engordado la insatisfacción patológica del personal, una alucinación del totalitarismo estético. Han cuestionado sus competencias y, sin admitir su obra, han proclamado su muerte. El colegiado del buen gusto, se obstinan los negacionistas de la elegancia, nunca estuvo ahí.
Quien pese al griterío lo invoca y permite que el espíritu juzgón tome su cuerpo, descubre que acaba de coger turno para un exorcismo público. En una sociedad democrática, escribe Roger Scruton, se cree que afirmar que uno tiene mejor gusto que su vecino resulta pretencioso. Asumirse preparado para distinguir lo bello y lo feo, lo extraordinario y lo cutre, lo inusual y cochambroso, esconde una presunta soberbia que convierte el vestidor en un arma clasista capacitada para dividir cualquier grupo en mamarrachos y petimetres.
El juicio estético, en un grupo que aspira a la igualdad, entonces, debe reblandecerse. Por ser subjetivo, dicen ellos, el de aquel con un par de ojos sanos en la cocorota ha de estimarse válido. Por ser común a todos, puesto que el paisajismo de las ciudades se doblega a sus tiendas y que Eva le dio, en fin, el bocado a la manzanita, de manera que pasearse en pelotas hoy persevera en la categoría de escándalo, la familiaridad banaliza las ropas y hace creer a sus usuarios que, por saber taparse, saben también y tan bien acerca de vestirse como el aficionado a la historia del diseño. En la piruetita que se fuerza sobre la falsa humildad ("¡miramos, pero no juzgamos!"), se anula lo que los homicidas de la elegancia ensalzan: el valor de la experiencia personal.
Que cada uno tenga boca a Scruton le importa un bledo. Es consciente de que la búsqueda de de una concepción compartida de los valores es consecuencia de la racionalidad. Si nada permanece en lo alto de la pirámide, se disuelve la aspiración. Se esfuma el fisgoneo tras los pasos que ha dado quien la ha conquistado. La negación de lo ideal, de lo perfecto, aniquila la curiosidad. Todo se convierte en copia, en eco. Todo se vuelve vulgar.
A la elegancia le sucede que es difícil de atrapar. En ocasiones se ha entendido como una sobriedad paralizante, construida por piezas aburridísimas y correctas, negras y blancas, quizá un brochazo azul marino y un conjunto beige, complacientes, silenciosas, encajadas en la expectativa de una señora mayor y solemne, suave, discreta, callada. Quienes la persiguen sin entenderla, sin apropiarse de ella, acostumbran a ejecutarla como el empingorotamiento total. La jovencita emula -Jesús- a Diana de Gales, a Olivia Palermo o a María de la Orden y, con el pelo relamido, un cuello bobo, peto con volantes y los tobillos al aire pese a los tres grados del termómetro, camina vestida de algo que, por no ser natural, sino imitado, luxa el nervio óptico. Pasea disfrazada de lo que ella no es. Por no explorarla, la calca y se estampa contra la vulgaridad. Copia la imagen de otra, que le llega huera. Es alienígena, fruto de otra vida, de otras lecturas, de otros ojos sobre otras películas, otras fotografías y otros cuadros, y en ella, o en él, con sus mocasines sin calcetines bajo el traje, resulta falsa. Encarnan lo que para el pintor John Brett suponía la vulgaridad: una de las formas de la muerte. Portan una carcasa ajena. Lo vulgar es macabro, un ejercicio tanatofílico.
En los ensayos de John Ruskin, un matiz dulcifica la dureza: no son el desconocimiento o la diferencia los que condenan a la vulgaridad, sino la violación de lo conocido. En el habla de la frontera entre Sevilla y Huelva, con sus ches fricativas y sus eses como ces, no hay una afrenta a la eufonía del español. Tampoco en el acento granadino cuando logra que los labios se mantengan estiraditos para pronunciar una u. La zafiedad la esparcen los adolescentes cuyas lenguas padecen ya agujetas de tanto invocar a sus bros. La vulgaridad, para el crítico, es una corrupción. Domada por la pereza, oculta, ante todas las cosas, la verdad. Se produce cuando pudiendo ser no es.
Solo un frívolo, apunta de nuevo Scruton, se jacta de no juzgar al otro por las apariencias, cargadas siempre de significados y centro de preocupaciones emocionales. Alguien superficial, olímpico de la modestia impostada, niega el valor de la información que encapsulan los colores, las siluetas, las texturas, los cortes o los materiales porque asume que el juicio que se obtendrá se empleará como conclusión moral en lugar de premisa social. El estilo revela lo que se desea enfatizar y esconder. Cuando una tendencia lo atraviesa, permite juguetear con los mensajes, disolverse para encajar o colorearse para sobresalir. Activa el reconocimiento del otro.
Desprenderse de la creencia en la elegancia, en una armonía superior a otras en la que puede encarnarse la belleza, ataca el corazón. Ralentiza su ritmo: lo que comienza a atravesarlo es solo espejismo. Su negación suspende la exploración y congela el deseo de conocimiento. Asume lo ajeno sin cuestionarlo. No indaga, no olfatea, no late, no respira, no pasea, no escucha, no mira. La elegancia es síntoma de curiosidad, señal de resistencia. La difamen cuanto deseen sus abucheadores, cómplices indolentes de lo feo, mientras haya vida, siempre estará ahí.


