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Lo primero que sé de El Royale y su peculiar casa es que, para encontrarlos, hay que ir muy lejos. Tan lejos que el conductor me pregunta si estoy segura de que he escrito bien la dirección. Lo he hecho. Al llegar, el sitio se nos presenta como una casa corriente, un chalet familiar en un pueblo a las afueras de Madrid. Como timbre, una gran campana.
Al abrir la valla, los primeros que nos reciben son sus perros: Kroncho y Bubis, dos miembros más del clan que forma este colectivo de jóvenes músicos que nos ocupa. La entrevista tarda un poco en arrancar: los ocho miembros se ocupan primero de preparar el desayuno entre todos y fumar un poco en la entrada, como auténtico inicio de la jornada.
Oficialmente, en la casa viven Teo Planell, Roy Borland y Mario Caballero (conocido artísticamente como Yero G). Pero allí pasan casi la misma cantidad de tiempo otros artistas como Azuleja, Nu, Carlos Clerencia, Nico Martin o Laura Katze. Sin líneas muy claras, sin un establecimiento más definido que el hecho de que, ahora mismo, en esta casa, todos ellos conforman El Royale.
Las primeras preguntas que, inevitablemente, surgen son "qué es esto" y "por qué nace". "El Royale es un grupo de amigos al margen de un espacio", empieza Teo Planell. "No intentamos crear un colectivo, sino que simplemente somos amigos", explica. La palabra "amigos" y sus derivados surgirá en incontables ocasiones en la conversación, que se desarrolla fuera, en su zona chill out, en torno a una mesa que, sólo si miras con detenimiento, descubres que está conformada por un cristal posado sobre un soporte de teclado.
El Royale no es una casa, sino el núcleo que conforman ellos, y lo crucial es que vayan juntos de un sitio a otro. "Es un espíritu", comenta Azuleja. "Una cosa que llevamos en el corazón, en el bolsillo. No es una casa. Pero es esta casa también".
Más allá de sentimentalismos, Mario Caballero va a lo práctico: es una posibilidad -"algo esperanzador", suma Laura Katze-. Pero una posibilidad... ¿de qué? "De poder retroalimentarnos y crear desde un lugar en el que tengamos libertad creativa y no necesariamente una dependencia directa de que los proyectos vayan bien", explica Caballero.
El Royale, por aclararnos, es uno de los núcleos creativos más singulares de la música emergente en España: Teo Planell publicó la semana pasada su primer álbum, Demian, un original ejercicio de folk íntimo; Azuleja lanzó en enero C.R.I.N.G.E., otro debut de pop sofisticado, cargado de ironía y experimentación digital muy bien acogido por crítica y público; Roy Borland lleva tiempo produciendo y sumando oyentes en solitario; y el resto del grupo va dejando huella en sencillos, colaboraciones y directos cada vez más concurridos.
"El colectivo nos permite no hacer ciertas concesiones y sentirnos agrupados", comenta Nico Martin. "Por ejemplo, hemos grabado todos nuestros videoclips con cámaras que no son HD, decidimos nuestros horarios... Y el hecho de no depender de una infraestructura grande nos da una libertad que permite un pensamiento más lateral", continúa, resumiendo la razón de ser de El Royale. "No nos guiamos tanto por los valores de producción o industriales como por otros más artísticos. Nos centramos más en crear algo que tenga un peso de lenguaje, no de impacto", zanja.
"Queremos demostrar que también tenemos criterio. Los jóvenes siempre han tenido criterio"
En coherencia con esto, en el colectivo tampoco son fans de vivir pegados a las redes sociales o de medir su éxito en likes. Incluso les agobian esas dinámicas tan interiorizadas ya por el panorama más comercial. "Estamos buscando ese equilibrio entre la presencia pública necesaria para promocionar nuestros proyectos y sentirnos cercanos con la gente pero, a la vez, intentamos tener cuidado de que las cosas importantes no sean nunca cómo las vendemos en redes sociales sino que sucedan en nuestro núcleo personal real", explica Teo, para seguir afirmando que "una cuenta de Instagram es de artista cuando la crea un artista, no cuando se trata de hacer con ella una manualidad".
Lo que no quieren, asevera Caballero, es contribuir a que se recuerde a su generación "como unos a los que nos vale todo". "Queremos demostrar que también tenemos criterio. Los jóvenes siempre han tenido criterio", afirma.
En su caso, precisamente lo que les une es ese criterio compartido a la hora de crear, a pesar de hacer música muy diferente entre ellos. "Es una línea un poco difusa, pero es simplemente compartir una forma de ver la vida y la creación artística", explica Planell.
Hay algo político en su causa, más en esa manera de hacer las cosas que en sus canciones: algunas, dicen, son demasiado folk para eso. Otros proyectos, como el de Azuleja, sí son más satíricos y reflexionan sobre la facilidad de la música digital, entre otros temas. Pero este posicionamiento es una consecuencia y no tanto una decisión inicial.
Ya estaba muy establecido el concepto, por llamarlo así, cuando surgió el nombre. Fue con la llegada de Azuleja, que empezó a pasar temporadas en la casa. "Empezó a surgir una broma de decir: '¡Oh, these are crazy times at El Royale!'. En el momento era lo más gracioso del mundo, y en retrospectiva es una tontería, no hace ninguna gracia. Pero le dio el nombre al sitio. Realmente ya no me acuerdo cómo pasó a ser algo tangible", recuerda Borland. En El Royale todo ha sucedido como lo hace en las mejores amistades: no sabes cómo has terminado ahí y lo que queda en tu memoria es un vago recuerdo de chocar con la otra persona y, de alguna manera, acabar siendo inseparables. No hay espacio intermedio.
TODOS A UNA, SIN CONCESIONES
"Nico, creo que la camisa que llevo es tuya", dice Teo Planell cuando la fotógrafa se dispone a disparar. Nico Martin responde: "Te la regalé". Ante la sorpresa de su amigo, Nico añade: "En serio. Hace como tres años".
Así es todo en El Royale: todos van a una, tras años de aceptar que cada cual tiene su lugar y su aportación en el proyecto conjunto, y de adquirir una seguridad plena en el trabajo del resto: "Partimos de la confianza extrema en que todos queremos hacer las cosas bien, las cosas en las que creemos", explica Nico Martin. Como dice Planell, su visión es más una consecuencia que una decisión consciente. Pero si hay una consecuencia es porque existe una causa, y esa es que muchos de ellos provienen de la industria musical convencional y estaban haciendo "música muy mala", en sus palabras.
"La música es mágica porque es un reflejo directo de las circunstancias que la generan", sentencia. "Cuando nos dimos cuenta de que nuestra música era mala, nos paramos a pensar en el porqué y nos dimos cuenta de que estábamos en un sitio -un sótano, literalmente- desde el que la creación, la expresión artística, no estaba favorecida".
Pensaron entonces que, quizá, aquel plan que les rondaba la cabeza sobre irse, ya de mayores, al campo a crear música juntos, quizá no era tan mala idea. "Hace poco más de un año nos mudamos aquí, empezamos a pensar diferente, a mirar las montañas, a tener tiempo para pensar, a tener un espacio para hablar, pasear, sentirnos solos, sentirnos juntos en esa soledad. Y de repente, inevitablemente, la música que empezamos a hacer estaba totalmente oxigenada", termina Planell.
Entrar en la casa que alberga a Borland, Planell y Caballero de manera permanente, y al resto de forma -más o menos- ocasional, es como abrir las puertas de un templo barroco. Es, sin duda, un lugar dedicado al culto a la música y a la vida que está lleno de todo aquello que pueda estimularlos, favorecer su placer y, por ende, su creación artística. Para quien haya tenido la suerte o la desgracia de vivir en uno, Casa Royale es como un piso de estudiantes a lo grande. Desperdigados, aparecen un libro de Ed Sheeran y otro de Barack Obama, guitarras rotas colgadas de la pared a modo de trofeos o videojuegos como el FIFA. Siempre con amigos que no paran de pasar de visita. Solo el casero con su contrato tiene claro quién vive allí realmente.
Todo se desarrolla en un entorno que por un momento te hace creer que estás en un pueblo perdido de Castilla, jugando con tus perros, tendiendo en lugares imposibles la ropa recién lavada. En lo económico, el proyecto se sostiene "como buenamente puede, arrastrándose", en palabras de Planell. Entre Borland, Caballero y él pagan el alquiler y, para ellos, es una lógica de remar todos en la misma dirección y ser un respaldo los unos para los otros. "No hay unas leyes rígidas, simplemente vamos aportando según las circunstancias personales y económicas de cada uno", añade Borland.
Él es, de alguna manera, el nexo entre todos, produciendo su música. Las dinámicas cambian en función de a quién de ellos le toca el turno de crear. Planell y Vilas componen sus propias canciones, pero el caso de Azuleja, por ejemplo, es diferente: ella no compone con instrumentos, pero traslada su visión a Borland y buscan una dirección a seguir. "Ahora mismo nos estamos tomando una semana, dos o tres con el proyecto de cada uno y, como el resto suelen estar alrededor, tenemos la facilidad de que otros miembros se vayan subiendo al proyecto a aportar", explica.
ARCHIPIÉLAGOS DE MÚSICA EMERGENTE
La experiencia de El Royale recuerda inevitablemente a lo que ya hace unos años surgió en torno a artistas como Rusowsky y Ralphie Choo, Rusia.IDK: una especie de hermandad artística que, aunque en su caso sin llegar a compartir un mismo techo, funcionaba como un ecosistema propio de voces, productores y visuales.
En ambos casos, la clave no está tanto en un género concreto como en la forma de trabajar: la colaboración constante, el apoyo mutuo y la creación de un universo sonoro y estético compartido. Incluso hay nombres que se cruzan entre escenas -como Tristán o Mori-, lo que confirma que más que islas aisladas, estos colectivos forman un archipiélago de afinidades en la música emergente española. "Buscamos hacer una música en la que nos preocupa tanto la forma como el contenido, no solamente una de las dos. Perseguimos la mejor manera de llevar a cabo una idea sin tener en cuenta el resultado que vaya a tener después", explica Caballero.
Ellos se encontraban -o se encuentran- en un momento pesimista en cuanto al mundo en general. Lo dice Clerencia: "Quizá sí hemos llegado a un punto en el que todo se ha hundido, todo está tristísimo. Pero ahí es donde, para mí, esto ayuda a seguir adelante y a entender que, efectivamente, todo está fatal, pero estamos aquí juntos", comenta.
Esta búsqueda de comunidad no es algo nuevo ni algo aislado al entorno de los músicos, sino que es la tónica general en la filosofía de la juventud actual, que, en la individualidad que predomina, busca a veces esta familiaridad en su entorno con la que generaciones pasadas sí contaron. "Es algo totalmente cíclico y que pasa en todas las generaciones, el hecho de que a raíz de un miedo compartido se creen comunidades", dice Planell. "Nosotros estamos totalmente abiertos a conocer más gente como nosotros. Os estamos buscando", interpela directamente el cantautor, a quien no le asusta que El Royale siga creciendo como ya lo ha venido haciendo en los últimos tiempos.
El Royale es también algo así como un retiro espiritual infinito que sostienen ellos mismos: "Se habla de todo todo el rato y eso es increíble. Pero también es difícil. Pasamos mucho tiempo hablando sobre cómo estar tranquilos, cómo solucionar aquello que nos preocupa...", dice Caballero. La mayoría comparten las mismas inquietudes: estamos hablando de chavales -Borland y Planell, en este caso- que conversan sobre lo curioso que es que, sin aún conocerse, ambos vivieran en la misma calle y bajaran al parque Tierno Galvánde Madrid a las batallas de gallos.
"Es una falta de respeto para el público llevarte todo el dinero de tus conciertos y salir al escenario con un micro y una interfaz de audio"
Ahora los miembros hablan de miedo: al futuro, a lo que viene políticamente, en lo social, lo cultural... "Hay que poner el foco en que estamos juntos, y dejar claro todo lo que vamos a hacer por impedir ese futuro oscuro y estar en un lado seguro. Intentar asegurarnos ese espacio", reflexiona Planell.
Esta colectividad, por otro lado, la trasladan también al escenario: muchas veces el resto del colectivo hace las veces de banda cuando hay un concierto de alguno de ellos. Hacen un alegato claro por la música en directo: Clerencia llega a decir que "es una falta de respeto para el público llevarte todo el dinero de tus conciertos y salir al escenario con un micro y una interfaz de audio". Hace una reflexión sobre qué es preferible: embolsarte 1.500 euros en una noche y volver al hotel a ver reels solo, o ganar 300 pero divertirte con tus amigos. "Tocar con amigos es impresionante. Ahí está la verdad", sentencia.
Preguntados sobre si la tendencia a futuro será adentrarse en proyectos más individuales, la respuesta es unánime: no. "L'amour est pour toute la vie" -el amor es para toda la vida-, dice Azuleja, y todos ríen, pero saben que también opinan que es verdad. "Yo pienso en la analogía de los palitos", empieza Clerencia. "Cuando doblas un palito se rompe, pero juntas varios y, aunque hagas más fuerza, ya no los quiebras. Es muy gracioso decirlo así, pero es profundamente profundo. Yo creo que es totalmente cierto". "¡Y YO!", contesta Azuleja, y todos la secundan a modo "Oh, capitán, mi capitán".
El grupo parece sentir un campo magnético los unos con los otros y también hacia la zona que usan como estudio. Al terminar, todos se lanzan a los instrumentos. Caballero a la batería; Borland, descalzo, al piano; Azuleja canta y Planell toca la guitarra. Y se van turnando.
En un momento dado, todos prestamos atención porque empiezan a sonar los primeros acordes de Blowin' in the Wind, de Bob Dylan. Al levantar la vista, una imagen inusual: Roy Borland y Teo Planell comparten guitarra. El primero pone los acordes y el otro se encarga del rasgueo. Ese es el espíritu de El Royale.






