"Supongo que todos tenemos nuestras obsesiones, ¿no? Hay quien lleva toda la vida siguiendo One Piece, quien se ve cada año las películas de El Padrino o de Harry Potter y luego estoy yo, que no consigo quitarme de la cabeza la obra de Nabokov y, específicamente, esta polémica novela que es Lolita", asegura entre risas Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990).
Ciertamente, la obra más famosa del escritor ruso ha marcado su producción. Aparece en muchos de sus poeamrios, en ensayos como Caliente (2021), donde habla del abuso y el autoplacer y le quita el auda de literatura erótica, o Leer mata (2022), donde la usa como ejemplo fundacional de la lectura somática, esa que se hace con todo el cuerpo, y, desde luego, en su primera novela El funeral de Lolita (2018), en la que subvertía el clásico presntándolo como un mito deformado.
Ahora, la sombra de esta obsesión planea de nuevo en Incensurable (Lumen), un ejemplo de ensayismo mágico -"tiene una voluntad puramente de ensayo, pero hay dentro mucha ficción, en esa tradición juguetona con los géneros de autores como Vila-Matas, Lina Meruane o Roberto Bolaño", explica la escritora- en el que reflexiona con Lolita como excusa sobre temas como la cancelación cultural y la censura, "los más evidentes de nuestro tiempo", y otros como la propia escritura, la política del lenguaje, la inestabilidad de la verdad, el significado de la escritura experimental y ese escritor macho del que habalaba en El coloquio de las perras (2019), que aquí se encarnan en autores como Flaubert, Ramón J. Sender, Balzac o Philip Roth.
Ambientado en el cercano 2029 -"año muy significativo para una lectora feminista, pues es el centenario de Un cuarto propio, de Virginia Woolf"-, este ensayo recoge una conferencia de la filósofa Lectrice Santos, que narra las causas de lo que llamaGran Apagón L., el momento en el que la obra de Nabokov fue censurada y se tornó inencontrable en el mundo. Expulsada de la universidad por desafiar a sus alumnas a leer y releer los clásicos sin prejuicio, pero con consciencia, la soflama, entreverada por su convulsa vida privada y por un humor metaliterario e irónico, se convierte en un acto de resistencia contra la amnesia ideológica que amenaza con borrar las obras incómodas de la historia.
El libro crea así un juego de espejos que nos traslada desde mediados del siglo XX hasta ese inmediato futuro y plantea qué cambios ha habido en la literatura y en su recepción en estas décadas. Por ejemplo, el placer y nuestra idea de él apenas ha cambiado, sostiene Luna Miguel. "Aunque ahora parezca que hay desnudos y pornografía por todas partes, el placer sigue dándonos risa, y sigue dándonos asco muchas veces. Sobre todo el ajeno. El nuestro nos encanta, claro, pero ver cómo lo expresan o lo reclaman otros, ver cómo alguien intenta hablar de un placer con el que no concordamos del todo, sigue desagradándonos", explica.
Incensurable
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Una censura más invisible
Más detalle merece la evolución de la censura, en la que se abunda en el libro con multitud de ejemplos. "Lo que ha cambiado fundamentalmente en estos 70 años es que ahora creemos que no existe. Como tenemos acceso a todo, desde los libros del pedófilo Gabriel Matzneff descartados en Francia hasta el PDF más inencontrable, nos parece que el silenciamiento de textos no existe. Pero claro que existe", denuncia la escritora. "Precisamente, el libro trata de definir qué es el silencio en nuestro tiempo. crear una metáfora de cómo le achacamos el peligro de la censura a los libros que menos peligro tienen de ser censurados. Hablamos de autores que son realmente incensurables, como Nabokov, que no sólo es accesible para cualquiera, sino que hoy en día es imposible de prohibir".
"En lo único que ha cambiado la censura frente al pasado es en que ahora creemos que no existe"
En este sentido, Luna Miguel defiende que erramos el tiro. "Sin embargo, no nos preocupamos de por qué están todavía en el cajón obras de la mexicana Elena Garro, o de por qué qué no sabemos tanto de las escritoras españolas del siglo XIX y XX. Ese es el problema. Los grandes enemigos de las autoras son el silencio y el desinterés", denuncia la escritora, para quien ese fenómeno global que llamamos recuperación de autoras no es sino "sacarlas de la censura en la que estaban. Por ejemplo, la colombiana Marvel Moreno, una autora maravillosa cuya novela estuvo encerrada en un cajón durante años porque su ex marido, que no sale muy bien parado, dijo que publicarla iba a ser malo para su memoria".
Otro factor que explora la escritora no tiene tanto que ver con la censura ideológica, sino con la lógica de mercado, lo que ella llama "la perversidad capitalista del sector editorial". "Es verdad que cada cierto tiempo hay una recuperación, nace una editorial feminista con libros preciosos o abre una librería con mayor inclinación hacia las autoras, pero cuando eso no se ha venido como esperaba, o cuando hay que hacer sitio para el nuevo fenómeno, desaparece", reflexiona la autora. "Si de repente el boom latinoamericano escrito por mujeres en el siglo XX y se queda en un titular de 2019 y no se van a ver jamás los libros de esos autores en la prensa, claro que se va a olvidar. Había una crítica literaria que decía que a las mujeres hay que recuperarlas cada 20 años y, por desgracia, es así como funciona", denuncia.
Contra los "lectores criminales"
Pero, como decimos, Incensurable no se restringe únicamente al debate cultura de la cancelación versus de la reparación, caballo de batalla de su autora, sino que también aborda la autocensura, que autores como el propio Nabokov se plantearon. "En realidad el peor tipo de censura actual nace de la autocensura, que se debe principalmente a la cobardía, como hemos visto en el sonado y reciente episodio del libro El odio, que en este casom no fue cosa del autor", sostiene Luna Miguel. "Sin embargo, estamos todos tan centrados en el que dirán, que muchas veces nos coartamos. Parece que publicar un libro sólo es contarlo en las redes sociales y que te entreviste la prensa, así que intentamos no decir cosas polémicas, porque ¿para qué vas a estar una semana sufriendo violencia en redes sociales con posibles polémicas?", lamenta.
"Pero publicar un libro no es eso, es establecer una relación con los lectores y esperar que algo en lo que has trabajado mucho tiempo vaya dando sus frutos", prosigue la escritora, para la que la actitud deseable sería: "en vez de autocensurarnos, que nos las sude mucho más lo que piensen de nosotros. Ese es el gran trabajo que hay que hacer ahora, escribir como si escribieras para ti sola. Y cuando publiques, compartir como si fuera una fiesta también y dejar de preocuparnos por eso que nos increpan".
"Hoy en día parece que tenemos que leer todos lo mismo y al mismo tiempo. Nunca se llega tarde a la literatura"
Esos a los que en su libro llama los "lectores criminales", quienes deforman todo lo que leen con ideología. "Eso surge de una idea que me encanta de [la también escritora] Sabina Urraca, que habla de la tiranía infantil del 'no me gustó porque no me identifico con el personaje', que es lo mismo que 'sólo me gusta porque habla de mí'", admite Luna Miguel. "Pienso que debemos entender que los libros son muchos y variados, y que una obra no es mejor o peor porque empaticemos con ella", apunta.
Otro de los factores, que a su juicio, determina el presente lector es la voracidad que afecta a casi todos los ámbitos de nuestra vida, también a la cultura. "Hoy en día parece que tenemos que leer todos lo mismo y al mismo tiempo. He escuchado frases como 'he llegado tarde a este libro', en referencia a la última novedad om fenómeno, y me parece algo ridículo. Es imposible llegar tarde a la literatura", remacha.
La búsqueda de la belleza
Volviendo a la ideologización de la lectura, la escritora insiste en la miopía de quienes critican una obra por sus partes más explícitas. "Es una verdad antigua que hay cosas moralmente reprobables de la ficción que pueden ser constructivas. Por ejemplo, la violencia, cuya narración no implica justificación. Por ejemplo, si leemos el típico superventas de novela negra que arranca con un bebé muerto, y estoy poniendo un ejemplo real, nadie se plantea prohibir ese libro. Entonces, ¿cuál es el umbral de violencia que estamos dispuestos a tolerar?", se pregunta.
"En tiempos tan terribles como estos, quizás la transgresión venga de buscar la belleza, la ternura y el placer"
"Saliendo de los libros, por no insistir con Lolita", bromea, "sería absurdo ver Black Mirror y pensar que vamos a comportarnos como en la serie, ¿no? Al contrario, en ella hay una denuncia de políticas deleznables y condenables. Muchas veces la violencia en la ficción, sirve como crítica a esa propia violencia. Lo que hay que saber hacer -esto lo dice mucho mi pareja, Ernesto [Castro, filósofo]-, más que separar la obra del autor, es separar al lector de la obra".
El último tema que aborda Incensurable es el de la transgresión, una potestad tradicional del arte y la creación que parece algo alejada del presente. Sin embargo, para la escritora no es así. "Volvemos un poco a lo de antes: tenemos tanto acceso a tantas cosas -estamos asistiendo a un genocidio televisado en Gaza, que es como si tuviéramos iPhones en Auschwitz, por así decirlo- y podemos ver la maldad del mundo tan cerca que ¿cómo va a resultarnos transgresora cualquier cosa escrita, pintada o interpretada?", reflexiona.
"Creo que vivimos un momento de lo que llaman postironía, un proceso de metatransgresión donde se necesita un poco de belleza, donde a lo mejor lo transgresor no es una escena de sexo loca, sino una escena de sexo tierna", sostiene la escritora. "Tengo la sensación de que en tiempos tan oscuros, en tiempos tan terroríficos como los que vivimos, y sobre todo ahora que lo tenemos todo el día delante de la cara, quizás la transgresión no venga de encontrar grandes chispazos de ingenio violento en nuestra narrativa, sino de proponer otros temas más suaves, de buscar la belleza, la ternura, el placer. Eso, en medio de la violencia, es salirse de la corriente y, por tanto, transgresión", concluye.



