Cuando recibió la noticia del Nobel de Literatura, Abdulrazak Gurnah (Ciudad de Zanzíbar, 1948) trabajaba en la novela Theft (Un largo camino). El premio multiplicó homenajes y entrevistas, interrumpiendo su concentración de escritorio. En su discurso de Estocolmo -recogido luego en Map Reading (2022)- evocó su adolescencia marcada por la revolución de 1964 y la violencia desatada en la isla, solo digerida con distancia en el exilio inglés. También habló de las sombras íntimas de su cultura: el autoritarismo doméstico, los dogmas de género, la pobreza naturalizada. A su generación la llamó "los hijos del colonialismo", consciente de que sus corrupciones y desgobiernos eran parte de esa herencia.
Un largo camino
Traducción de Rita da Costa. Salamandra. 304 páginas. 22 ¤ Ebook: 10,99 ¤
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El "robo" del título apunta en varias direcciones: el despojo colonial de tierras y memoria, el arrebato de la dignidad femenina en matrimonios impuestos -como el de Raya, violada cada noche por un marido mayor-, el hurto de la inocencia infantil y también las pérdidas más concretas que atraviesan a los personajes. Como en otras de sus novelas, Gurnah levanta una cartografía de vidas quebradas por decisiones ajenas, por estructuras familiares férreas o por la arbitrariedad de quienes ostentan el poder. Sin embargo, en Un largo camino se demora en lo pequeño, en los cuerpos y los gestos, en las rutinas de hombres y mujeres que son supervivientes cotidianos de un sistema que les roba voz y destino.
Cadenas heredadas
La narración recorre varias décadas de mutaciones -del socialismo al neoliberalismo, del aislamiento a la invasión turística- y se pregunta cómo se heredan los traumas y si es posible romper el ciclo. En el centro, aunque no desde el inicio, está Badar, un joven vulnerable cuyo futuro queda marcado por la humillación y la precariedad, pero también por la amistad y el afecto. A su alrededor gravitan personajes complejos: Karim, amigo y contrapunto, que carga su propio fracaso conyugal; Raya, madre de Karim, símbolo del peso del patriarcado; y Fauzia, que encarna tanto el estigma social como la posibilidad de reconstruirse. Todos buscan resquicios para afirmar su vida frente a unas cadenas heredadas que parecen indestructibles.
Lejos del espectáculo de la violencia histórica, Un largo camino se teje con escenas mínimas: un niño humillado en la escuela, una mujer que rehace su vida pese al qué dirán, un joven que se deslumbra ante el puerto abarrotado. Gurnah (d)escribe con una prosa contenida, realista y sensorial, donde el murmullo del mercado se entrelaza con silencios, reproches o gestos de ternura. Como en Paraíso, planea la sombra del despojo, pero aquí, en medio del dolor, aparecen grietas luminosas: amistades que sostienen, amores que liberan, resistencias discretas que se vuelven imperativas.
En el tramo final, la llegada de una voluntaria inglesa al hotel donde trabaja Badar funciona como recordatorio del choque persistente entre Europa y África: turistas que buscan exotismo o aventuras sexuales, convencidos de que viajan a un catálogo de productos listos para el consumo. "¿Acaso no tienen mares en sus países?", se lamenta un personaje. Gurnah señala que los legados coloniales no se disipan con la independencia, y que cortar esas cadenas exige actos conscientes, aunque pequeños, de afirmación.
Rechazar el destino
Como se señala en The Fiction of Abdulrazak Gurnah: Journeys through Subalternity and Agency (2021), la narrativa de Gurnah se despliega siempre entre la subalternidad y la búsqueda de agencia. Sus personajes rara vez son héroes invulnerables: son sujetos frágiles, atrapados en sistemas de poder -coloniales, patriarcales, de clase- que intentan doblegarlos, pero también son capaces de articular resistencias, silenciosas o discretas, que los devuelven a su condición de agentes.
En este sentido, Un largo camino prolonga esa tensión: no dramatiza la gran historia, sino que ilumina los pliegues de la vida cotidiana donde se decide la posibilidad de un futuro propio. Gurnah entiende la literatura no como reproducción de la historiografía, sino como un espacio de memoria viva que rescata lo que suele olvidarse: las emociones, las pequeñas violencias, los gestos de cuidado. Sus novelas muestran que la subjetividad nunca viene dada, sino que se busca, se hace y se rehace, y que la resistencia no siempre adopta la forma del enfrentamiento abierto, sino del rechazo íntimo, de la negativa a aceptar un destino prefijado.

