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En algún momento de un verano de principios de los años 20, en la quietud de una casa de campo en Bergzabern, una joven filósofa alemana, de mente afilada y brillante porvenir, abrió un libro que cambiaría su vida para siempre. Agotada tras una larga crisis interior y profesional, y en plena búsqueda de un nuevo sentido para una existencia que se le antojaba vacía, aquella mujer, judía y agnóstica, educada en el más estricto racionalismo de la escuela fenomenológica de Husserl, se sumergió en la autobiografía de una mística española del Siglo de Oro. Pasó la noche en vela, devorando el Libro de la vida, de Teresa de Jesús y, al cerrarlo con las primeras luces del alba, pronunció una sentencia que sellaría su destino: "Esta es la verdad".
Aquella mujer era Edith Stein (1891-1942), una de las figuras más complejas y fascinantes del siglo XX, cuya trayectoria vital recapitula las tensiones más profundas de su tiempo. La discípula predilecta de Husserl, la primera mujer en doctorarse en Filosofía en Alemania, acababa de iniciar un camino sin retorno que la llevaría de la cátedra al convento, de la fenomenología a la teología mística, y finalmente, a la cámara de gas de Auschwitz, asesinada por los nazis por esa misma condición de judía de la que nunca renegó. ¿Cómo pudo una de las mentes más preclaras de la filosofía europea, una abanderada de la razón y la lógica, abrazar la fe católica con una radicalidad que la condujo a la clausura carmelita y, póstumamente, a la santidad?
Resolver el enigma de esa triple y a ratos agónica identidad es el monumental desafío que acomete la escritora y periodista argentina Irene Chikiar Bauer (Buenos Aires, 1965) en su última biografía, Edith Stein: Judía, filósofa, santa (Taurus), una obra de investigación exhaustiva, tras décadas de fascinación personal, que se sumerge en los archivos, la correspondencia y la obra completa de la pensadora para trazar el retrato definitivo de una mujer extraordinaria. "Es la Santa Teresa de nuestro tiempo", exclama Chikiar Bauer consciente de que en la búsqueda apasionada de Stein resuenan ecos y advertencias para el nuestro, un siglo también herido por la crisis de sentido y la amenaza de la involución democrática.
La figura de Edith Stein, cuenta su biógrafa, se le "impuso como un nuevo desafío" hace ya más de dos décadas, cuando el Papa Juan Pablo II la canonizó en 1998. Lo que de inmediato sorprendió a Bauer fue "ese camino del agnosticismo a la conversión", un viraje asombroso en "una persona que tuvo estudios universitarios, que estudió Filosofía, o sea, en la que primaba evidentemente la razón". Aquella fascinación inicial, sin embargo, chocó con la complejidad de la obra filosófica de Stein, lo que aplazó el proyecto mientras Bauer se dedicaba a biografiar a otras grandes "buscadoras de sentido", como Virginia Woolf o Victoria Ocampo. Pero el misterio de Stein persistía. "Hace unos años dije: 'Bueno, sí, ahora sí creo que es momento de dedicarme a ella'", recuerda. La clave seguía siendo la misma: desentrañar "ese misterio que es la llegada de la fe".
Una de las primeras tareas de todo biógrafo pasa por navegar las procelosas aguas de las memorias del propio sujeto. En el caso de Stein, su autobiografía, escrita ya en su etapa católica y bajo la ascendente sombra del nazismo, presentaba un reto particular. Chikiar Bauer señala que dicho texto tiene una considerable carga de "autojustificación y un franco empeño de enaltecimiento espiritual". La biógrafa tuvo que mantener una distancia crítica para interpretar a la mujer detrás de la santa que se autorretrataba. Explica que el momento de la redacción es clave: Stein escribe cuando ya ha ingresado en el Carmelo y "los nazis ya están en el poder". El ambiente de la llamada Primavera Católica alemana, que la acogió con entusiasmo, la animó a escribir su vida pensando que testimonios como el suyo "podían contrarrestar la espantosa propaganda nazi".
"Una de las grandes paradojas de su vida fue que incluso tras su conversión en ingreso en un convento católico nunca dejara de sentirse judía"
La relación de Stein con su judaísmo fue siempre compleja y, a menudo, contradictoria. Criada en una familia judía no practicante, "ella misma dice que entre los 13 y los 21 años, fue atea, totalmente", recuerda Chikiar Bauer. La fe de su madre, una mujer de "una fe inconmovible", le causaba una mezcla de admiración y extrañeza. No deja de ser una de las grandes paradojas de su vida el hecho de que, tras su conversión al catolicismo, nunca dejara de sentirse judía, hasta el punto de considerar su martirio en Auschwitz como una forma de expiación por el sufrimiento de su pueblo. "A mí me parece que hay una gran coherencia en esa actitud final", argumenta la biógrafa. "Ella dice que una vez que se convirtió al catolicismo entendió que ser judía y ser católica era una unidad, no eran dos cosas diferentes". Para Stein, su nueva fe no era una renuncia, sino una plenitud. "Sentía que en la fe católica, en Cristo, se cumplían las promesas que estaban en el Antiguo Testamento".
"Luchó por el derecho de la mujer al voto y su acceso a los estudios, pero también creía en que había una naturaleza femenina y otra masculina"
El feminismo fue otro de los pilares de su vida y de su pensamiento. En una época en la que las mujeres apenas tenían acceso a la universidad, ella no solo se doctoró summa cum laude con una tesis brillante, sino que se convirtió en la mano derecha de Husserl, quien, sin embargo, nunca le facilitó el acceso a una cátedra por el mero hecho de ser mujer. "Fue una grandísima filósofa, de las primeras en Alemania, y luchó mucho por el derecho de la mujer al voto, por el acceso de la mujer a los estudios universitarios y a las profesiones", subraya Chikiar Bauer.
Stein no era una feminista de pancarta, sino de pensamiento. Su lucha por la igualdad se libraba en el terreno de las ideas, con una profundidad filosófica que desarmaba los prejuicios de su tiempo. Creía firmemente en "la especificidad de la mujer, en que hay una naturaleza femenina y una naturaleza masculina, y que ambas son complementarias". Estaba convencida de que la aportación de la mujer en la vida pública era esencial para la construcción de una sociedad más justa y humana.
Cuando la filosofía no es suficiente
El objetivo de Stein en sus memorias, por tanto, era muy concreto: "Quiere mostrar sobre todo el papel de su madre, una gran mujer, y el papel de esta familia judía que pensaba que la asimilación era ya una realidad". Para ello, detalla en sus memorias a los familiares que fueron héroes en la guerra francoprusiana o los problemas que su familia proalemana tuvo con sus vecinos en Polonia. Se trataba, insiste Bauer, de una identidad profundamente arraigada, compartida con otra gran pensadora judía de su tiempo. "Es como Hannah Arendt: las dos se sentían profundamente alemanas". Ambas sintieron que la cultura y la lengua alemanas eran consustanciales a ellas, hasta el punto de que, como diría Arendt tras el horror del nazismo, la única patria que les quedaba era, justamente, esa lengua.
Esa herida, la del exilio forzoso de la propia cultura, marcó a fuego a toda una generación de intelectuales judeoalemanes. Pero en el caso de Stein, el desgarro fue doble, pues al exilio exterior se le sumó un exilio interior, una crisis existencial y filosófica que la llevó a romper con el maestro y a buscar respuestas más allá de la razón pura. La relación con Husserl, padre de la fenomenología, fue, según la autora, una de las más determinantes y complejas de su vida. Stein no solo fue su discípula más brillante, sino también su asistente personal y la encargada de ordenar y transcribir un legado ingente de manuscritos casi indescifrables. Fue un trabajo "monumental, agotador", que la propia Stein recordaría con una mezcla de admiración y amargura. "Le dedicó años y años de su vida y, sin embargo, nunca obtuvo su reconocimiento".
La biógrafa subraya la frustración creciente de Stein ante la negativa de Husserl a apoyarla en su carrera académica. A pesar de su extraordinario talento, las puertas de la universidad estaban cerradas para las mujeres. "Él la admiraba muchísimo, pero, por otro lado, fue muy egoísta, nunca la ayudó a conseguir un puesto", lamenta. Esta decepción profesional, sumada a la desolación que le provocó la Primera Guerra Mundial, donde sirvió como enfermera voluntaria en un hospital de campaña, y a una serie de crisis personales, la sumieron en un estado de profunda zozobra. Sentía que el método fenomenológico, aquel que pretendía desvelar la esencia de las cosas a través de la pura descripción de la experiencia, se quedaba corto para responder a las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y el sufrimiento humano. La filosofía, tal y como la había practicado hasta entonces, "no le alcanzaba".
Fue en ese desierto existencial donde la figura de Cristo comenzó a emerger con una fuerza inesperada. La autora relata cómo, a través de sus amistades en el Círculo de Gotinga, entró en contacto con un grupo de filósofos convertidos al cristianismo que la introdujeron en el pensamiento de San Agustín y, sobre todo, en la mística española. La lectura de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola fue un primer aldabonazo, pero la revelación definitiva llegaría con el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús. Aquella noche en vela en casa de sus amigos, los Conrad-Martius, marcó el punto de no retorno. "Inmediatamente después de leer la autobiografía de Santa Teresa, pide el bautismo", explica Chikiar Bauer. La verdad que la filosofía le había negado, la encontró de golpe en la experiencia mística de una monja carmelita del siglo XVI.
Escribe Stein en un artículo sobre Teresa de Ávila: "Su influjo llega más allá de las fronteras de su pueblo y tampoco permanece limitado a la Iglesia, sino que influye en los que están afuera. La fuerza de su lenguaje, la veracidad y naturalidad de su estilo abren los corazones y los introducen en la vida divina. El número de aquellos que le deben el camino hacia la luz se conocerá sólo el día final".
La decisión, como era de esperar, cayó como una bomba en su familia, especialmente en su madre, Auguste Stein, mujer de fe judía inquebrantable que nunca comprendió ni aceptó la conversión de su hija predilecta. "Fue un dolor inmenso para ella", afirma la biógrafa. Pero Edith, con la misma determinación con la que se había entregado a la filosofía, se abrazó a su nueva fe. Sin embargo, su camino hacia el convento no fue inmediato: durante casi una década, se dedicó a la enseñanza en un liceo de dominicas, a traducir obras de Newman y Santo Tomás de Aquino, y a desarrollar una original síntesis entre la fenomenología y el pensamiento tomista, convirtiéndose en una reputada conferenciante y una de las voces más destacadas del catolicismo alemán. Fue un periodo de intensa actividad intelectual en el que intentó tender un puente entre la razón y la fe, entre su pasado filosófico y su presente creyente.
"Nunca renegó de la filosofía, decía que era el camino que conducía hacia Dios y fue pionera en intentar integrar pensamiento y fe"
"Nunca renegó de la filosofía", insiste Chikiar Bauer, desmintiendo la idea de que su conversión supusiera una renuncia a su intelecto. Al contrario, para Stein, la fe era la culminación de su búsqueda filosófica, la pieza que completaba el puzle. "Ella dice que la filosofía es el camino hacia Dios. En su caso, fue el camino que la condujo a la fe". Lejos de ver una contradicción, Stein entendía que tanto la filosofía como la teología buscaban la verdad, aunque por vías distintas. Su esfuerzo se centró en demostrar que ambas podían y debían dialogar, que la luz de la razón no tenía por qué extinguirse ante el misterio de la fe, sino que podía iluminarlo. En este sentido, su biógrafa la considera una pionera, una mujer que se adelantó a su tiempo al intentar reconciliar dos mundos que a menudo se han dado la espalda. Su drama personal, su lucha interior, se convirtió así en el crisol de un pensamiento audaz y original.
"Vamos a morir por nuestro pueblo"
El ascenso de Hitler al poder en 1933 precipitó la decisión que venía madurando desde su conversión: el ingreso en el Carmelo. Las leyes raciales le impidieron seguir enseñando y Stein comprendió que su lugar ya no estaba en el mundo. Su entrada en la clausura de Colonia, sin embargo, no fue una huida, sino un acto de profunda identificación con el destino de su pueblo. "Pide ingresar al Carmelo para rezar por el pueblo judío", explica Chikiar Bauer. En el umbral del convento, le dijo a su superiora: "No crea que vengo a escaparme de mi destino. Lo que aquí suceda, lo acepto de antemano para mí y para todos los que me son queridos". Era plenamente consciente de la que se avecinaba y asumió su vocación como una forma de sacrificio, una inmolación mística por los suyos. "Sentía que en su persona se unían los dos pueblos, el judío y el cristiano, y que esa era su cruz".
Esta idea de la "ciencia de la cruz" se convertiría en el eje de su pensamiento en los últimos años de su vida. Para Stein, el sufrimiento no era algo a evitar, sino un camino de conocimiento y unión con Dios. En la cruz de Cristo veía la síntesis del dolor de toda la humanidad, y especialmente, del pueblo judío. Su biógrafa destaca la radicalidad de esta visión, que la llevó a ofrecer su propia vida como un holocausto. "Ella quería morir con su pueblo", afirma rotundamente Bauer. Cuando la persecución nazi se recrudeció tras la Noche de los cristales rotos en 1938, fue trasladada al convento de Echt, en los Países Bajos, buscando una seguridad que resultaría ilusoria. Allí se le unió su hermana Rosa, también conversa. En Echt, bajo amenaza constante, Stein se dedicó a escribir su última gran obra, Ciencia de la Cruz, un profundo estudio sobre San Juan de la Cruz en el que volcó su experiencia espiritual.
El final llegó el 2 de agosto de 1942. Como represalia por la carta de los obispos holandeses condenando la deportación de los judíos, la Gestapo irrumpió en el convento del Carmelo de Echt y arrestó a las hermanas Stein. Testigos presenciales recordaron las últimas palabras de Edith a su asustada hermana Rosa: "Vamos, vamos a morir por nuestro pueblo". Fue la culminación coherente de una vida marcada por la búsqueda de la verdad y la entrega radical. Tras pasar por los campos de tránsito de Amersfoort y Westerbork, fueron deportadas a Auschwitz-Birkenau. El viaje en tren en un vagón atestado fue un descenso a los infiernos. Sin embargo, los testimonios de los supervivientes coinciden en destacar la serenidad y entereza de la monja. "Se dedicó a cuidar a los niños que habían sido separados de sus madres, a consolar a los desesperados, a infundir un poco de paz en medio del horror", relata Bauer. El 9 de agosto, pocos días después de su llegada, Edith y Rosa Stein fueron asesinadas en la cámara de gas.
"La historia de Edith Stein es una historia de nuestro tiempo", reflexiona Irene Chikiar Bauer, "porque nos habla de la búsqueda de sentido en un mundo en crisis, de la relación entre la fe y la razón, y del horror de los totalitarismos". Su biografía no busca solo reconstruir una vida, sino también iluminar las preguntas que esa vida nos plantea hoy. Para ello, la autora confiesa haberse sumergido de lleno en el universo de su personaje, un proceso que describe casi como una simbiosis. "Cuando escribí la biografía de Virginia Woolf, que me llevó siete años, me pasó más o menos lo mismo", recuerda. Tuvo que leerlo todo, controlarlo todo, para atreverse, desde su condición de argentina, a abordar a una figura canónica de la cultura anglosajona. Con Stein, el reto fue similar, agravado por la complejidad de su pensamiento filosófico y teológico.
La recompensa a ese esfuerzo monumental es un libro que, en palabras de la filósofa Claudia D'Amico, "tendría que estar en la carrera de Filosofía para mostrarle a los estudiantes que la filosofía no es un sistema de ideas, sino que es la vida misma". Y la vida de Edith Stein fue, por encima de todo, una apasionada y a ratos agónica encarnación de esa verdad. Una vida que, como un puente tendido sobre el abismo del siglo XX, sigue interpelándonos con la fuerza de su testimonio y el misterio de su fe.
