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Saher Alghorra (Gaza, 1997) nació y creció entre la tensión y la violencia de la Franja de Gaza. La tensión de un bloqueo con el que, a sus 28 años, ha coexistido casi toda su vida. La violencia que estalló con los ataques militares israelíes de 2008, de 2012, de 2014 y del que desde hace casi dos años es el día a día de la región. Desde octubre de 2023, según distinas fuentes, allí han muerto más de 60.000 personas, aproximadamente un 90% palestinas, tras el brutal atentado de Hamás que desató la ofensiva israelí. Buena parte de las imágenes que vemos de la guerra a diario llevan la firma de este chaval que nunca ha podido salir de su tierra natal y que ha ido documentando sistemáticamente la destrucción y el dolor de sus compatriotas.
«Estar sitiado en la Franja y las provincias de Gaza, entre las que no se puede circular libremente, es frustrante. Me hace sentir que la única salida, el único escape, es transmitir las imágenes que puedo capturar», explica este fotoperiodista que desde el inicio del conflicto ha sido desplazado varias veces con su familia, ha dormido durante meses en tiendas de campaña a los pies de los hospitales para estar próximo a los hechos y ha visto su casa familiar convertida en escombros. Al mismo tiempo, su trabajo ha ganado relevancia en el plano internacional. En 2023, una de sus fotos fue elegida entre las 100 mejores del año por Time y ganó dos premios:el Lucie Award y el decano Picture of the Year. En 2024 sumó otros cinco galardones y ahora ha sido reconocido con el Visa pour l' image del festival homónimo que se celebra en Perpiñán. Ninguno de ellos ha podido recogerlos. «Estos premios son muy importantes, son el reconocimiento internacional de mi trabajo y su fuerza, pero sobre todo son una gran motivación para seguir trabajando», destaca Alghorra, redactor jefe en Gaza de la agencia Zuma Press, en sus respuestas a través de correo eléctronico. Para él, el reconocimiento es el «orgullo profesional» y también «el consuelo» de que «los problemas de la vida y el sufrimiento de los civiles se muestren en foros internacionales». «No tengo sensación agridulce porque lo que hacemos importa, contribuimos a concienciar sobre lo que está sucediendo y debemos utilizar todas las herramientas para difundir la verdad».
La verdad de sus imágenes, publicadas en The New York Times o The Guardian, es la de los desplazamientos masivos de palestinos a la zona sur de la Franja. La de las familias devastadas ante la muerte de sus hijos, llorando sobre sus cadáveres y sus camas. La de un pueblo azotado por la hambruna, que pelea cada día por algo que llevarse a la boca. «A pesar de la aceleración de los acontecimientos, el mundo no debe acostumbrarse a la muerte y la destrucción. En cada imagen hay una historia y en cada persona asesinada, un sueño asesinado. El mundo debe tomar medidas para detener esta guerra cuanto antes», expone. Y sigue: «Si estas imágenes se ahogan en el ruido, eso dice mucho del mundo. Cada vez que tomo fotos de las víctimas y los bombardeos, mi cuerpo tiembla. Cuando veo las fotos en mi portátil, mi cuerpo tiembla. A veces siento opresión en el pecho por esas difíciles fotos que tomé. Nunca nos hemos acostumbrado a la escena. Los que mueren aquí no son números, sino familias con sueños y vidas».
Pero, entre la devastación, la vida diaria también se abre paso. Una madre cocina con un improvisado horno sobre los escombros para sus hijos. Un padre, en un patio, lava en una bañera a su hijo. Frente a los campamentos de desplazados, los palestinos se bañan en la playa y juegan al voleibol. Todas esas imágenes también han salido de la cámara de Saher Alghorra. «Estas fotos son como plantar buenas escenas en la mente de los palestinos para recordarles cómo era Gaza antes. Cómo era su hermosa playa que rebosaba vida. Tomé estas fotos para enviar un mensaje al mundo de que esta es la vida que vivíamos y a la que soñamos con volver. No es posible que la vida sea igual que antes bajo el asalto militar, pero los palestinos no tienen otra opción: o practican algunos de sus pasatiempos incluso bajo esa presión o permanecen en tiendas de campaña bajo altas temperaturas. Es su forma de escapar de la amarga realidad».
En las últimas semanas, los ataques israelíes han segado también las vidas de periodistas. El 10 de agosto murieron seis en un bombardeo a la ciudad de Gaza; el 25 de agosto, otros seis en un bombardeo al hospital de Nasser de Jan Yunis; y, desde el inicio del conflicto, según cifras de la ONU, son al menos 248 los reporteros muertos, el mayor número en un conflicto moderno. Saher Alghorra asume que él podría ser el siguiente. «No puedo negar que, tras los repetidos ataques contra periodistas, temo por mi vida. Sin embargo, mi sentido de la responsabilidad y mi deber humano de contar lo que está sucediendo superan mi miedo y me motivan a seguir transmitiendo la imagen real sin exageraciones ni dramatismos». Pese a que se tomen las medidas de seguridad que corresponden. «En Gaza, todo el mundo está en peligro y no hay lugar seguro. Sin embargo, cuando voy a cubrir una noticia, informo al equipo de seguridad en el trabajo y envío las coordenadas de mi ubicación. Intento evaluar la situación cuidadosamente antes de moverme a cualquier lugar y mantengo una distancia razonable. Incluso si percibo peligro, me retiro inmediatamente. Esto es lo máximo que puedo hacer para proteger mi seguridad».
Y las consecuencias no tienen por qué ser solo físicas ni estar relacionadas únicamente con la muerte. La factura psicológica también está presente entre quienes están cubriendo el conflicto. Especialmente para alguien que ha visto que su vida se hacía añicos. Saher Alghorra se graduó en Relaciones Públicas, Medios y Fotografía en la Universidad de Palestina, consiguió su primera cámara en 2017 con la intención de poder inmortalizar sus aventuras y su vida diaria. Lo que no esperaba es que esa vida se acabaría convirtiendo en lo que es ahora mismo. «Mi cuerpo está muy cansado, mis músculos están siempre tensos y tengo serias dificultades para dormir, ya que la ansiedad y el miedo me impiden descansar lo suficiente». Y aún faltan las secuelas posteriores al conflicto, cuando la adrenalina del día a día se haya esfumado. «Estoy seguro de que el trauma que he sufrido durante los últimos dos años seguirá afectándome a largo plazo. Cuando termine esta guerra, lo primero que haré será someterme a sesiones de psicoterapia, con la esperanza de poder curarme. Pero también me preocupa el trauma colectivo de mi pueblo y, aunque somos un pueblo resistente, me temo que las heridas tardarán generaciones en curarse».
Porque, en primer lugar, esos ciudadanos tendrán que afrontar las pérdidas de sus familiares, sus amigos, sus vecinos... Y, después, las materiales: sus casas, sus lugares de trabajo o sus ciudades. «Cada mañana comienzan nuevas y mayores dificultades y retos, como buscar comida, presenciar escenas de muerte, el olor omnipresente de la muerte y ver el humo negro de la destrucción en el cielo de Gaza. Tu vida se convierte en un limbo en el que no estás ni muerto ni vivo. Esta vida no quiero que me defina, es un estado que pasará», detalla el fotógrafo. Aunque ese final aún parece lejano. El Gobierno de Netanyahu ya ha anunciado que habrá nuevas ofensivas contra la Franja. «Viví las guerras de 2008 y 2014, también fueron guerras difíciles, pero nada comparadas con esta. ¡En guerras anteriores no sabíamos lo que significaba el desplazamiento! Tampoco sufrimos hambrunas ni la falta de un sistema sanitario o educativo. A pesar de la guerra, había algo de vida. Y, lo más importante, aquellas guerras no duraron tanto como esta, que lleva más de 20 meses».
Saher Alghorra está además lidiando con su trabajo como fotoperiodista en lo profesional y con la necesidad de garantizar la seguridad de su familia en lo personal. Con ellos ha vivido los desplazamientos fuera de la ciudad de Gaza, el regreso a la que es su ciudad natal y la destrucción de todo su patrimonio material. «Estoy cubriendo el lugar más peligroso del mundo, mientras trato de cuidar, mantener y garantizar la seguridad de mi familia, que está en peligro, como todas las familias aquí». Porque su arraigo al territorio, en este caso, no juega a su favor. «No soy un fotoperiodista procedente de un país extranjero que puede abandonar el terreno en cualquier momento. La distancia que se supone que debes mantener con el sujeto se difumina;soy fotoperiodista profesional, testigo y víctima. Estoy aquí cubriendo una guerra feroz en mi tierra natal, documentando el sufrimiento de mi pueblo mientras experimento el sufrimiento de mi familia».
Sin embargo, esa situación y haber crecido en un terreno que ha pasado por distintas fases de un conflicto -soterrado por momentos y evidente en otros- ha tenido «un impacto significativo» que ha forjado la personalidad de este fotógrafo, que rechaza cualquier pregunta sobre la política y la intervención europea en Gaza. «Me he convertido en una persona que se vale por sí misma, que confía en sí misma y que nunca se desespera. Por poner un ejemplo sencillo, si esta guerra termina mientras yo sigo vivo, continuaré mi trabajo como fotoperiodista y comenzaré a viajar a varios países para cubrir eventos a nivel mundial. Ahora tengo la experiencia, la competencia y la fuerza para adaptarme a cualquier lugar y en cualquier circunstancia».
Y, entonces, Saher Alghorra podrá por primera vez salir de la Franja.






