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Nos la ha contado Alberto González Troyano, escritor y gran erudito en asuntos gaditanos, amigo del actual presidente del Consejo de Administración de la empresa Barbadillo, y él mismo preboste de un cabildo local que se dedica a esas cosas de la manzanilla y de los vinos de Sanlúcar.
No se sabe mucho de este Juan Pintado.
Un antepasado suyo prestó dinero a Pedro Álvarez Osorio y a otros caballeros principales para subvenir a los gastos de las guerras empeñadas contra los moros por Enrique IV, conocido por mal nombre como El Impotente, quien premió a don Pedro con el condado de Lemos (el séptimo conde de Lemos fue, por cierto, protector de Cervantes).
En 1492, año de la expulsión de los judíos, el bisabuelo de Pintado flojeó (se reconcilió), y él y su familia pudieron permanecer en la ciudad.
A finales del XVI a Juan Pintado se le abrió un proceso sustentado en el falso testimonio de una criada, y lo acusaron de judaizante, de guardar el sábado y de practicar en secreto los preceptos hebraicos. Fue absuelto, pero se le impuso una multa muy abultada por "falsía". Se resarció del quebranto, pero el mal ambiente contra él fue en aumento y se le instruyó un segundo proceso que acabó en destierro.
Dejó su casa en San Bartolomé, su banca, concertada con otra de Amberes, y fama de hombre acaudalado.
Se zafó de esas habladurías en Sanlúcar, una ciudad tranquila en la desembocadura del Guadalquivir, y se instaló allí a la espera de rehacer su hacienda y pasar a Portugal, donde tenía parientes.
Pero la tranquila vida sanluqueña le probó, y compró en el barrio alto una pequeña bodega dedicada a embotar los vinos de misa que se enviaban a las Indias, muy apreciados. En el tercero y último de los procesos que se le abrió, se le acusó de servirse de ese vino de consagrar y del trato con gentes de iglesia para tapar su condición de falso converso, asunto este que confirmó de buen grado el tormento de la garrucha.
Pero me estoy adelantando a los hechos.
La fama de su vino ya había trascendido cuando a los seis o siete años Juan Pintado, además del vino de misa, dio a conocer uno nuevo, origen de su desgracia.
Era un vino blanco, ligero y tan sutil que entraba en el cuerpo "con cascabeles, como los ángeles", pudiéndose beber de él cuanto se quisiera "sin que llegase nunca a nublar el entendimiento".
Este vino alcanzó de inmediato la categoría de "lo caro" y en unos años Juan Pintado volvió a ser rico. Casó a su hija con un labrador sanluqueño, dueño de viñas, y compró otras bodegas que destinó a la crianza exclusiva de ese vino nuevo, que empezó por entonces a circular con el nombre de manzanilla, según algunos por su sabor floral, según otros debido a su color dorado.
Unos cosecheros de Jerez trataron de imitarlo, sin éxito, y la envidia y la codicia que movieron las antiguas denuncias de Sevilla, volvieron a prender con el fin de apartarlo de aquel negocio y aun de quedarse con su hacienda: dieron en decir que Juan Pintado tenía trato con el diablo para hacer su vino, y fue llamado por tercera vez a declarar en el Santo Tribunal.
Contó a los señores inquisidores que si su vino salía bueno era designio de Nuestro Señor (consta en el proceso que fue reconvenido por usar el nombre de Dios en vano).
Según Pintado, todo empezó en la segunda de las bodegas adquiridas por él. Se tropezó con una bota (cuba) más que mediada de vino, pero no llena. Lo atribuyó a descuido del anterior bodeguero. Probó el vino, y lo halló tan bueno que decidió al año siguiente hacer lo propio con otras botas, a las que dejó terciadas de mosto. Procedió de la misma manera en la primera bodega, pero solo en la segunda las botas no colmadas criaron ese vino. Declaró que él había sospechado que tuviera que ver en el resultado, además, la orientación de esta segunda bodega a los vientos atlánticos, frescos y húmedos que entraban de poniente, al contrario de lo que sucedía en la primera, que recibía el terral o viento de levante, áspero y seco.
Estas explicaciones sonaron a los padres inquisidores, como cabe suponer, a supercherías, y Juan Pintado fue condenado al brasero y a la incautación de sus bienes. De la hoguera se libró, porque murió antes como consecuencia del extremo rigor con que se le aplicaron las caricias del potro, pero no de la incautación.
Los oficiales y alguaciles que registraron su casa no encontraron en ella ni siquiera una dobla de las que acuñó aquel rey Impotente con el que trató su antepasado. Buscaron en las bodegas, y tampoco.
Dio entonces la imaginación popular en circular que Juan Pintado escondía su inmensa fortuna en alguno de los cientos de toneles. Alguien, más imaginativo aún si cabe, afirmó que en realidad el buen sabor de aquel vino nuevo se debía al oro que Juan Pintado ponía en cada bota, y que al oro debía sus delicados tonos dorados.
Hicieron venir del Puerto de Santa María a un perito con fama de saber deslindar los sabores del vino y del que se contaban portentos (otro inciso: debió de ser de quien Cervantes tomó la historia de los dos catadores, esa en la que uno de ellos dijo, probando cierto vino, que hallaba en él regusto a cuero y el otro a hierro, resultando que, andando el tiempo, "se vendió el vino, y al limpiar la cuba, hallaron en ella una llave pequeña, prendida con una correa de cuero"). En fin, que el catador del Puerto confirmó que el vino de Pintado tenía sabor a oro. Le preguntaron entonces qué sabor daba el oro, y su respuesta fue lo bastante vaga como para satisfacer a todos: "¿A qué va a saber? A lo que cada cual va buscando en él".
Se vaciaron unas cuantas botas, y no se encontró en ninguna ni un maravedí de cobre, cuánto menos un escudo.
Pero la fantasía popular, que es poco asequible al desaliento, persistió en decir, por un lado, que el no haber aparecido el oro de Juan Pintado en las cubas no quería decir que no se hallara en alguna o algunas de ellas, y, por otro, que el secreto de la manzanilla de Sanlúcar se debía a estar en contacto con el oro, de la misma manera que a otros vinos se los aclara o espesa con claras y yemas de huevo.
Y hasta aquí lo que nos contó nuestro amigo.
Lo hizo en la casa de comidas de Fernando Bigote, sentados alrededor de la que se conoce como "mesa de don Juan". Es una mesa pequeñita, redonda, entrando a mano izquierda, la preferida del abuelo del actual rey cuando fondeaba su yate "Giralda" en Sanlúcar. También se le dice "la mesa de las historias", porque parece despertarlas (y así acabábamos de comprobarlo con la de Juan Pintado).
Para la mañana siguiente nuestro amigo había concertado con Manuel Barbadillo una visita a sus bodegas, a la que estábamos invitados mi mujer Miriam, Ana, la de Alberto, este y yo. Una visita memorable, como ahora diré.
Del silencio se han dicho y escrito muchas cosas. El silencio de las cumbres, tan abstracto y geométrico como los cristales del hielo y de la nieve; el silencio del mar, subrayado por unas olas monótonas y pausadas; el silencio del fuego de la chimenea que construye el crepitar de las llamas; y el silencio, en fin, del viento, necesitado de un heraldo, se llame árbol, duna del desierto o estepa. Los cuatro arcanos se dirían hermanos del silencio.
Pero ningún silencio como el que se oye en algunas de las bodegas del barrio alto de Sanlúcar, como el que escuchamos nosotros la mañana del último siete de julio. Nada tan impresionante, porque es un silencio que va por y hacia dentro, que sólo se apoya en el espíritu. A un tiempo, sobrecogedor y hospitalario. Un silencio, que si lo has escuchado una vez, no se te irá jamás de la memoria.
Hasta en seis ocasiones se refiere Cervantes en el Quijote al "maravilloso silencio". Lo hace en diferentes contextos. En el entierro del joven Grisóstomo y "ante la aparición de dos hermosísimas pastoras", cuya "edad, al parecer, ni bajaba de los quince ni pasaba de los dieciocho, visión esta que tuvo en maravilloso silencio a los cuatro".
Pero en ningún pasaje impresiona tanto como cuando don Quijote entró en la casa de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán: "Se fueron a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que había en toda la casa, que semejaba un monasterio de cartujos".
Pobre Miguel.
Cuando escribe ese pasaje, Cervantes vive de alquiler en la calle Francos de Madrid (hoy Huertas). Una calle ruidosa y una casa en perpetuo desorden y confusión en la que él, su mujer y una criada ocupan dos o tres aposentos del bajo, y el dueño y su numerosa familia el piso principal. Se ha pasado media vida, además, entre la extremosa soldadesca y en ventas concurridas en las que abundan los escándalos y peleas, como las que ha descrito en sus libros, cuando no en baños, cárceles y prisiones atestadas de rufianes y desgraciados como él. De modo que debía de ser el silencio para Cervantes un bien preciado, raro... y maravilloso.
Pues esto digo: de haber entrado don Quijote en la bodega que dicen "La Catedral" de Barbadillo, la casa de don Diego de Miranda le habría parecido una romería.
Impresiona. El interior tan fresco, en contraste con los soles abrasadores del verano. Los techos inalcanzables, los arcos metafísicos. Ni un ruido, ni unos pasos en la sombra. Y cuantísima soledad. Solo los negros toneles, apilados por cientos, en orden, majestuosos, en la perpetua penumbra. Y ese olor embriagador a alcoholes perfumados y salobres.
La visita, de dos horas, estuvo repleta de informaciones doctas que nuestro anfitrión hizo amenísimas. Confirmó las impresiones de Pintado respecto de las corrientes de aire, determinantes en la crianza de la manzanilla, que la hacen única en el mundo, y añadió que los decibelios se llevan mal con el vino (la música de una boda, celebrada hace un par de años en una de sus bodegas, estuvo a punto de echar al traste una añada, que tardó semanas en volver en sí). O sea, que el maravilloso silencio tiene allí una razón de ser.
Al final del recorrido nos tenía preparada una pequeña cata de seis vinos, y aunque bebimos como cuenta Plutarco que lo hacía Alejandro, o sea de a poquito y despacio, no dejó de fluir la confianza, y aproveché para preguntarle a boca de jarro (nunca mejor dicho) por el asunto ese del oro de Juan Pintado y si el secreto de la manzanilla residía en poner en las botas algo de oro, como se había dicho antiguamente.
Manuel Barbadillo, arquitecto y autor de dos libritos sobre sus vinos, es un hombre encantador, serio y solícito, y quiso ser discreto: "Estaría bien que fuese así", respondió. O sea, que ni negó ni afirmó.
Alberto recordó entonces que las bodegas de Juan Pintado pasaron a muchas manos, y de estas, de generación en generación, hasta hoy. Algunas de las actuales tendrán su origen, probablemente, en las de aquel pobre hombre.
Se contó, nos dijo también, que un cosario de Chipiona había tenido la suerte de descubrir el tesoro de Juan Pintado, pero pasado un tiempo se supo que su fortuna procedía de la venta provechosa de esclavos. Volvió a decirse también de un bodeguero de cuando el dictador jerezano Primo de Rivera, pero resultó que ese hacía el contrabando. El último sobre el que se posó ese rumor fue un tal Domicio Revuelta, un socialista sanluqueño vecino de Madrid que se largó millonario a Méjico en los primeros meses de la guerra civil, de donde volvió en 1983 cobrando del Gobierno una paga como soldado de la República. También acabó sabiéndose que todo lo había robado mientras formó partida con Agapito García Atadell (lo conocían como "Domicilio Revuelta", porque no dejó un solo domicilio sin saquear).
La verdad, me sabe mal que fuera socialista, con lo sentidos que andan en este "año Franco" con la memoria histórica. Ahora, de haber sido falangista, lo habría contado lo mismo, que para eso dicen de uno que es equidistante.
Y, en fin, esta ha sido la historia del tesoro del judío Juan Pintado, sevillano.
Lagar del Corazón, julio de 2025
Andrés Trapiello
Entre su extensísima obra poética y narrativa, destacan sus ensayos Las armas y las letras y Madrid, homenaje a la ciudad en la que vive dede hace más de 50 años. Pero quizá la gran hazaña literaria de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953), que ha traducido El Quijote al castellano actual y recibido el elogio de la crítica por la autobiografía poética La Fente del Encanto, sea su Salón de los pasos perdidos, una novela en marcha a partir de sus diarios.

