LA LECTURA
Entrevista

William Boyd: "Ser un romántico es una maldición, porque sólo produce infelicidad"

El escritor británico publica ‘El romántico’, un viaje al siglo XIX a través de la intensa vida del polifacético (y ficticio) Cashel Greville Ross. "Una novela debe ser tan real que el lector se olvide de que es ficción"

El escritor británico William Boyd.
El escritor británico William Boyd.David Levenson
Actualizado

En las primeras páginas de El romántico (Alfaguara) su autor nos cuenta que han llegado a su poder un centenar de deslavazadas cuartillas, fechadas en 1881, y un conjunto de cartas, notas, mapas y fotografías. El manuscrito narraba vida de un tal Cashel Greville Ross, un irlandés nacido en Escocia en 1799 que luchó en Waterloo, conoció a Shelley y Byron, contrabandeó antigüedades griegas y se embarcó en busca de la fuente del Nilo antes de acabar como cónsul británico en Trieste, entre otras muchas aventuras. El autor, seducido por el personaje, decide completar su biografía con la ayuda de su imaginación.

Este es el recurso, tan cervantino, que William Boyd (Acra, Ghana, 1952) utiliza para seducir al potencial lector de su nueva novela. Porque, por supuesto, Cashel Greville Ross nunca existió. "Es una especie de trampa juguetona, una pequeña manipulación para que el lector olvide que está leyendo una novela, en un mundo ficticio y que lo sienta lo más real y convincente posible", explica el escritor, sonriendo cómplice, a La Lectura desde el estudio de su casa de Londres, abarrotado de tantas torres de libros como el del más denodado historiador.

"De forma paradójica, siento que la mejor forma de entender las vidas ajenas, quizá hasta la propia, es a través de la ficción. La gente es misteriosa, opaca, ambigua, pero en una novela tienes esa preciosa liberación de saber qué está pensando el otro. Ese es el poder de la novela", sostiene Boyd. "Por eso, en mis libro Intento que el mundo que me invento sea tan realista como sea posible. Una novela debe ser tan real que el lector se olvide de que es ficción, que piense que lee algo que realmente ha sucedido. El cine y la televisión, donde todo es inventado, se presentan desde hace mucho de una forma que hace parecer todo totalmente real. La literatura debe hacer lo mismo".

Vidas imaginarias

Una convicción que viene de lejos, ya que la amplia carrera literaria de Boyd está jalonada de libros similares, lo que él llama "whole-life novels" (novelas de toda una vida). En Las nuevas confesiones (1987) narró la vida del soldado, corresponsal de guerra y cámara de cine John James Todd, en Las aventuras de un hombre cualquiera (2002) reprodujo los diarios del ficticio escritor Logan Mountstuart a través de los grandes episodios del caótico siglo XX y en Suave caricia hizo lo propio con la autobiografía de la inventada fotógrafa Armory Clay, incluyendo 77 fotografías, todas anónimas, que el escritor atribuía a su personaje.

El romántico

Traducción de Laura Martín. Alfaguara. 512 páginas. 23,90 ¤ Ebook: 10,99 ¤
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Aunque su obra suprema en este sentido fue Nat Tate: un artista americano (1998). Apoyado por gente como Gore Vidal, el historiador del arte y biógrafo de Picasso John Richardson y David Bowie, en cuya editorial apareció el libro, Boyd lo presentó como la biografía real de un oscuro artista expresionista abstracto que destruyó el 99% de su trabajo antes de suicidarse en 1960. Bowie celebró una fiesta de lanzamiento para la flor y nata del mundillo artístico neoyorquino en la víspera del Día de los Inocentes de 1998 y leyó extractos del libro, mientras Richardson hablaba sobre las amistades de Tate con Picasso y Braque. "Fue una broma sin malicia encaminada a reírnos un poco del prestigio social del arte", recuerda hoy el escritor. "Teníamos ganas de desenmascarar ciertas actitudes pretenciosas tan prevalentes en el despiadado mundillo artístico de Manhattan". Y lo curioso es que muchos decían haber oído hablar de él, incluso haberlo conocido de pasada.

"La gente es misteriosa, opaca, ambigua, pero en una novela tienes esa preciosa liberación de saber qué está pensando el otro. Ese es el poder de la novela"

Volviendo a sus whole-life novels, Boyd afirma: "Estos libros siempre han sido para mí un desafío técnico superior a cualquier otra cosa. Cuando te planteas narrar toda una vida puedes escribir un libro de 10.000 páginas, así que la clave es saber destilar las experiencias para lograr plasmar en 500 esos 80 y pico años", resume el escritor. "Sin embargo, vuelvo a este tipo de novela porque siento que los lectores se implican más con ellas que con una historia más ortodoxa. Se genera una conexión muy fuerte con estos protagonistas, y recibo cartas de lectores que se han emocionado muchísimo con la vida que me he inventado y que sienten la muerte de estos personajes como la de una amigo. Esa satisfacción me impulsa, pero creo que El romántico será la última que haga, porque es un trabajo muy duro, que lleva años, y ya no soy ningún niño", confiesa entre risas.

Un espíritu romántico

No a la infancia, pero sí muchos años hay que remontarse para rastrear los orígenes de esta novela, que en parte nace de la fascinación de Boyd por los poetas románticos. "A los veintipocos años comencé un doctorado, que nunca terminé, sobre Percy Shelley. En Oxford había varios manuscritos suyos y viendo su caligrafía, sus dibujos, me imaginaba cómo serían él, Byron, Coleridge, Keats...", recuerda. "Hoy son mitos convertidos en piedra, pero Shelley era una especie de hippie y Byron un genio loco e irónico, así que en este libro he tratado de convertirlos en personajes de carne y hueso, trascender esa máscara histórica que los cubre y acceder a los hombres reales".

William Boyd en su casa de Londres en 1993.
William Boyd en su casa de Londres en 1993.SOPHIE BASSOULS

Sin embargo, este "reciclaje de material", como lo llama el autor, tuvo una espoleta más clara: la lectura de la genial y fantásticamente moderna autobiografía Vida de Henry Brulard, de Stendhal, que Boyd, quien tiene una casa en la Dordoña francesa, considera "lamentablemente muy poco leído en Reino Unido. Es una pena, porque es un personaje fascinante e intrigante, con unos libros de memorias y cartas muy modernos para el siglo XIX", defiende Boyd, quien avanza que está preparando, sin prisa, una novela sobre el francés. "Stendhal se describía a sí mismo como un romántico, porque su naturaleza le llevaba a escuchar a su corazón y a no su cabeza, y eso le llevó a meter mucho la pata y verse envuelto en todo tipo de líos, amorosos y en general. Para él, ser romántico era una enfermedad, una maldición, porque decía que no podía ser feliz del todo. La infelicidad era el precio a pagar por una vida aventurera y en cierto sentido, maravillosa, lo que condensa el espíritu romántico".

Una opinión que el escritor comparte sólo a medias. "Yo también soy un romántico, un optimista, pero mi gran fortuna es que yo conocí a mi compañera de vida, mi mujer Susan, cuando era muy joven. Y aquí estamos 50 años después, todavía juntos y felices", apunta Boyd. "El caso de Stendhal, o de mi protagonista Cashel, es distinto, porque se enamoraban siempre de las mujeres incorrectas. En ese sentido, entiendo que para ellos ser un romántico sea una maldición que sólo produce infelicidad, pero yo me enamoré de la correcta, así que no he tenido sus problemas. Mis libros hablan siempre de la suerte, buena y mala, que todo el mundo experimenta en la vida. Yo he sufrido, pero quizá es que agoté mi buena suerte en eso tan importante en la vida que es el amor".

La imperfecta condición humana

Otro elemento que convierte esta novela de Boyd en algo especial es que se trata de la primera de las casi 20 del autor que está ambientada en el siglo XIX. "He escrito mucho del siglo XX y sus grandes cambios, pero a medida que investigaba me di cuenta de que lo que vivió la gente de esa época tenía muchos paralelismos incluso con el presente en cuanto a los brutales cambios tecnológicos y en los transportes, algo que configuró las vidas y mentes de las personas de entonces", reflexiona el escritor. "En los siglos XVI, XVII o XVIII hubo pocos cambios de este tipo, pero de pronto en el XIX llegaron la fotografía, el telegrama, los trenes, los grandes descubrimientos científicos... Nosotros que hemos vivido el tránsito de la sociedad analógica a la digital podemos comprender lo dramático de estas transformaciones, y quise plasmar todo eso en la novela".

"Nadie es perfecto, todos cometemos errores, y la responsabilidad de un novelista serio es mostrar esa realidad de la condición humana"

Algo que queda patente en la vida de Cashiel que en sus 80 y tantos años de vida es soldado, escritor arruinado, amigo de poetas famosos, presidiario, granjero, explorador en África, cónsul en británico en la Trieste austrohúngara... Una vida ecléctica que el escritor considera difícil emular en la sociedad actual. "Otro de los personajes reales del libro, el explorador y aventurero Richard Francis Burton tuvo una de esas vidas tan decimonónicas que tanto nos fascinan. Hoy en día es mucho más sencillo viajar, sí, aunque está todo más domesticado, pero no es tan fácil cambiar cinco veces de oficio en este mundo tan regulado. Esos cambios impulsivos... seguro que hay casos, pero si eres médico es muy improbable que decidas hacerte granjero".

Como improbable es, en la vida real que aspira a plasmar Boyd, ser un héroe. Experto en revelar en sus novelas el funcionamiento interno de todos nosotros, el escritor abomina de la perfección de ciertos ídolos y aboga por narrar todas las imperfecciones, errores y ambigüedades que marcan la condición humana. "Hago esto de forma muy consciente porque no me gusta esta idea hollywoodiense de que tienes que amar a un personaje para que el libro o la película sea buena. Nadie es perfecto, todos cometemos errores o nos portamos mal o de forma sospechosa o cobarde en algún momento", razona. "Esa es la realidad de la condición humana y la responsabilidad de un novelista serio es mostrar seres humanos en todas sus facetas, personas de carne y hueso que respiren en el papel".

Peligros identitarios

Nacido y criado en África -sus padres fueron profesores en Ghana y Nigeria-, a los 9 años el escritor fue a estudiar a un internado en Escocia, aunque los años universitarios los pasaría entre Glasgow y Niza. Esta mezcla de orígenes hace de la identidad un tema capital en muchas novelas de Boyd, especialmente en estas más complejas. Para él, la identidad individual es algo que está en constante mutación. "Como persona, cambias a medida que avanzas por la vida. Si me preguntas cómo era con 18 años te diré que sencillo, feliz y despreocupado. Afortunadamente, conservo un diario de esa época en la que no me reconzco cuando me leo, pues parece que estaba mucho más atormentado de lo que recuerdo", comparte. "A mis 72 años, soy una persona distinta a la que era con 18 y tengo las pruebas para demostrarlo. Por eso no debemos ser rígidos, nuestras prioridades cambian, la vida cambia tu forma de ser, te hace evolucionar como individuo, y no debemos temer o negar esos cambios".

"Todo el mundo se ha dado cuenta de que el Brexit fue un error, un desastre para mi país. Ahora estamos hablando de volver, pero no creo que nos unamos a la UE en cinco o diez años, sino poquito a poco"

Y lo que vale para la identidad individual también lo hace para la colectiva, razona un Boyd que hablando de grandes errores no puede evitar recordar el Brexit, a quien se opuso de forma vehemente y que juzga como "un desastre para este país. Todo el mundo en Reino Unido se ha dado ya cuenta de que ha sido un gran error irse de la Unión Europea, un acto de masoquismo inaudito", lamenta. "Ahora estamos hablando de volver, lo que es gracioso. Con este Gobierno laborista va a haber una conexión mucho más fuerte, pero no creo que nos unamos a la UE en cinco o diez años, sino poquito a poco, tal vez empezando en el plano económico y yendo paso a paso. Aunque a mí me encantaría volver ya, y no lo digo sólo porque ahora tengo que contar los días para no pasar más de 180 al año en mi casa de Francia", bromea.

Pero basta de presente, un terreno que para Boyd debería estar vedado a los novelistas. En su última novela, Gabriel’s Moon, recién publicada en Reino Unido y Estados Unidos y ambientada nada menos que en la España franquista, regresa al siglo XX que conoce bien y, además, con una trama de espías, género que ya ha cultivado en libros como Sin respiro (2006) Esperando el alba (2012) e incluso Solo (2013), una novela de la saga de James Bond. "Estoy escribiendo una trilogía en la que un escritor joven, Gabriel Dax, se ve convertido en espía en el marco de la Guerra Fría. Saldrán la Crisis de los Misiles de Cuba, los conocidos traidores británicos que espiaron para la URSS y otros temas de esa décadas de los 60 que me fascina y que recuerdo con mucha vividez", desvela el autor. "Pero esta primera novela, ambientada principalmente en Cádiz, se centra en el famoso incidente de las bombas atómicas americanas que se perdieron y terminaron en el mar. Espero que se traduzca pronto", concluye.