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Cuento inédito de Joseph Roth: historias de un mundo desaparecido

Publicamos en exclusiva 'Esta mañana ha llegado', uno de los relatos inéditos de los 20 que componen los 'Cuentos completos' de Joseph Roth, que Páginas de Espuma publica hoy 6 de noviembre

Ilustración de
Ilustración dePatricia Bolinches
Actualizado

Esta mañana ha llegado, desde Buenos Aires, una carta de mi amigo Naphtali Kroj. Está encantado en esa ciudad extraña y grande y seguramente muy singular. Se ha encontrado con conocidos, gente de nuestra patria. Mercadean con tabaco y otras cosas y me mandan saludos. No me han olvidado, aunque yo no era más que un niño cuando me separé de ellos y me dirigí al oeste para reunirme con la familia de mi padre en Viena. La gente de mi patria tiene buena memoria, pues recuerdan con el corazón. Pero yo casi los había olvidado, porque he vivido y sigo viviendo en los países de Europa occidental, en los que el corazón no es nada, la cabeza un poco y el puño lo es todo.

Quién sabe dónde habría acabado si mi amigo Naphtali Kroj no hubiera emprendido también su camino a Occidente. Yo ya estaba en trance de perder mi corazón, la nostalgia, el amor y el dolor, que es tan fuerte como la nostalgia, el amor y la muerte juntos. Había olvidado mi hogar, la pequeña ciudad de Rusia que ya no existe, que ha muerto, que cayó en la Gran Guerra como si fuese un soldado de infantería más, un ser humano. ¡Ah, era mucho más que un ser humano! Era un vientre fértil que, a muchas personas, personas extrañas, las esparcía como semillas por los vastos campos del mundo.

Esa ciudad ya no está. Los cañones la destruyeron, los incendios la aniquilaron, las botas la aplastaron, y ahora el maíz dorado florece donde antes había callejuelas y casas pequeñas y sucias, y el viento sopla con libertad sobre las plazas y los rincones de mi infancia. Otras ciudades se hacen grandes y ricas, o, si están destinadas a morir, mueren despacio, la muerte las tortura a lo largo de cientos o miles de años. A nuestra pequeña ciudad, sin embargo, la muerte la segó de repente con su gran guadaña afilada.

Ahora no he nacido en ningún sitio y en ningún sitio estoy en casa. Es extraño y terrible, y me siento como un sueño que no tiene raíces ni objeto, principio ni final, que viene y va sin saber de dónde ni a dónde. Así son todos mis paisanos. Viven esparcidos por el vasto, vastísimo mundo, se aferran a la tierra extranjera con sus raíces débiles, yacen enterrados en tierra extraña, engendran niños que ignoran dónde nació su padre y para quienes su abuelo es ya un cuento de hadas. A veces me llegan noticias de aquí y de allá. Así sé que Surokin, el panadero, regenta una posada en Tokio, se ha casado con una japonesa y tiene seis hijos de los cuales dos estudian en algún lugar de Europa. A este panadero, el señor Surokin, se lo encontró el rico señor Kobritz de un modo extraño. El señor Kobritz hace negocios con medio mundo, así que un día llegó a Tokio y, para matar el hambre, se dirigió a una posada, se sentó a la mesa y le sirvieron un pescado excelente. Era un pescado muy de su gusto, de modo que el rico señor Kobritz se puso a filosofar y formuló su teoría de que el mundo entero era un pañuelo, un pañuelo grande, y que todas las personas estaban cortadas por el mismo patrón. Pues ¿cómo si no le iban a poner en Tokio, que está prácticamente en el fin del mundo, un pescado como el que su cocinero personal le preparaba en casa? El señor Kobritz estaba muy satisfecho con su teoría, cuando el posadero, un japonés con grandes gafas, se le acercó y le dijo:

-¡Buenos días, señor Kobritz! -El mundo, después de todo, era un pañuelo grande y todos conocían al rico señor Kobritz-. ¿No me reconoce? -preguntó el japonés.

-¡No! -dijo el señor Kobritz-. Es la primera vez en mi vida que vengo a Tokio.

-Pues yo a usted lo he reconocido de inmediato -respondió el japonés-. Yo era el panadero Mendel Surokin, y desde hace treinta años soy japonés.

El señor Kobritz vino a Viena y me contó la historia recién salida del horno, y yo se la conté a mi amigo Naphtali, que ahora la está difundiendo por Buenos Aires. Así todos sabemos enseguida qué ha sido del panadero Mendel Surokin. Pero a mí me come la curiosidad. Querría saber qué ha pasado con los demás, que son muchos, por ejemplo, con el ciego Turek, con el sepulturero Pantalejmon, con el sastre Peisach, con el doctor Habrich, con Jonathan Brüh y con Mordechai, el escriba. De todos guardo un vivo recuerdo. Como si lo tuviera delante, veo a Jonathan Brüh, suabo de una colonia alemana, un cartero jubilado que llevaba un chacó y un viejo sable y muchas medallas de latón en la pechera. Se creía un príncipe y un gran general, pariente de todos los emperadores y reyes del mundo, y a veces leía en voz alta una carta del emperador de China. «Querido primo», escribía el emperador de China, «me sorprende llevar tanto tiempo sin noticias tuyas. En este mismo correo te envío las últimas medallas de mi casa imperial. Hazme saber de inmediato si las has recibido. Tu fiel emperador». La carta estaba escrita en caracteres chinos sobre un pergamino antiguo. Por eso nadie podía leerla y había que fiarse del amor a la verdad de Jonathan Brüh.

Aún más importante me parecía saber qué había sido de Peisach, el sastre. Pues era un sastre como no hay dos, como no es posible encontrarlo en ninguna otra ciudad del mundo. Tenía en la cabeza las medidas de todos sus clientes, porque no sabía escribir, ni siquiera los números. A menudo nos asomábamos a su ventana, Naphtali Kroj y yo, cuando las tardes de otoño volvíamos del campo de asar patatas. Entonces veíamos el denso resplandor amarillo de la lamparita que había sobre la mesa del sastre, y a él mismo sentado en el banco de la estufa, meditando. Sin duda estaba ocupado visualizando las proporciones de sus clientes, recordando barrigas, pechos y muslos. Al coger las tijeras, los veía a todos como si los tuviese delante, y no tenía problemas para tomar la medida exacta de abrigos, pantalones y chalecos. A veces, sin embargo, se equivocaba al cortar, y entonces le sobraba tela para hacerse un traje. Pues era justo y provechoso que un sastre que debía guardar las medidas en la cabeza, guardase también un poco de tela para su pobre, escuálido y aterido cuerpo.

¿Qué habrá sido, pues, de aquel sastre? Sé que su hijo lleva muchos años en América y que también es sastre, en sus cartas siempre cuenta que tiene una casa de modas. Puede ser el caso que este hijo se haya llevado con él a su padre a América y que Peisach, el sastre, esté ahora sentado en una esquina de la casa de modas, viejo, duro de oído y miope, y aún incapaz de escribir.

"Había olvidado mi hogar, la pequeña ciudad de Rusia que ya no existe, que ha muerto, que cayó en la Gran Guerra como si fuese un soldado más"

Mordechai, el escriba, no tenía hijos. Creo que murió solo. Era viudo y enseñaba a escribir, y cuando iba con sus alumnos llevaba siempre tintero y pluma. Pero tenía los bolsillos rotos, y su mujer estaba muerta y no tenía quién se los remendara. Por eso llevaba un sombrero de copa. En el sombrero llevaba los utensilios de escribir. La única consecuencia era que no podía saludar. Se contentaba con poner un dedo en el ala de la chistera. Tal era su saludo. Solo había una persona a la que no podía saludar así, y esa persona era el alcalde. Así que siempre evitaba al alcalde, y cuando llegaba a un cruce de calles, se quedaba un buen rato allí, acechando como un furtivo, y solo seguía andando cuando se había asegurado de que el alcalde no venía por ese camino.

El doctor Habrich era un médico al que cualquier cosa del mundo le interesaba más que los enfermos y las enfermedades. Había estudiado medicina en Viena con la intención de convertirse en un médico famoso en una gran ciudad. Pero apenas terminó los estudios, se murió su padre. El doctor Habrich no tenía dinero y volvió a casa, aunque su profesor le había dicho que en Europa occidental hacían falta personas de talento. En nuestra ciudad, sin embargo, no había enfermedades especiales. Tenías una hernia inguinal, un constipado o una indigestión, te rompías una pierna o un labrador se cortaba con la guadaña. No eran enfermedades para un médico dotado y ambicioso. El doctor estuvo muchos años esperando a que un paciente le revelara por fin una dolencia delicada. Pero luego era solo una hernia o un constipado o un parto difícil. Un día el doctor Habrich dejó de extender recetas y aunque le llamaran no iba nunca y prescribía los tratamientos sin haber visto al paciente. Llegó un médico nuevo, uno joven, que sabía lo que hacía y trataba un resfriado de tal forma que se convertía en una neumonía. Entonces empezó a morir mucha gente, y al joven doctor lo llamaban aquí y allá, pero al doctor Habrich ya no acudía nadie.

A veces se sentaba en la taberna, también a Naphtali y a mí nos gustaba ir. Allí estaban Pantalejmon, el sepulturero, y el ciego Josepf Turek, y bebían y charlaban. Pantalejmon había bajado del árbol a un suicida, se había quedado la soga y buscaba un comprador. A quien se queda con la soga de un ahorcado las vacas le dan mucha leche, los caballos le crecen sanos, el trigo prospera en sus tierras y ningún hechizo maligno puede hacerle ningún daño. Una soga así, entre amigos, vale dos gallinas o por lo menos sesenta huevos. Pantalejmon no necesitaba dinero. Si toda tu vida has sido sepulturero, si has visto cómo incluso los más ricos han tenido que dejar sus dos habitaciones grandes y su cocina y la bolsa de caudales bajo la almohada, si has visto todo esto por lo menos cien veces, no necesitas dinero. Los gusanos, los gusanos, dice Pantalejmon cada vez que ve un rico cortejo nupcial. Él siempre piensa en los gusanos.

Marc Chagall: 'Sobrevolando la ciudad', 1918.
Marc Chagall: 'Sobrevolando la ciudad', 1918.Galería Tretyakov de Moscú

Pero ahora tocaba vender la soga. ¿Quién puede decirnos el nombre de un comprador? ¿Quién conoce las necesidades de todas las casas? ¿Quién está en todo? ¿Quién lo ve todo? El ciego Josef Turek, el escobero, que aprendió su oficio en la escuela para ciegos de la capital y siempre está hablando de la belleza de esa ciudad como si la hubiera visto en detalle. Se la ha estudiado mejor que un vidente. Precisamente porque es ciego.

-¡Yo no le vendería la soga solo a una persona! -dice Josef Turek.

-Serás tonto -responde Pantalejmon-. ¡Pero si solo hay una soga!

-Bah -dice Turek-. ¡Tú sí que eres tonto! De un trozo pueden salir muchos trozos. Y por cada trozo te llevas una gallina. Y te pasas vendiendo trozos el resto de tu vida.

-Creo que-objeta Pantalejmon- o mucho me equivoco o tengo entre sesenta y sesenta y cinco años. Quiero vivir cien años. Así que ¿cuántos años me quedan?

-¡Treinta y cinco o cuarenta!

-¿Lo ves? ¡La soga no es tan grande como para estar vendiéndola cuarenta años!

-¡No tiene que ser la misma soga! Basta con que, cuando se te acabe la primera, cortes en trozos pequeño una parecida.

-Pero una soga así, en la que no se ha ahorcado nadie, ¡no trae suerte! -dice Pantalejmon.

-¡Todas las sogas traen suerte! -responde Josef Turek.

Y tiene razón. Conversaciones como esta y otras parecidas se oían por la noche en la taberna. Yo bebía aguardiente, aunque apenas tenía diez años, pero Naphtali Kroj, que me sacaba ocho, me había honrado con su amistad, así que tenía que fingir que era mayor y beber chupitos. No sabían nada mal.

Sabían incluso muy bien y me mantenían con vida cuando volvía de asar patatas, cansado y aterido. Salíamos temprano. La niebla aún estaba tendida sobre la tierra y sobre la mañana otoñal, que parecía un anciano envuelto en paños, sordo y callado. Los cuervos se posaban sobre las ramas oscilantes durante muchos, muchos minutos, tan quietos que parecían pegados a los árboles como grandes y tristes frutos otoñales. Levantaban el vuelo cuando hacíamos fuego y el humo se elevaba. Éramos los enemigos de los cuervos. A veces les tirábamos piedras. A veces caía uno, aturdido, lo sosteníamos en la mano y siempre nos asustaba la punta torcida de su pico, que era como un pequeño sable de doble filo. Los sauces despedían un aroma húmedo y embriagador, olía a putrefacción y a podredumbre. La humedad penetraba en nuestro cuerpo a través de las suelas de las botas, agitábamos los brazos hasta entrar en calor, pisábamos los rastrojos y nos echábamos el aliento en las manos ahuecadas. En la linde del bosque aparecían animales solitarios, y por un momento nos miraban con curiosidad. Débiles escarabajos tardíos se arrastraban, negros y brillantes, por los surcos de tierra, como trozos de carbón vivientes. Las nubes se alzaban obstinadas en el cielo, como una maldición inminente aún sin cumplir.

"Naphtali era pobre, y yo también lo era, juntos éramos aún más pobres que por separado. Pero éramos amigos, y la amistad es una gran riqueza"

Por la tarde, por el oeste, el horizonte ya empezaba a teñirse de rojo por el sol que no se veía. No lo habíamos visto por la mañana cuando salió, ni al mediodía, ni en la plenitud de su luminosidad, solo veíamos las últimas estribaciones, sus rayos y su imagen de un rojo doloroso reflejada en las nubes vespertinas. El viento se levantaba de puntillas y empezaba su peregrinar nocturno. A la vez parpadeaban unas luces amarillas en las cabañas lejanas, como si el viento las hubiera encendido. Entonces Naphtali silbaba la canción del molinero cuya rueda gira, cuyos años pasan. Nuestro pequeño penacho de humo nos indicaba que el viento había cambiado de dirección; ayer había soplado del norte, hoy soplaba del noroeste, y en pocos días llegarían las primeras nieves. Yo ya anhelaba esos pequeños copos duros y afilados y esa aspereza curativa azotándome la cara. El aroma de nuestras patatas asándose nos envolvía como un hogar. Los cuervos ya se habían acostumbrado al humo y volvían a las ramas y de vez en cuando desplegaban las alas, sin moverse, quizá solo para asustarnos, o porque ellos mismos estaban asustados. Y el alto, espigado, rojizo y escuálido Naphtali Kroj volvía a casa dando zancadas. Y yo corría detrás y no podía seguirle. Diez minutos más tarde que él llegaba a la ciudad. Él ya estaba delante de la taberna, esperándome.

Fue el otoño más triste de mi vida, aquel otoño en el que Naphtali Kroj vino a Viena. La guerra y la revolución habían terminado, y los países y la gente aún temblaban, aunque la tormenta que los había sacudido era cosa del pasado. Yo era un pobre diablo. No tenía nada más que mi mochila. En la mochila estaba mi abrigo. Gracias a una bochornosa obra de caridad tenía los zapatos que llevaba puestos. Eran unas botas de charol. Mi benefactor podía prescindir precisamente de ellas. El charol estaba agrietado, a través de las finas suelas se filtraba la humedad de todo el mundo otoñal pasado por agua. Cuando limpiaba los zapatos de la porquería de la calle, empezaban a brillar de forma sensacional. Eran un regalo penoso.

Entonces vino Naphtali Kroj, arrastrado del este al oeste como tantos otros, vino con los pobres, con los refugiados, con los prisioneros de guerra. Era pobre, y yo también lo era, juntos éramos aún más pobres que por separado. Pero éramos amigos, y la amistad es una gran riqueza.

Si Naphtali hubiera tenido un trabajo decente, habría sido la mitad de grave. Pero Naphtali era solo un cochero. A los veinte años se había casado con una viuda, una viuda con dos hijos adolescentes. Cuarenta años tenía la viuda. Poseía un coche de plaza con un caballo, su marido, el cochero, había sido un borracho y había muerto trastornado. Ahora un caballo miserable relinchaba en un pequeño establo, y en el patio esperaba el coche de plaza con las ventanillas rotas, salpicado de mugre gris, con la lanza doblaba melancólicamente, como una triste futilidad, hacia el suelo. A Naphtali esta imagen le partía el corazón. Todos los días miraba el patio y el establo, hasta que una mañana, sin pensarlo dos veces, enganchó el caballo al carruaje, montó en el pescante y trotó hasta la estación de tren. Llegaron clientes. Naphtali tuvo suerte. Siguió en el pescante. Cada día, cuando llegaban los trenes, él iba a la estación. Se casó con el coche de plaza, además de con la viuda y con sus hijos. Durante la guerra los austríacos ocuparon la ciudad. Requisaron el carruaje, el caballo y a Naphtali Kroj. El caballo murió en el campo, la señora Kroj murió en casa. Los niños sucumbieron al tifus. El coche de plaza quedó arrumbado en algún lugar, para chatarra. Solo Naphtali estaba sano. Vino a Viena.

De camino tuvo ocasión de apuñalar a un húngaro que quiso quitarle sus botas amarillas nuevas.

Cuentos completos

Traducción de Alberto Gordo. Páginas de Espuma. 384 páginas. 32 ¤
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