Hay una urgencia reveladora en la música de Chopin que consigue desenmascarar a quien la toca. Lo sabe bien Ivo Pogorelich (Belgrado, 1958), cuya particularísima aproximación al legado del compositor polaco dio origen a su propia leyenda. En 1980, el pianista croata (nacido en Serbia) interpretó la Marcha fúnebre en la tercera ronda del Concurso Chopin de Varsovia, lo que generó un acalorado debate entre los miembros del tribunal, que no tenían claro si estaban ante un genio o un simple -y muy atractivo- skandalist. Al final lo eliminaron y Martha Argerich, presidenta del jurado, se fue dando un portazo a modo de protesta.
El caso dio la vuelta al mundo y se acusó al régimen soviético de sacrificar un peón (un peón nacido en Yugoslavia) para avanzar «posiciones estratégicas» en el tablero geopolítico de la Guerra Fría. A Brézhnev la jugada le salió mal y, al otro lado del Muro, Deutsche Grammophon encumbró al joven pianista con su primera grabación (de la polémica Marcha fúnebre). El resto es historia: Pogorelich se hizo un hueco en la boyante industria discográfica de los años 80 y explotó como nadie su condición de golden boy a su paso por las grandes salas de concierto de Europa. La vida, sin embargo, le obligó a imprimir su propio tempo lento tras la traumática muerte de su mujer, Aliza Kezeradze, en 1996. El ya de por sí serio e introvertido Pogorelich se encerró aún más en sí mismo.
Desde entonces, el pianista ha bajado el ritmo de sus giras y grabaciones, pero ni mucho menos se ha retirado, como ha llegado a insinuarse. «Sobre mí se publican todo tipo de inexactitudes», se queja, a modo de advertencia, al teléfono desde un hotel de Ámsterdam. «En realidad, sólo me tomé unos meses de descanso, pero algunos siguen diciendo que estuve 12 años sin tocar». Prueba de ello es que, incluso en pandemia, se dejó ver por España. «En aquellos días grises, Madrid representaba unoasis, uno de los pocos lugares del mundo donde la música seguía sonando en vivo». En esta ocasión, visitará los auditorios de Logroño (11 de octubre), Zaragoza (15) y Madrid (16) con un programa que arranca, precisamente, con Chopin.
MISMO ESTILO, VIEJAS PARTITURAS
El Preludio opus 45 no es una obra complicada pero se presta a esa rara combinación de precisión y equilibrio, claridad y control que caracteriza el estilo inconfundible de Pogorelich, quien no duda en mostrarse algo contenido en las pasajes en los que otros despliegan todo su virtuosismo y tremendamente expresivo en los momentos más inesperados. «Nunca me he propuesto sonar diferente a los demás», confiesa el intérprete. «Lo que la gente escucha es el resultado de una larga búsqueda de las verdaderas intenciones del compositor». Podría tocar de memoria, por supuesto, pero prefiere usar sus viejas partituras, las de su época de estudiante, con las correcciones a lápiz.
"Nunca he querido sonar diferente a los demás. Todo lo que hago es el resultado de una larga búsqueda", cuenta el pianista
La segunda obra del programa, los Estudios sinfónicos de Schumann, suele incluirse entre los grandes retos -no aptos para recién iniciados- del repertorio romántico. Nada, por supuesto, para lo que Pogorelich no esté sobradamente preparado. Tanto es así que interpretará de manera intercalada las cinco variaciones que no fueron incluidas por Schumann en la versión final y que se descubrieron años después de su muerte. «Cada estudio tiene su propia estructura y entidad, pero junto a estas variaciones, para muchos desconocidas, adquieren una nueva dimensión», asegura.
Después de abordar el famoso Vals triste de Sibelius, Pogorelich cerrará sus tres recitales en España con los Seis momentos musicales de Schubert, un desenlace algo anticlimático si nos atenemos a la complejidad, la magnitud y hasta el tono de los precedentes études. «No hay nada más difícil de interpretar que lo que suena sencillo al oído», reflexiona en voz alta. «En ese sentido, Schubert consiguió dar forma a un tipo de composición breve que daría muchísimo juego». Nadie hasta ese día de 1828 en que se publicó en Viena su opus 94 se había atrevido a titular una colección de piezas bajo el epígrafe de moments musicaux. «Fue el inventor de una fórmula que sigue despertando pasiones en las salas de concierto».
Lo demostrará en su esperado regreso al madrileño Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo, cuya programación mantiene, no por casualidad, un vínculo muy especial con los protagonistas de las grandes gestas del Concurso Chopin: Argerich (con la que sigue en contacto), Maurizio Pollini (recientemente fallecido) y la pujante Yulianna Avdeeva, que lo ganó en 2010. «No me atrevería a emitir un juicio sobre las nuevas generaciones de pianistas, pero algo me dice que los grandes concursos internacionales siguen cumpliendo su función y ayudando a descubrir talentos ocultos».
NOTAS Y GRADOS DE EXPERIENCIA
No considera Pogorelich que haya un repertorio específico para cada edad, ni tan siquiera que las partituras puedan mejorar según los grados (vitales) de experiencia de quien las toca. «Pienso que todo se reduce a la capacidad de cada cual y a sus afinidades estilísticas, es decir, a lo que eres y a lo que te gusta. En ese sentido, los años te pueden cambiar un poco la perspectiva de las cosas, pero no el sentimiento ni el corazón que pones en ellas. Eso permanece, no se puede cambiar, ni siquiera fingir». ¿Se ve llenando salas de concierto como hace, por ejemplo, Joaquín Achúcarro a sus 91 años? «No lo sé», dice. «Iremos viendo, poco a poco, paso a paso...».
Tampoco ha decidido todavía el repertorio de su próximo proyecto discográfico. «Por supuesto que me quedan partituras por descubrir, pero no tengo prisa ni tampoco la necesidad de demostrar nada a nadie...». Sus dos últimas grabaciones para Sony Classical -un auténtico tour de force a partir de las sonatas de Beethoven (las nº 22 y 24), Rajmáninov (la segunda) y Chopin (la monumental tercera, además del Nocturno nº 20)- han recibido excelentes críticas. «Estoy muy satisfecho de estos trabajos. Porque no sólo son fieles a mi estilo y a mi personalidad, sino que sirven de reflejo a un momento vital que me define muy bien». Y añade: «Siempre he creído que la música llega donde no alcanzan las palabras».
"No hay nada más difícil de interpretar que lo que suena sencillo al oído", explica
No acostumbra Pogorelich a pronunciarse en las entrevistas sobre asuntos de actualidad política. «Si ya es difícil hacerse una idea de lo que fue y supuso el siglo XX, con todas sus luces y sus sombras, cualquier reflexión improvisada o inexperta sobre lo que sucede hoy está condenada de antemano...», sintetiza sobre lo que considera una época, la nuestra, especialmente convulsa. «Hay tantos cambios sobre la mesa que lo que falta es tiempo para poder procesarlos», se queja. «Ni siquiera tengo una opinión formada sobre la inteligencia artificial, que tanto inquieta a algunos artistas».
Frente al mundo virtual de las pantallas, él prefiero los viajes a través de la imaginación. «Por ejemplo, si cierro los ojos y pienso en España me vienen a la cabeza algunos fragmentos de músicas populares llenas de carácter». No sabe precisar de qué melodía se trata, seguramente algo que escuchó hace mucho tiempo, dice, en una de sus visitas a Andalucía. «Siempre me han gustado las músicas que vienen de dentro, del interior de las personas, pero también de lo más profundo de la tierra que pisamos».


