Los números son incontestables. En la primera mitad de los 80 hubo 146 semanas en que el número 1 de las listas de éxitos estuvo ocupado por un grupo musical; en los cinco primeros años de los 90 fueron 141 semanas... y en lo que llevamos de década, sólo ha habido tres semanas en las que el top no haya estado ocupado por un solista o una colaboración de estrellas individuales, y una de ellas correspondió a un 'ensemble' benéfico.
Así lo denunció recientemente el periodista y guionista británico Richard Osman en el podcast 'The rest is entertainment'. Más datos: el pasado julio la publicación estadounidense 'Billboard' señalaba que, desde 2018, en su lista Hot 100 sólo había habido un 8% de grupos en el top 10 de los 'singles' de éxito. Vayamos ahora a Spotify, cuyos 'charts' son hoy la medida para entender qué triunfa y qué no en la música mundial: hay que bajar hasta el puesto 19 entre los artistas globales más populares para encontrar el primer conjunto (Coldplay), llegar hasta el 35 para hallar el siguiente (Fuerza Regida, cuya presencia está condicionada a su asociación con el cantante mexicano Peso Pluma), descender otros tres puestos para toparnos con Oasis (impulsados de nuevo gracias al anuncio de su vuelta) y llegar al número 40 para el primer nombre de grupo presente en la lista por mérito propio y surgido en este siglo: Imagine Dragons.
La pregunta es, entonces, pertinente: ¿Dónde se han ido todos los grupos?
Hablamos de UB40 y Duran Duran, de Culture Club y The Pretenders, de New Kids on the Block y Wet Wet Wet... De todos esos nombres que durante semanas y semanas coronaron las listas del siglo XX. Salvo en el caso del K-Pop, con agrupaciones como BTS y Blackpink, el individualismo gobierna la música de nuestra era: de Beyoncé a Harry Styles, pasando por Charlie XCX, Karol G, Ed Sheeran o, por supuesto, el terremoto Taylor Swift.
Para saber qué ha sucedido, Javier Blánquez traza una perspectiva histórica. Profesor de la Escuela de Nuevas Tecnologías Interactivas (ENTI) de la Universidad de Barcelona (UB) y responsable de los dos volúmenes de la gran enciclopedia de la música electrónica 'Loops', plantea: «Seguramente, lo excepcional no es que las bandas hayan perdido preeminencia en el 'hit parade' en los últimos años, sino más bien lo contrario: que durante varias décadas hayan estado ahí. Porque si nos fijamos en la historia de la música popular en conjunto, siempre ha sido una historia de individualidades, al menos en la fachada exterior».
Así, Blánquez vuelve atrás en el tiempo, mucho antes del kilómetro cero desde el que suelen empezar estas historias. «A finales del siglo XIX y principios del siglo XX siempre estaba el compositor estrella y el intérprete estrella», recuerda. «Evidentemente, en la sociedad de masas casi nunca podemos utilizar la figura individual totémica del artista, al estilo romántico, como una verdad absoluta, puesto que muchas veces los éxitos eran un trabajo en equipo. Es decir, alguien hacía la música, alguien hacía la letra y luego otra persona lo interpretaba. Pero el reflejo que luego tenía el público de todo esto sí que era una figura, un individuo, normalmente el intérprete de moda». Esto empieza a cambiar un poco a partir de la década de los 20 del siglo pasado, cuando irrumpe el jazz, «que es la siguiente fuerza que revoluciona la música popular». Ahí, señala el estudioso, «sí que aparecen los conjuntos, más que nada porque la naturaleza del jazz es fundamentalmente un tipo de música grupal. Pero aún es cierto que muchas veces esos conjuntos de jazz estaban dominados por un líder». De ahí nos vamos a los años 30 y 40 del siglo XX, la época del nacimiento del country y el blues eléctrico. «La música se vuelve todavía mucho más grupal. Pero, salvo excepciones, siempre está mediatizada por un individuo, que es el líder. Sin la banda de apoyo no hay blues eléctrico, pero siempre era un Muddy Waters o un Screamin' Jay Hawkins quien llevaba la voz cantante. Lo mismo en la época del swing, en la que estamos hablando de orquestas gigantescas, de 'big bands', pero siempre con un líder delante».
«Aunque las bandas sin un 'frontman' clarísimo seguramente aparezcan ya en la época de los 50», el punto de inflexión lo marcan cuatro chavales que empezaron una revolución desde Liverpool. «En los Beatles, ¿quién es el líder?», se pregunta Blánquez. «Realmente no hay uno destacado y lo mismo podemos decir de la gran mayoría de las de las bandas británicas que toman el relevo al surgimiento del rock and roll».
Hay que destacar que la fórmula del cuarteto británico encontró numerosas resistencias por parte de muchos mandamases de la industria discográfica de la época, que pensaban que un solista como Elvis Presley podía hacer mucho más dinero que un conjunto de melenudos. Craso error: el éxito de los John, Paul, George y Ringo llevó a miles de jóvenes de todo el mundo a agarrar un bajo, una guitarra y una batería y tratar de emular a sus ídolos. Los 'baby boomers', por primera vez con un poder adquisitivo y una capacidad de consumo importante, cimentaron la fórmula. De este modo, «el momento dulce de los grupos es aquel en el que las bandas se convierten en un objeto de adoración con el surgimiento del pop moderno».
Según 'Billboard', esta fórmula funcionó perfectamente durante unas cuatro décadas. La aparición del programa GarageBand para ordenadores Mac, en 2004, marcó el principio del final de esa etapa. El hecho de poder grabar desde la tranquilidad de la habitación, sin precisar una logística de horarios y calendarios, mostró a los jóvenes compositores que no necesitaban de que su primo cargase con sus bombos y platillos hasta el sótano de la abuela. Al mismo tiempo, la irrupción de las redes sociales marcó una atomización e individualización cada vez mayor de la juventud. Myspace, la progenitora de Facebook e Instagram, se promocionaba entre los padres como un lugar seguro en el que tus hijos podían relacionarse sin tener que salir a las calles, cada vez más inseguras.
Tras más de 20 años trabajando como programadora musical, directora del departamento artístico y 'talent and music manager' para compañías internacionales en entretenimiento e industria musical como MTV, Fox Network Channel, Vodafone YU o Prisa, Alicia Toboso ha presenciado en primera persona esta evolución. «Por un lado, desde el punto de vista de los profesionales y de la gente en general, echo en falta a los grupos por algo muy sencillo, que es la variedad musical», plantea. «Todo es lo mismo».
Toboso, actualmente empleada como PR y 'brand partnerships manager' para la multinacional Magnus Talent Agency -a cargo de músicos como Marc Anthony, Trueno, María Becerra o Love of Lesbian-, destaca la importancia del formato grupal. «Eran personas que se juntaban para hacer música y, por tanto, era un trabajo en equipo», explica a 'La Lectura' y dice que ese espíritu resulta cada vez más difícil de encontrar. «Veo una industria mucho más simplista, que va a lo fácil y que no construyen bandas, sino solistas. Esto ha hecho que todo sea mucho más simple y se reduzca a ganar mucho más dinero. Porque, claro, gastan menos e invierten menos».
Pero más allá de la vertiente económica, hay otras implicaciones de este cambio de tendencia que se refieren, sobre todo, a lo social. «Lo más importante es que, desde el punto de vista de los artistas, estos se han vuelto completamente egocéntricos», denuncia. «Es mucho más fácil repartir todo entre uno, independientemente de que luego las bandas acaben siempre peleadas».
"Antes, en la discusión colectiva se encontraban nuevos ritmos y canciones. Ahora están más volcados en construirse una identidad en redes sociales"
En este sentido habla Jonathan Daniel, fundador de la compañía de 'management' Crush Music, en declaraciones recogidas por 'Billboard': «Cuando éramos críos, veíamos a los Rolling Stones y decíamos: 'Son ricos, tienen un avión'. No salíamos con: 'Bueno, tienen que dividir el dinero entre cinco, no como Elton John'. Pero hoy, gracias a internet, los artistas son mucho más conscientes de todas las facetas de la industria musical».
«Es el reflejo de una generación individualista que ya no disfruta de este trabajo en equipo, de ir al local y juntarse a tocar, del proceso de prueba y error», reflexiona Toboso. «Porque ahí es donde antes se encontraban los nuevos ritmos, las nuevas canciones, de esa discusión colectiva. Ahora están más volcados en construirse una identidad en redes sociales, que ésta es la otra parte que ha entrado en juego y que no existía antes».
Rubén Irisarri es director de BIME, un encuentro internacional de Industria Musical que se celebra desde 2013 en Bilbao y desde 2022, también en Bogotá (Colombia). «Creo que es muy diferente la parte del directo a la de la música grabada», dice sobre esta transformación. En el aspecto de las grabaciones, si hablamos de bandas, destaca que «cuando los sellos discográficos hacían la promoción, el mayor problema era poner de acuerdo a todos los componentes y crear una 'empresa', aunque hablemos del espíritu 'do it yourself' [háztelo tú mismo]».
Coincidiendo con Toboso, Irisarri subraya otro aspecto central en este proceso: «Los medios de comunicación siguen teniendo una importancia relevante, pero lo que tiene ahora mayor influencia en la gente joven son las redes sociales. Y no conozco una red social de una banda que funcione bien; casi siempre suelen ser de personas. Es decir, alguien que forme parte de un grupo, aunque sea a esa persona a quien se sigue».
"En 2016 teníamos un 60% más de grupos que de solistas. Ahora, el mismo número"
«Ese individualismo», añade, «viene marcado por un cambio de tendencia en el consumo de contenidos. Los generadores de contenido, y por tanto también generadores de canciones, se han dado cuenta de que ya no necesitan tener que poner todo de acuerdo». Y se refiere a una de las materializaciones del cambio: «Ahora lo que hay son colectivos que son sumas de individuos. Es algo muy representativo de este cambio de paradigma». Cita, por ejemplo, a Chill Mafia, cuyo miembro más conocido es el navarro Ben Yart. «Es una señal de lo que está ocurriendo en la sociedad, donde cada vez hay más individualismo. Porque la música no deja de ser igual que cualquier otra cosa en la vida, una representación de lo que está pasando a nivel social». Volviendo a los números, aporta un dato: «Este año en la parte de directo de BIME va haber el mismo número de actuaciones de solistas que de grupos. En cambio en 2016 había un 60% más de los últimos».
Blánquez insiste en que los grupos «son una excepción histórica» y «en el momento en el que el rock deja de ser una de las fuerzas fundamentales de la música popular, esta característica -que es bastante inherente a este estilo- se pierde». Es decir, que cuando el 'power trio' ya no es el vehículo preferido por la juventud, que prefiere los ordenadores o las mesas de mezclas, todo se deshace como una bolsa de MDMA en el charco de los baños de un festival.
Además hay otra dimensión que suele pasar desapercibida. «No podemos olvidar que el pop de masas, de una manera cada vez más importante en las últimas décadas, es un trabajo en equipo», recuerda Blánquez. «Por mucho que haya una presencia individual que es la que recibe la atención y la que encarna el nombre del proyecto -Britney Spears, Beyoncé, el nombre que uno le quiera poner a la estrella de turno detrás-, hay unos equipos mucho más numerosos y mucho más indispensables, incluso que en épocas anteriores, cuando eran relativamente limitados: un compositor, un letrista y quizá un arreglista».
Habla de las interminables listas que suelen aparecer en los créditos de las canciones del momento, en las cuáles hay personas que han hecho un 'beat' junto a otras que aportan una línea melódica o un par de arreglos. Y aún más. «Muchos de los nombres que han copado las listas son, en el fondo, proyectos enmascarados», asegura Blánquez. «Por ejemplo, Billie Eilish es en realidad un trabajo de colaboración entre ella y su hermano, que no aparece con su nombre en el proyecto, pero es parte integral de él. Lo mismo podríamos hablar de las colaboraciones muy estrechas entre artistas y un productor determinado: Missy Elliott y Timbaland, Jack Antonoff y Lana del Rey -o Taylor Swift, en algunos casos-».
"Por mucho que la presencia individual sea la que reciba la atención y encarne el nombre del proyecto, el pop de masas es, de una manera cada vez más importante en las últimas décadas, un trabajo en equipo"
Todo este proceso ha ido en parejo con muchas y más profundas transformaciones del sector. Hablamos de la llegada de los servicios de 'streaming', de la práctica desaparición de los formatos físicos mayoritarios (el CD, básicamente, en paralelo al renacimiento del vinilo) y de la socialización del consumo de música, que además es global. A eso hay que sumar los profundos cambios demográficos y económicos que atraviesa Occidente y el resto del mundo. Los 'zennials' y la generación 'alpha', que son quienes sostienen el consumo mayoritario de Spotify y, por tanto, los 'charts', son muchos menos que sus progenitores, amén de tener unas perspectivas económicas y de futuro mucho menos halagüeñas. Y eso, incide Toboso, acaba permeando en la música.
«Otra cosa es que en esa ausencia de guitarras y de ruido hay también una falta de protesta: estos cantantes no están protestando por nada, sólo hablan de culos y de 'panoja'», sentencia. «De tal forma que el resumen de todo es que sólo quieren ganar dinero y fardar y demostrarlo en esas redes sociales». Una excepción sería Trueno, uno de los artistas con los que trabaja Toboso. «Es una persona especial. Y dice que él necesita también que su equipo le diga: 'Lo estás haciendo mal'. Porque es necesario. Por eso tiene a su padre y a su mejor amigo dentro. Algo tan sencillo como esto resulta muy difícil de comprender por otros músicos, que entienden la relación con los fans según una dicotomía entre adoración y 'hate'».
Así y todo, no hace falta caer en lo apocalíptico. El éxito de convocatoria de Carolina Durante, Alcalá Norte, Arde Bogotá y otros conjuntos que llenan pabellones parece contradecir todo lo dicho antes. Se trata, sin embargo, de propuestas que funcionan mucho mejor en vivo. ¿Será que para el directo seguimos necesitando grupos que aporreen los tambores y peguen guitarrazos que se sientan en el pecho? Más aún si se compara el formato con el que suelen aparecer en escena las grandes estrellas del trap y la música urbana: los susodichos con su micro más un DJ disparando las programaciones.
Rubén Irisarri responde que el debate no está ahí. Y pone un ejemplo: «Cuando actuó Duki en el festival Bilbao BBK Live, vino con banda, que además tocaba de puta madre. Y como tenía la estética de un concierto de rock, la gente más mayor decía que muy bien. Pero recuerdo girarme para ver a la chavalería y ésta se preguntaba para qué iba con todos esos músicos. No le dan tanto valor como se la damos nosotros», rememora. «No es ni mejor ni peor. Simplemente, las cosas cambian».
Y en ese cambio, los grupos son el recuerdo, nostálgico, de una época que ya no existe.


