Hace cosa de tres años, la Fundación Canis Majoris de Madrid invitó a Lorena Casas Pessino (Cádiz, 1967) a impartir una conferencia sobre la situación de los museos. «Fue la excusa perfecta para trasladar al papel una serie de reflexiones que me rondaban la cabeza hacía tiempo», cuenta la historiadora del arte, que entre 2002 y 2015 trabajó como asistente de Miguel Zugaza en el Museo Prado, donde ejerció también de jefa de relaciones institucionales. «Después de esa etapa maravillosa, que fue como prepararte para ser astronauta y que te elijan para una misión a la Luna, me retiré y empecé a estudiar filosofía», rememora. «Estaba empachada de arte y necesitaba dedicarme a lo que más me gusta: leer y leer sin mirar el reloj».
Lo dice sin el más mínimo rubor, sabedora de los privilegios que ostenta quien se ha formado en las mejores universidades del mundo y ha podido hacer de su pasión por el arte algo más que un oficio. «Lo bueno de no deberte a nadie es que puedes hablar con absoluta libertad de las cosas y formular preguntas incómodas sin miedo a las represalias». Por eso cuando Philippine González-Camino, editora de La Huerta Grande, le ofreció ampliar el contenido de su conferencia no se lo pensó dos veces. «Me pareció una oportunidad formidable para hacer un repaso de los orígenes y evolución del museo clásico desde siglo XVIII hasta nuestros días a fin de comprender la verdadera envergadura de los retos a los que nos enfrentamos», asevera.
"El arte produce un goce estético a quienes, con la inocencia de un niño, que no busca tanto entender como sentir"
El resultado lleva por título El museo como Templo (y otros disparates) y cumple con su propósito en apenas cien páginas. «En el transcurso de un siglo hemos pasado de un esfuerzo por democratizar la cultura capitaneado por el Met de Nueva York a una sobrecarga de información y exceso de didactismo que no sólo abruma al visitante con sus cartelas, pantallas digitales y audioguías, sino que convierte las exposiciones en un espectáculo masivo de ocio y selfis». Y cita en su ensayo a varios filósofos (como Giovanni Nucci y Okakura Kakuzô) para refrendar la idea del «arte como experiencia sublime» en tanto que produce «un goce estético a quienes se atreven a acercarse a estas obras con la inocencia de un niño que no busca tanto entender como sentir».
El museo como Templo (y otros disparates)
DOCTRINA 'WOKE'
Casas Pessino no es creyente, pero sostiene que las sociedades modernas han perdido la relación con lo sagrado, pero no así su necesidad. «Sin esa epifanía reveladora no se activan los mecanismos del mito que permiten que algo nos conmueva y nos sacuda por dentro, como un orgasmo». A falta de ese desencadenante, advierte, la «memoria adormecida de los sentidos» ha dado lugar a un «despertar de las conciencias» que impone narrativas identitarias para decodificar las obras de los museos. «La doctrina woke ha tenido un efecto nefasto para las políticas culturas», dice. «No tanto por los intentos de manipulación ideológica como por el contrapeso de la balanza que ha dado lugar a un conservadurismo extremo inconcebible hace sólo unos años».
Hasta la caseta de la Feria del Libro de Madrid donde se dedicó a firmar decenas de copias de su ensayo llegó un trabajador del Ministerio de Cultura. «Le vi algo indeciso, así que le di mi número para que, si no le gustaba, devolverle el dinero por bizum», se sonríe. También le hizo llegar un ejemplar a Ernest Urtasun. «Lo que más me sorprendió de su plan de descolonización de los museos es que esta propuesta tan provinciana viniera de un diplomático de carrera que, además, me resulta enormemente atractivo, física e intelectualmente», y ríe otra vez. «Dos años atrás, este tipo de declaraciones me habrían parecido preocupantes. Hoy todos sabemos que la guerra cultural es un arma de distracción masiva pensado para las clases más acomodadas».
"Hoy todos sabemos que la guerra cultural es un arma de distracción masiva para las clases más acomodadas"
El problema, según Casas Pessino, no es que los museos «funcionen como cajas de resonancia», sino los peligros derivados de cumplir con lo que considera una agenda doctrinaria. «Todo comenzó con el 15-M, que me parece un movimiento fascinante liderado por personajes de una brillantez intelectual que ya quisiera yo encontrar en las filas de la derecha», se sincera. «Ahora bien, no tiene sentido que a las pancartas contra la casta política se le dedicara una sala en el Reina Sofía. Primero, porque sólo tienen valor archivístico para ser expuestas, por ejemplo, en la Biblioteca Nacional. Y, segundo, porque incluso entendidas como herramientas de propaganda ideológica han envejecido muy mal, pues hoy la izquierda radical es también un coto privado».
Reconoce la autora en el prólogo de El museo como Templo que hablar de arte en los términos en los que ella lo hace puede ser considerado «casi inmoral». Y, sin embargo, a pesar del clima de radicalización permanente que exige la batalla por el relato, mantiene a raya su optimismo. «El movimiento woke empieza a dar signos evidentes de cansancio», confirma. «En 2020, muy pocos se atrevieron a valorar con cierta objetividad la exposición Invitadas del Prado dedicada a artistas mujeres, mediocres en su mayoría. También el Thyssen, con la muestra Maestras, de mucha mayor calidad, trató de cubrir el cupo de cara a la galería. Ahora ya comienza a percibirse una cierta resistencia por parte de los trabajadores de los museos, que se niegan a ser instrumentalizados con fines políticos. Y eso, claro que sí, hay que celebrarlo».


