LA LECTURA
Entrevista

Jon Fosse: "No tengo miedo a perder el don de escribir"

Todavía abrumado por el máximo galardón literario, el escritor noruego nos recibe en Oslo para hablar de su particular universo literario y de su carrera fuera de lo común. "Nunca tuve la ambición de ser escritor", afirma

El escritor noruego Jon Fosse.
El escritor noruego Jon Fosse.Ole Berg Rusten / Alamy
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Encaramada en una pronunciada cuesta, al noreste de los jardines del Palacio Real de Oslo, la fachada sur de la casa Grotten (la gruta, que es lo que parece su entrada), impone. Desde 1924 esta pequeña construcción similar a una cabaña de madera color salmón, cedida de por vida por la corona, acoge a los mayores creadores culturales de Noruega. Frente a su puerta, el escritor Jon Fosse (Haugesund, 1959), que la habita desde 2010, nos recibe temprano en un día inusualmente primaveral en la capital noruega. En los escasos 200 metros de camino a una cafetería cercana, el escritor apenas muestra la proverbial timidez que se le achaca. Frente a casi una jarra humeante de café con leche, Fosse, robusto, vestido de negro y con una salvaje y blanca melena recogida en una pulcra coleta, sonríe abiertamente. Sus ojos azules chispean. "Sólo soy un hombre sencillo y algo raro del Oeste de Noruega", afirma el escritor, de quien Random House, que está recuperando su obra en España, acaba de publicar Ales junto a la hoguera.

"Nací en un pequeño pueblo llamado Haugesund, en la costa del Mar del Norte. Mi madre es de allí cerca, de una pequeña isla llamada Karmøy. Es un paisaje muy fuerte y hermoso, con altas montañas y costas escarpadas. En cierto modo, la imagen cliché de Noruega. Allí conocí el mundo y aprendí las palabras y eso me influyó mucho como persona", relata Fosse. En sus novelas y poemas, escritas en nynorsk, el estándar del idioma noruego del oeste del país, que mezcla varios dialectos tradicionales y sólo habla el 12% de la población, se hallan los ecos de ese mundo folclórico y rural, de los relatos orales y populares, que aprendió de su abuela, a quien dedicó varios poemas. "También viví de niño cerca del fiordo Hardangerfjord [en el pueblo de Strandebarm, al sur de Bergen], y allí también podía escuchar el movimiento de las olas, las mareas, las aguas arriba y abajo moviéndose. Ese sonido, ese ritmo de la naturaleza lo encarno de alguna manera en todo lo que escribo. La música de mi prosa y mis poemas está conectada con ese paisaje", evoca.

Indudablemente Jon Fosse es un hombre afable, aunque ante él uno tiene dudas de si se encuentra ante "un tipo algo raro del Oeste de Noruega", como él dice, o ante el Premio Nobel de Literatura 2023 que lleva más de cuatro décadas levantando una ingente obra de más de 70 volúmenes entre novelas, poesía, ensayos y obras de teatro. Una literatura que a través de la narración de un intransigente flujo de pensamiento envuelve al lector en una letanía que explora los límites de la muerte y el poder del amor poniendo a danzar íntimamente conceptos como duda y fe, luz y oscuridad, pasado y presente, ensanchando los límites de lo que entendemos por realidad. O más sencillamente, como dijo el jurado de la Academia, "que da voz a lo indescriptible".

Desde que recibió el Nobel de Literatura, siente que se pasa la mayor parte de su tiempo respondiendo correos. "Por supuesto, tengo que decir que no a casi todas las invitaciones. Ya hace muchos años que digo 'no' a los festivales literarios y a la mayoría de las entrevistas, pero uno se siente mal cuando publican sus libros en tantos países y no coopera de alguna manera, por eso elijo con cuidado", explica algo azorado. "Entrevistas en profundidad, como esta, y algunas cosas más. Hace unos días hice una lectura en Alemania y dentro de nada voy a Rávena [donde este viernes 3 le conceden el Laurel Dante]. Espero que pronto se diluya tanto interés".

El escritor noruego Jon Fosse.
El escritor noruego Jon Fosse.Ole Berg Rusten / Alamy

Mientras habla, Fosse ojea interesado sus ediciones en español y, acto seguido, lamenta no poder hablarlo: "Ninguna lengua latina, en realidad. Manejo bastante bien el inglés y un poco de alemán", reconoce modesto. No en vano lleva años vertiendo al noruego la poesía de autores como Trackl, Rilke y Hölderlin. "Por suerte, no había planeado escribir nada en esta época. Tengo ya escritas a mano un par de nouvelles, que se irán publicando, y estos días se estrena una nueva obra aquí en Oslo. También escribí otra obra que se estrenará el próximo año y tengo suficientes poemas para una colección de poesía bastante grande [en pocas semanas Sexto Piso lanzará el segundo volumen de su Poesía completa, de momento sólo traducida al español], pero no estoy seguro de su calidad. Aunque es probable que haya poemas que valga la pena publicar".

Ahora se está dedicando a traducir El castillo de Kafka, de quien ya llevó al noruego El proceso y La metamorfosis. "Me encanta hacerlo, me resulta relajante. Kafka cambió la forma en que miramos el mundo y, al hacerlo, cambió el mundo. Traducirlo es un trabajo bastante intenso, pero si mantengo mi salud y sigo con vida, lo haré".

"Nunca tuve la ambición de ser escritor, simplemente disfruto el momento de estar creando. Es mi lugar en el mundo"

Es innegable que el premio le ha acercado a muchos más lectores. ¿Piensa más en ellos o sigue escribiendo para sí mismo?
Eso no ha cambiado: como siempre, sigo escribiendo para mí. Nunca pienso que lo que escribo va a ser publicado o representado en un escenario. No tengo ninguna intención. Aquel que busque provocar algo con sus escritos no hace buena literatura, sino un sermón. Yo simplemente escribo, e intento hacerlo de la forma más honesta posible. Lo que me encanta de ser escritor, de hecho, es simplemente el acto de escribir, desde luego no todo el alboroto que genera a su alrededor. La experiencia de lograr escribir es lo que me hace más feliz en la vida. Aunque tampoco puedo escribir todo el tiempo, a veces necesito descansos, y entonces me dedico a traducir, básicamente versiones de tragedias de clásicos griegos, Sófocles, Eurípides, Esquilo...
¿De dónde nació esa pulsión por crear que llevó también a probar con la música y el arte?
Simplemente nací así, no puedo explicarlo de otra manera. Creo que todos nacemos con determinadas tendencias o intereses que nos definen. Hay quien tiene talento para las matemáticas o para el deporte, yo, cuando tenía alrededor de 12 años, comencé a sentir lo que en noruego llamamos "el alma del artista". Comencé a escribir, a tocar el violín y la guitarra y a pintar. Como músico, no tenía ningún talento. Tenía cierto talento como pintor, pero fue en la escritura donde encontré mi lugar feliz. Crecí en la Noruega rural, en una comunidad bastante pequeña en la que los artistas eran algo raro. Pero yo quería escribir, nunca tuve la ambición de ser escritor, simplemente disfruto el momento de estar creando. Es mi lugar en el mundo.
¿Y cómo fue concretando esa pasión?
Como digo, no tenía ninguna ambición de ser artista. Quería vivir una vida tranquila, tener suficiente dinero para sobrevivir. En el instituto escribí mi primera novela, muy influida por el escritor noruego Tarjei Vesaas, que menos mal que nunca se publicó, pues era demasiado epigonal. Ya con 20 años, mientras estudiaba Filosofía en Bergen, gané un concurso de relatos universitario y pensé que podía volver a intentar escribir una novela.

Aquella obra,Raudt, svart (Rojo y negro) se publicó en 1983 y cosechó cierto éxito y unas críticas muy duras. "Era una novela muy destructiva, muy a la contra de todo, con mucha influencia marxista, algo que todos los intelectuales éramos entonces", recuerda Fosse. "Me dieron muchos palos, pero yo estaba muy seguro de mi talento como escritor. Me habían publicado y salía en los periódicos, así que decidí no rendirme".

El escritor noruego Jon Fosse.
El escritor noruego Jon Fosse.Ole Berg Rusten / Alamy

Fosse siguió publicando, estudió literatura comparada e incluso trabajó como lector editorial. "También enseñé escritura creativa. Estudiaba, trabajaba, y por las noches escribía". De esos años es su anécdota con el escritor Karl Ove Knausgård, que fue su alumno. "Recuerdo que le decía: 'Karl, no puedes escribir simplemente lo que ocurre en tu vida, tienes que transformarlo en algo más'. Pero él hizo lo que los buenos alumnos, lo contrario de lo que se les dice", relata divertido. Y entonces, llegó el teatro.

"El éxito de mi teatro casi me destruye: me volví alcohólico, me divorcié... Tuve que parar y volver a mis orígenes, la prosa y la poesía"

Hasta el Nobel era principalmente conocido por su teatro. ¿Cómo acabó de dramaturgo?
Sin ninguna intención. Ni siquiera me gustaba el teatro. Un día me ofrecieron escribir una obra y pagaban bastante bien. Dije que sí principalmente por el dinero, pero fue una gran sorpresa para mí porque me encantó. La forma en que podías utilizar las pausas y los silencios me enamoró. La primera obra que escribí fue Alguien va a volver a casa, una especie de relectura de Beckett, que sigue siendo mi obra más famosa, y el éxito fue enorme. Logré convertirme en una estrella del teatro europeo, comencé a recibir encargos de todo el mundo y llegué a ser el dramaturgo vivo más representado. Durante 15 años viaje a estrenos por todo el mundo, hasta a China y Japón, en unas circunstancias increíbles: aeropuertos, nuevos hoteles, a menudo sólo... fue agotador, pero hice lo que pude por sobrellevarlo. En esos años dejé de escribir poesía y prácticamente novela.
¿Y por qué lo terminó abandonando?
Estaba en el punto más alto, y tuve una crisis. No podía más, tenía que cambiar de vida drásticamente. Yo soy tímido y para poder aguantar toda la parte social del éxito bebía mucho. Me volví alcohólico y me divorcié. Estaba muy frágil. Hay una frase de Lorca, a quien adoro, que me encanta: "El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana". Eso fue para mí, pero necesitaba recuperar mi escritura, que ya no disfrutaba. Volver a mis orígenes. Para mí, escribir es un viaje hacia lo desconocido, una especia de abandono, y es algo peligroso emprender este viaje si estás frágil. Recientemente he hecho más teatro, pero ahora ya no interfiere con el resto de mi obra.
¿Cómo fue el proceso para recuperar su voz literaria?
Fue muy difícil y muy gradual. Dejar el alcohol me ayudó. Nunca he escrito nada decente estando borracho. En estos años duros logré completar las dos últimas historias de Trilogía [la primera obra del autor que De Conatus, la editorial independiente que apostó por Fosse, trajo a España en 2018], cuya primera parte ya había escrito. Para mí fue clave, porque ese libro ganó el Premio de Literatura del Consejo Nórdico, que es algo así como el Cervantes para la lengua española, y eso me dio mucha seguridad. Después llegaría Septología, que tuvo una concepción especial. ¿Quiere oírla?
Por supuesto
Mi traductora al japonés está casada con un historiador del Arte alemán y viven en Berlín. Tienen dos hijas, y una de ellas está casada con el nieto del poeta Paul Claudel, al cual se parece mucho, por cierto. Cada verano, la familia se reúne en el castillo que tienen en Brangues, en la región de Ródano-Alpes [el pueblo donde se juzgó al seminarista que inspiraría a Stendhal Rojo y negro], e invitan a algunos amigos. Tras algunas dudas, mi segunda esposa y yo fuimos, y allí comencé a escribir Septología. Mi forma de escribir es simplemente sentarme y empezar. Si el principio está bien, después de pocas páginas, todo está presente. Tengo la sensación de que todo ya está escrito en alguna parte, sólo tengo que escucharlo y escribirlo antes de que desaparezca.

"Escribir me da euforia, pero también hay oscuridad y miedo a perderme. Me asusta que el escritor eclipse al hombre"

Siempre dice que escribir es para usted un acto de escucha más que de expresión, ¿cómo ocurre esto?
Dentro de mí hay otro yo, el escritor, que es quien escucha. No hablo de oír voces ni nada parecido, pero cada libro tiene su propio ritmo y es un universo propio, con sus reglas y condiciones específicas. Yo concibo estos universos. No escribo para expresarme, sino para liberarme de mí mismo, para alejarme. Tengo que ceñirme, por supuesto, a la lógica de ese universo y al fluir de ese ritmo al escribir. Siento que es como una canción, en cierto modo. Escribir es para mí muy parecido a componer, me recuerda al sentimiento que produce tocar música. De todos modos, creo que hay cosas de las que uno no debería saber demasiado en la vida. Si sabes demasiado, desaparecen. No quiero intentar describirlo, aunque en cierto sentido, pienso en mi escritura como una oración. La primera vez que dije eso en una entrevista me dio mucha vergüenza, porque el mundo intelectual nórdico es mayoritariamente ateo. Aunque luego vi que Kafka había dicho algo parecido y me sentí mucho mejor.
¿Y cómo concilia al Fosse hombre y al escritor?
Soy una persona bastante normal, un hombre tímido con una vida privada casi aburrida. No hay mucho que decir sobre mí. Pero como escritor cambio, porque cuando comencé a escribir encontré un lugar secreto en mí, un lugar seguro que me da placer, aunque tiene sus peligros. Escribir me da euforia, pero también oscuridad, a veces me asusta que el escritor eclipse al hombre. Es una paradoja. Sin duda soy yo quien ha escrito esto o aquello, y aún así, no soy yo al mismo tiempo. Supongo que de ahí nace este miedo a perderme a mí mismo si me adentro demasiado en lo desconocido. Es parecido a la mística pero no exactamente, más bien es como una especia de gnosis.

La mística, especialmente la del Maestro Eckhart [un monje alemán del siglo XIII], ha influido mucho a Fosse, que en los años 80 leyó "toneladas de literatura religiosa". De su estudio de la filosofía, dos ideas son muy reconocibles en su obra, la teoría sobre el alma del lenguaje de Heidegger y la del eterno retorno de Nietzsche. "Son ideas muy poderosas", sostiene. "Toda literatura amplía nuestra capacidad de comprender cómo piensa otro ser humano, pero si es buena literatura, trae algo nuevo al mundo que antes no existía. Una nueva dimensión, en cierto modo. Después de leer a un buen escritor, el mundo no parece el mismo".

La religión juega un papel crucial en la literatura de Fosse, quien tras muchos años en busca de sentido se convirtió al catolicismo en 2014. Hasta el Papa le escribió una carta cuando ganó el Nobel. "Fue un momento muy emotivo recibir sus palabras, aunque tampoco lo viví como un fanático. El cristianismo de mi infancia se basaba en trampas y mentiras, así que a los 16 años renuncié a la iglesia nacional noruega. Ahora, mi visión religiosa es la de un católico, me gustan muchas de sus ideas, especialmente la de la luz interior, pero en cierto sentido soy un hereje, hay otras cosas de la doctrina que no respeto".

Esa idea de luz interior es la que explora en Blancura, su última nouvelle y su primera obra tras el Nobel, publicada recientemente por Random House. En ella, un hombre se pierde en el bosque y tiene una especia de epifanía que hace dudar al lector de si ha muerto. Estas confusiones entre vida y muerte, entre pasado y presente, son comunes en su obra, trenzada por reflexiones sobre la importancia de los elementos irreales o invisibles que se cuelan en nuestra cotidianidad y sobre los límites del fin de la vida. Temas que también centran su novela Mañana y tarde, publicada justo la semana en que ganó el premio de la Academia sueca por De Conatus y Nórdica conjuntamente.

"El deber de la literatura es expresar lo inexpresable. Y creo que es posible. Después de leer a un buen escritor, el mundo no parece el mismo"

¿Para usted la literatura es una forma de comunión más que de comunicación?
En su sentido etimológico de estar juntos, desde luego. Yo no leo para recibir un mensaje, sino que me adentro en el universo del escritor. Si es un buen escritor, hay un elemento de algo que no proviene sólo de él, hay algo más, que es más sabio que el escritor. Creo que es un regalo pero ¿quién lo da? No me atrevo a decir que es un regalo de Dios. Eso es demasiado. No puedo decirlo, porque no sé qué es Dios. Pero hay cosas visibles e invisibles, y son éstas las que transmite la buena literatura. La mía, desde luego, transmite un mensaje, estoy seguro. Y espero que sea bueno.
"La literatura salva vidas", ha afirmado. ¿En qué sentido?
Cuando me dieron el Nobel, recibí multitud de correos electrónicos de personas conocidas y desconocidas. Mucha gente me escribió diciendo que mi escritura le había salvado la vida. Y comencé a pensar: ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué significa esto? Simplemente no lo sé, pero sentí que si eso era cierto, al menos he hecho algo bueno de alguna manera.
Le dieron el Nobel por narrar lo inefable, lo indecible... ¿debe ser esa la búsqueda de todo arte?
Me gusta una cita de Derrida que dice: "Lo que no puedes decir, debes escribirlo". Creo que para un buen escritor, eso es posible. Para mí, que soy un romántico, es obvio que es así, básicamente, éste es el deber de la literatura: lograr expresar algo que de otra forma no se puede decir. La sociología, la fisiología o la economía pueden enseñarte mucho del ser humano, pero todas estas ciencias no entran en el secreto de la vida. Creo que sólo el arte, en cierto modo, puede hacerlo. Pero, de nuevo, no soy dogmático. Esta es mi verdad. Quizás en cuanto a la literatura también soy un hereje.
Visto el papel que concede a la escritura, ¿le da miedo perder esa capacidad?
Cumpliré 65 años este otoño y he publicado más de 70 obras durante más de 40 años. He tenido el don de escribir, y estoy agradecido por este regalo. Pero perderlo no me da miedo. Si no logro escribir más, no me sentiré triste por ello. Mi idea es continuar mientras pueda, pero como he dicho, no escribo con ningún fin. A veces me pregunto: ¿Para quién estoy escribiendo? ¿A quién me dirijo? No es al lector, así que tal vez sea a Dios. Así que si tuviera que dejar de escribir, quizás podría llenar ese vacío con la oración, con una especie de pensamiento contemplativo. Es muy probable.

En el camino de vuelta a su casa, Fosse dice de pronto: "Quizá nos veamos en un tiempo en España. Una universidad del norte del país me va a investir doctor honoris causa. Aún no puedo decir cuál, es un secreto", confiesa atropelladamente. "Será en otoño, mi estación favorita del año". Y sonríe, antes de despedirse y volver a su gruta.