El último artículo que escribió la filipina Patricia Evangelista sobre la campaña electoral de las presidenciales de 2016 en su país terminaba así: «Las calles se teñirán de rojo si Duterte es elegido». Cuando la periodista lo vio publicado, no le gustó aquel final. No sólo por ser una frase manida, sino porque además daba una impresión «excesivamente dramática».
Rodrigo Duterte ganó las elecciones el 9 de mayo de 2016. Y, si atendemos a los datos la frase final del artículo de Evangelista no resultó ser «excesivamente dramática» .
La cruzada contra las drogas que había prometido Duterte como principal baza electoral dejaría, según fuentes policiales, 6.000 muertos en Filipinas. Sin embargo, las indagaciones de Evangelista, respaldadas por Amnistía Internacional, apuntan a 30.000 víctimas.
Para comprender la violencia de aquellos años hay que saber que la periodista guarda en su ordenador una carpeta en la que almacenaba archivos con los casos de asesinatos cometidos en Manila, cuya área metropolitana supera los 11 millones de habitantes. Eran tantos que Evangelista, de 38 años, no los ordenaba por días, sino por horas.
«Soy un blanco móvil», dice por videoconferencia envuelta en humo de tabaco. Ocho años después de haber escrito esa frase final que le había parecido exagerada, Evangelista vive amenazada. Por precaución, pide no hablar sobre su paradero actual.
Patricia Evangelista es la autora de Some People Need Killing (Algunas personas necesitan matar, en español), un bestseller inesperado en Estados Unidos. Se trata de una crónica apabullante por testimonios y ritmo sobre los asesinatos extrajudiciales cometidos por policías y justicieros al amparo de la guerra contra las drogas promovida por Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas entre 2016 y 2022.
Este éxito ha convertido a Evangelista en un fenómeno mediático. Tanto que Barack Obama recomienda públicamente la lectura de su libro; David Remnik, editor de The New Yorker, lo califica de «obra maestra» y los críticos literarios de The New York Times lo han colocado en la lista de los 10 mejores títulos de no ficción de 2023.
«Este es un libro sobre los muertos y la gente que queda atrás», apunta ella como declaración de intenciones. «También es una historia personal, escrita con mi propia voz, como ciudadana de una nación que no puedo reconocer como propia. Los miles que murieron fueron asesinados con el permiso de mi pueblo, así que escribo este libro porque me niego a ofrecer el mío».
El personaje público que órbita por Some People Need Killing es sin duda Rodrigo Duterte. «Se trata de un narrador extraordinario», dice sobre la personalidad del político. «Cogió cada temor y agravio alimentado por décadas de expectativas fracasadas y los incorporó a su discurso».
Cuando Duterte se hizo tremendamente popular en la década pasada, la prensa no tardó en compararlo con Donald Trump. Ambos adaptaron con éxito la retórica populista de siempre al siglo XXI gracias a las redes sociales. Sin embargo, Duterte era diferente. En sus intervenciones hacía que el lenguaje faltón de Trump pareciera un curso de protocolo sobre cómo tomar el té.
El filipino exhibía una artillería volcánica nunca vista en un proceso democrático. Cuando el debate público se centraba en la seguridad ciudadana, Duterte declaraba que con él al mando los peces se alimentarían de la grasa de los cadáveres de los delincuentes. Cuando se hablaba de narcotráfico, afirmaba que todo aquel que ejecutara al hijo yonqui de su vecino contaba con su bendición.
Pronto su tono dejó de escandalizar en Filipinas. Ni siquiera su popularidad se resintió cuando trascendió su burla hacia una misionera australiana que había sido violada por unos presos en una cárcel filipina.
Era el macho alfa del sur de Asia. Había alcanzado la presidencia tras haber sido alcalde de Davao, ciudad de la isla de Mindanao, donde instauró su política de mano dura y de manga ancha con escuadrones de la muerte que se dedicaban a matar con impunidad.
«Hizo creer a los filipinos que podían ser Duterte si lo deseaban», dice la reportera. Esta simbiosis líder-votante trajo un efecto que iba más allá de la autoestima colectiva, alimentado por la retórica de la violencia: «La gente empezó a creer que había personas que no merecían vivir».
Quienes supuestamente no merecían seguir respirando era los duruguistas, una palabra del tagalo con la que Duterte englobaba tanto a traficantes como a consumidores y toxicómanos. En su denominada lucha contra las drogas no había que hacer distinciones: todos eran culpables.
«Duterte no sólo era el héroe nacional, sino alguien capaz de convertirse en cualquier cosa que deseara el público», dice Evangelista. «En un mesías, un profeta...». Y añade: «Para muchos era como el mismísimo Jesucristo».
-He buscado estadísticas de consumo de drogas cuando Duterte llegó al poder y Filipinas estaba incluso por debajo de la media a nivel global. ¿Por qué gustó tanto esta estrategia tan agresiva?
-Había problemas, eso no se puede negar, porque había delincuencia y muertes relacionadas con ellas. Lo que hizo Duterte fue convertirlas en un enemigo tangible con el que luchar. Defendía que las drogas estaban detrás de todos los problemas que afligen al país y que él iba a acabar con ellas. Sin duda era un buen relato.
Evangelista y otros periodistas empezaron a poner en duda aquel relato y lo que encontraron fue una realidad sórdida que demostraba que las instituciones democráticas filipinas eran frágiles y corruptas. El Gobierno no defendía los derechos humanos, la Policía actuaba sin control judicial y el ciudadano se convertía en un vengador que arrancaba al Estado, con su consentimiento, el monopolio de la violencia.
No sólo eso. Duterte enseguida demostró que no iba a tolerar el cuestionamiento de sus políticas. «Sólo porque seas periodista no quedarás excluido de los asesinatos si eres un hijo de puta», declaró en una ocasión el presidente.
Lo cierto es que para Duterte en el mundo había muchos, demasiados, «hijos de puta». Estaban los drogadictos, también los periodistas. Incluso personalidades como Barack Obama y el papa Francisco. Todos eran, según él, unos «hijos de puta» que atacaban al país.
Evangelista habla de la culpa colectiva cuando todo se permite, todo se acepta: «La gente eligió a Duterte con la esperanza de que las cosas mejoraran. Los filipinos hemos pasado por estos ciclos una y otra vez: esperanza y desilusión, olvido y perdón, y luego esperanza de nuevo, sin pedir cuentas a los hombres y mujeres que nos fallaron».
El relato de la periodista demuestra la complejidad de Filipinas. País de una extraordinaria variedad étnica en una población de casi 100 millones, una geografía (más de 7.000 islas) aislacionista y un último medio siglo casi esquizoide con pulsiones tanto autoritarias como democráticas.
Evangelista es una prueba de estos altibajos. Nació en 1985, unos pocos meses antes de que cayera la dictadura de Ferdinand Marcos y se instaurara el régimen democrático.
-En Filipinas la política ha estado marcada por dinastías que van y vienen, de los Marcos a los Aquino. ¿Ha fundado Duterte la suya?
-Sí. Está forjada en el poder en Davao, donde fue alcalde mucho tiempo. Sus hijos han sido vicealcaldes y su hija, alcaldesa. Ahora ella es vicepresidenta del país...
Cuando Evangelista habla se percibe enseguida su capacidad de comunicar. Combina datos fríos con un tono emocional que es capaz de despertar las lágrimas. Hablamos de una mujer que con 18 años se impuso en el Campeonato Internacional de Oratoria y que encontró rápidamente trabajo en televisión como auxiliar de producción. Su madurez profesional la alcanzaría como reportera en la web Rappler, un referente informativo en Filipinas, liderado por Maria Ressa, Nobel de la Paz (2021).
En ese trabajo Evangelista conoció las noches más oscuras de Manila.
En la sección de Sucesos -ella la define como periodismo «del trauma»- no dejaba de encontrarse con muertos en la calle que le hacían plantear siempre las mismas preguntas: «¿Cómo fue el tiroteo? ¿Provenían los disparos de la Policía o de un justiciero? ¿Había un cartel con un mensaje junto al cuerpo?».
Era como seguir un reguero de sangre y llantos.
Cuenta Evangelista, cuando se le pregunta sobre cómo era un día cualquiera de trabajo en la capital filipina, que al aproximarse a la víctima lo primera que observaba era si la cabeza estaba envuelta con cinta de embalaje o en una bolsa de basura. «Luego uno tiene que contar las balas que hay en el suelo», dice enumerando tareas detectivescas como si hiciera una lista de la compra. «Acercarse a un transeúnte por sí conoce al muerto, ver si los policías colocan una prueba falsa, como una bolsita con droga, junto al cadáver ajusticiado...».
¿Qué es lo que aprendió Evangelista de esa rutina de morgues y casquillos? «A quedarme quieta, en silencio... A escuchar los gritos para averiguar dónde estaban los familiares de la víctima», dice. «Caminaba hacia ellos muy lentamente y les hablaba en voz baja, pensando que sólo eran hechos y que no había sentimientos».
Con sus notas se subía al coche y hacía balance del crimen. «Cerraba los ojos y reconstruía las escenas en mi mente para recordar si la nota tirada en el suelo que denunciaba a la víctima como narcotraficante había sido doblada dos veces, si ésta estaba impresa en Times New Roman a tamaño 12 y si las letras eran mayúsculas o minúsculas. O si la bala había entrado por la izquierda o la derecha del cráneo...».
En una de esa investigación llena de puntos ciegos es cuando Evangelista conoció a un hombre que identifica en su libro con el seudónimo de Simon. Se trataba de un asesino que quería extirpar a tiros lo malo de la sociedad. Simon sólo había matado a dos personas, si bien había sido cómplice de otros crímenes.
«Como muchos seguidores de Duterte, Simon se considera un buen hombre. Alguien con convicciones religiosas y padre de familia. Me contó que cuando asesinó a un traficante sintió que contribuyó a que el futuro de sus hijos fuera más seguro. Llamaba a su labor de vigilante su trabajo (en español)».
Así que Simon se convirtió en su fuente.
-¿Cómo se lidia con el miedo cuando se trata con asesinos?
-Siempre tuve miedo. Lo convertí en algo práctico porque un periodista debe tenerlo. Si no lo reconoces, nunca estarás preparada para recibir el impacto. Hay que ser precavida. Un error no sólo es fatal para ti, sino también para tus fuentes.
"Me provocó una gran culpa sentir alivio, mientras aquella viuda lloraba desconsoladamente"
En una ocasión, la periodista se reunió con Simon en una habitación de hotel. Allí el asesino le confesó: «No soy un mal tipo, pero algunas personas necesitan matar». Una frase que le impactó tanto que la utilizó para titular su libro. Lo inquietante, explica Evangelista, no fue su respuesta en sí, sino cuando Simon reconoció que aquella noche tenía un trabajo. «Comprendí cuando se marchó de la habitación que yo estaba dejando escapar a un asesino y que no podía hacer nada».
-Cada periodista siempre tiene una historia que haya cubierto de la que siempre se acuerda por alguna razón, aunque no haya sido la más importante. ¿Cuál es la suya?
-Una noche acudí a un puente donde había aparecido un cadáver. Eran las dos de la mañana. Se trataba de un hombre grande con los pies descalzos y la cara envuelta en cinta de embalaje. Cuando alguien con unas tijeras estaba intentando rajar la máscara que le cubría para identificarlo, tuve la sensación de que yo conocía a la víctima. Empecé a marearme, las piernas me temblaban. De repente, una mujer vino corriendo y abrazó al muerto. Gritaba. Entonces supe que era su marido.
-¿Qué sucedió?
-Tuve una sensación contradictoria al certificar que no conocía al fallecido. Me provocó una gran culpa sentir alivio, mientras aquella viuda lloraba desconsoladamente.
Cada vez que se encontraba en una situación crítica emocionalmente, Evangelista recurría a sus colegas en la crónica negra de Manila. Un cigarrillo cuando las sirenas de Policía se alejaban o una cena evitaba muchas lágrimas y ansiolíticos por culpa del horror del que eran notarios.
Esa hermandad era su único paliativo, lo que la ayudaba a levantarse al día siguiente para seguir buscando historias. «Mi trabajo consistía en ir a los sitios donde la gente moría. Hacías tu maleta, hablabas con supervivientes, escribías tu historia y esperabas a la próxima catástrofe». Y recalca: «Por desgracia, yo no tenía que esperar demasiado».





