Si no fuese porque supone uno de los episodios más negros en la historia del fatal destino de nuestro patrimonio artístico, la aventura del yate Vita, al final de la Guerra Civil española, tiene todos los elementos para ser una magnífica novela bélica de intriga y traición: un acuerdo internacional firmado a la luz de los faros de un coche, bajo el manto de oscuridad que dejaron las bombas, para salvar aparentemente algunas de las obras más importantes de la historia del arte; el informe de un agente secreto mexicano que describe la llegada a su país de un misterioso barco cargado con un fabuloso tesoro, y, por último, la lucha a muerte entre Juan Negrín e Indalecio Prieto, dos políticos del mismo partido, el PSOE, capaces de todo por mantener el control del Gobierno republicano en el exilio. Personajes santificados en las narraciones convencionales cuyo arco dramático los transformaría de héroes vencidos en avaros villanos.
Arte y caja de reparaciones
Cátedra. 256 páginas. 21,95 ¤ Ebook: 15,49 ¤
Pero no es una novela. Es una investigación del historiador Arturo Colorado Castellary, catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid. En concreto, el cuarto libro de la serie que ha dedicado al destino del patrimonio artístico y cultural español durante la Guerra Civil. Porque Arte y Caja de Reparaciones viene precedido de Éxodo y exilio del arte (2008), Arte, revancha y propaganda (2018) y Arte, botín de guerra (2021), todos ellos editados por Cátedra, y en los que se analiza de forma precisa (hasta donde permiten los documentos) qué sucedió con los bienes artísticos españoles durante el conflicto fratricida. Desde la destrucción del arte religioso por parte de las milicias republicanas o la salida de las obras del Museo del Prado (que el Gobierno transportaba consigo como garantía de seguridad en los sucesivos cambios de sede, de Madrid a Valencia y de ahí a Barcelona), hasta las piezas que se apropiaron ambos bandos, algunas de las cuáles aún busca su legítimo dueño. Y otras que, como se ha publicado recientemente, han parecido en los fondos del Museo del Prado y cuyo origen fueron, por un lado, las requisas franquistas al final de la Guerra, pero también las que llevó a cabo la República a través de la Caja de Reparaciones.
Confiscaciones
Al poco de iniciarse la contienda, el Gobierno de la República creó dos instituciones para velar por la conservación de las principales obras de arte, en peligro por los constantes bombardeos. La primera, el 1 de agosto de 1936, fue la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, dependiente del Ministerio de Educación y Bellas Artes (dirigido por Jesús Hernández, del PCE), que gestionó hasta el final de la guerra el pintor Timoteo Pérez Rubio. Esta Junta se ocupó de proteger principalmente las obras del Museo del Prado. La segunda de las instituciones fue la Caja de Reparaciones, cuyos fines eran menos altruistas. Dependiente del Ministerio de Hacienda (entonces en manos de Juan Negrín), fue creada el 23 de septiembre de 1936 con el objetivo de apropiarse de los bienes "con cargo a la responsabilidad civil de los que han tenido participación directa o indirecta con el movimiento rebelde". Es decir, una incautación punitiva a los sublevados y a quienes les apoyaban.
"La Caja buscaba y requisaba los bienes de los sediciosos que habían provocado el golpe de Estado para con ellos poder afrontar los quebrantos económicos provocados por la Guerra Civil", señala Arturo Colorado. La Caja de Reparaciones tenía sedes en todas las provincias bajo control republicano.
Mina de talco
Cuando el asedio a Madrid avanzaba, una gran parte de estos bienes incautados acompañaron al Gobierno de la República en su periplo por Valencia y Barcelona (junto con el Gobierno de la República), y se añadieron a los 71 camiones que contenían las principales obras de arte patrimoniales reunidas por la Junta del Tesoro Artístico.
La expedición recaló finalmente en una mina de talco en el pueblo de La Vajol, en el alto Ampurdán. Era febrero de 1939, en plena retirada. "Mediante la intervención extranjera", narra Colorado, "se forma un comité internacional de museos del mundo democrático y las obras de arte son evacuadas a Ginebra. Sucedió después de dos días de negociaciones porque al principio el Gobierno de Negrín se negaba a entregar las obras si no se añadía una cláusula que asegurara su regreso a España".
Sin embargo, el botín correspondiente a la Caja de Reparaciones -"con la excepción de 85 obras de gran valor artístico" que también fueron a Suiza- se dirigió hacia el puerto francés de Le Havre, con destino a México a bordo del Vita.
La investigación de Colorado se centra en saber si entre el dinero en metálico, los lingotes de oro, las joyas y los objetos preciosos de ese fondo que fue embarcado en el Vita se colaron también obras de arte mayores. La conclusión es que no existen evidencias de que eso sucediera, Pero nunca se sabrá con exactitud el contenido del cargamento, ya que las autoridades republicanas no hicieron ninguna relación ni al salir de Francia ni al llegar a México: "El único inventario que se conoce es el de Amaro del Rosal [miembro del PSOE y responsable de la Caja de Reparaciones hasta casi el final de la Guerra], que parece que no tuvo nada que ver con el contenido real del yate Vita", señala Colorado. Ese listado, sugiere, habría sido exagerado por el propio Del Rosal, un negrinista que sólo buscaba desacreditar a Indalecio Prieto, que ya estaba en México y se hizo con el botín del Vita una vez que el barco atracó en la ciudad de Tampico el 30 de marzo de 1939.
Un barco misterioso. "A las 19:30 minutos, encontrándose ya el tren listo para partir, al carro Chadrón [el vagón especial de pasajeros del convoy ferroviario que sacaría el cargamento del puerto de Tampico] llegaron rápidamente tres españoles, uno de ellos con anteojos oscuros y boina vasca, de estatura baja, robusto". El agente especial José Odriozola, de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales de México, no sabe que está describiendo a Indalecio Prieto. El poderoso político socialista, ministro de Defensa durante la guerra, competiría con Juan Negrín -último jefe del Ejecutivo de la Segunda República, nombrado por el presidente Azaña- por el control del Gobierno republicano en el exilio. Contra la voluntad de Negrín, que deseaba también instrumentalizar esa fortuna, Prieto se apodera del cargamento del Vita en connivencia con el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas.
El documento inédito del agente mexicano, recientemente desclasificado y que Antonio Colorado ha localizado durante su investigación en aquel país, es la única prueba de lo que sucedió a la llegada del Vita. Sabiendo que su cargamento ayudaría a sanear las malogradas arcas mexicanas, el Gobierno de Cárdenas prohibió cualquier documentación visual del atraque. Tampoco hubo inspecciones de aduanas, ni siquiera sanitarias.
La ausencia de información despertó numerosas fábulas en la prensa local, que especulaba erróneamente con la llegada de Azaña o del lehendakari vasco, José Antonio Aguirre. Sí está acreditada la presencia de Enrique Puente, guardaespaldas de Indalecio Prieto, encargado de seguridad del envío y jefe de La Motorizada, la milicia socialista responsable del asesinato de José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936, que precipitó el inicio de la Guerra Civil.
Opacidad
El historiador Francisco Gracia Alonso, que publicó junto a Gloria Munilla El tesoro del Vita -editado por la Universidad de Barcelona en 2014-, asegura que el número de bultos "que indica Amaro del Rosal en su inventario no concuerda con los que indica el capitán del barco, ni con los que son descargados en el puerto de Tampico, ni con el número de bultos que luego se llevan a la casa alquilada de Indalecio Prieto".
Luchas intestinas de la república
"Cuando se constituye el Gobierno de la República en el exilio en el 45, dirigido por José Giral", cuenta Colora-do, "reclama tanto a Prieto como a Negrín el estado de cuentas", lo que cada uno había gestio-nado con sus organismos de la ayuda al exilio: el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE), bajo la dirección de Negrín, y la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), creada también en Francia, pero en manos de Prieto. "Prieto se niega a entregarlo hasta que el Gobierno de la República -formado tras años de luchas internas entre los partidos de izquierda y nacionalistas- no avale apriorísticamente su gestión", relata Gracia. Es decir, validarlo sin conocer los números. "Giral no aceptó"
La carga va menguando hasta que no queda registro alguno de lo que contenía. "Prieto se dedica a desmontar las joyas. Funde los metales y los vende al Banco de México", explica Arturo Colorado, que también ha probado ventas de algunos objetos en EEUU: esto llevó a que el Gobierno mexicano terminara incautándose, en diciembre de 1940, de los bienes que quedaban del Vita y que administraba la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), organismo que dependía de Prieto -frente al Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE), controlado por Negrín-.
"Indalecio Prieto se desprestigió totalmente por ese tema. Jamás, que yo sepa, dio cuenta de los bienes de los que se había apropiado y que representaban un enorme poder económico y político", asegura Colorado. "No fue un proceso todo lo transparente que tendría que haber sido", coincide Francisco Gracia, que además subraya el carácter ilícito de las ventas que llevaron a cabo tanto Prieto en México como Negrín en Francia.
Negocios fallidos
Prieto aumenta su tesorería "con ingresos alternativos, movilizando algunos fondos que la República tenía en América e incluso vendiendo el yate", añade Gracia. "En dólares de la época y partir de la contabilidad que se realiza en 1942, el total estimado que acumuló Indalecio Prieto fue de 5.303.281,49", precisa el investigador y profesor, que llegó a ese cálculo cruzando la contabilidad de tres dirigentes de la JARE y el Banco de México. "Es una barbaridad, que aún sería mayor porque hay que tener en cuenta que las conversiones y la desaparición de los objetos no tuvo en cuenta su valía artística". Con ese dinero, Prieto inicia una serie de negocios e inversiones que fracasaron estrepitosamente "no tanto por corrupción como por mala gestión", y dedica otra parte a ayudar a los exiliados en Francia y México. Pero no a todos.
"La forma en la que se distribuyeron las ayudas fue sectaria", asegura Gracia. "Los miembros de la JARE básicamente ayudaron a republicanos liberales y socialistas", dejando fuera del reparto "a comunistas y anarquistas". Se conservan numerosas cartas de en las que los exiliados rogaban ayuda. "Las peticiones eran del tipo: necesito ponerme un diente, necesito unas gafas, necesito pagar un mes de la habitación de la pensión porque he pedido el trabajo. Era pura supervivencia".
La investigación de Arturo Colorado recoge también la gestión que hizo el franquismo de la Caja de Reparaciones que quedó en España y sus intentos por recuperar lo que se extrajo del país, que ha tratado en otros trabajos anteriores. El libro reseña listados de obras y su destino: desde las restituciones al almacenamiento, en el Ministerio de Hacienda, de joyas y bienes suntuarios, pasando por el desvío de valiosas obras a personas que no eran sus legítimos dueños, y que hoy se hallan en paradero desconocido.
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