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Para la propaganda norcorena, el "querido camarada" Kim Jong-un es la "mejor persona del mundo". Así lo presentaba un adulador editorial del diario Rodong Sinmun después de que el dictador fuera reelegido esta semana como líder del Partido de los Trabajadores durante un coreografiado congreso que se celebra cada cinco años.
"Bajo su liderazgo, Corea del Norte ha alcanzado el máximo nivel de fuerza militar absoluta", rezaba el editorial. "Kim Jong-un ha conseguido logros inimaginables que otros habrían tardado siglos en alcanzar". En Pyongyang, la hipérbole no es un exceso retórico; es doctrina de Estado.
Miles de delegados de las élites del partido han participado en una liturgia quinquenal diseñada para exhibir unidad y disciplina. El cónclave político en Pyongyang ha consolidado aún más la figura autoritaria de Kim y su control del poder después de 15 años al frente del aislado régimen asiático.
El miércoles por la noche, tras el cierre del IX Congreso del partido gobernante, en la capital hubo un gran desfile militar con más de 14.000 tropas. Los medios estatales publicaron fotografías de la hija del líder, la adolescente Ju-ae, acompañando en el acto a Kim en medio de las especulaciones sobre que está siendo preparada como sucesora.
A diferencia de otros desfiles, esta vez no hubo procesión de misiles balísticos intercontinentales o armas nucleares. Lo que sí se repitieron fueron las habituales amenazas de Kim, quien advirtió que se lanzarán ataques de represalia "inmediatos" contra cualquier amenaza a la soberanía del país. El líder supremo se comprometió además a construir más armas nucleares y mejorar sus programas de misiles.
En el discurso difundido por los medios estatales se coló, sin embargo, un inesperado guiño a Estados Unidos. Kim sugirió que su país podría "llevarse bien" con Washington, siempre y cuando los estadounidenses respeten el estatus de Pyongyang como potencia nuclear. El matiz es clave: Corea del Norte no negocia la desnuclearización; aspira a que se normalice su condición atómica.
El comentario llega en un momento de especulación sobre un posible intento de reactivar la diplomacia personalista que en 2018 llevó a Kim a estrechar la mano de Donald Trump en Singapur. Aquel deshielo, que continuó con una cumbre en Hanói, se evaporó sin acuerdos sustantivos. Desde entonces, Corea del Norte ha avanzado en combustible sólido, satélites militares y capacidades de ataque. Ahora hay muchos rumores sobre que Trump podría intentar una reunión con Kim aprovechando que a finales de marzo viajará a Asia para una visita oficial en China.
"Si EEUU respeta el estatus actual de nuestro país tal como está estipulado en la Constitución y retira su política hostil no hay razón por la cual no podamos llevarnos bien con Estados Unidos", dijo Kim, que en cambio cerró la puerta a cualquier idea de construir lazos más estrechos con Corea del Sur, a quien calificó como su "enemigo más hostil".
Incluso, según destacaron los medios estatales, Kim advirtió que sus fuerzas podrían "destruir por completo" al país vecino si la seguridad del Norte se viera amenazada. La retórica endurecida contra Seúl no es nueva, pero sí coherente con la decisión del régimen de dinamitar canales de cooperación.
Durante el congreso celebrado esta semana, los líderes norcoreanos discutieron y presentaron las políticas económicas y militares de cara a la próxima década, aunque apenas se han conocido detalles de la agenda. La opacidad es marca de la casa. Corea del Norte sigue lastrada por sanciones internacionales, cierre de fronteras y una crónica escasez energética y alimentaria. El mensaje oficial insiste en la autosuficiencia; la realidad apunta a una dependencia creciente de China, su salvavidas comercial.
La noticia que sí ha transcendido estos días es que Kim Yo-jong, la poderosa hermana del presidente, ha sido ascendida a jefa del Departamento de Propaganda del partido -anteriormente era subdirectora-, consolidando su papel como guardiana del relato y operadora política, cuyo papel incluye supervisar las relaciones entre las dos Coreas. En un sistema donde la lealtad familiar es garantía de supervivencia, su promoción refuerza la dinastía.

