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"Nuestra nación está de vuelta. Más grande, mejor, más rica y más fuerte que nunca": Trump saca pecho en un Discurso sobre el Estado de la Unión triunfalista y nada conciliador

El presidente ataca a la oposición y a los inmigrantes y repite paso a paso la pauta del año pasado, con un show de dos horas lleno de invitados sorpresa, medallas en directo a soldados y bronca

Así fue el discurso del Estado de la Unión de Trump: vítores, gritos y reproches.AFP
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Un discurso largo, el más largo de la historia. Un espectáculo total en busca de la viralidad, con más invitados y apariciones sorpresa que nunca antes. Con más entregas de medallas y galardones que en todos los anteriores juntos. Un discurso triunfalista, al más puro estilo Trump, cargado de provocaciones, populismo, de mentiras y medias verdades. De risas y más de 100 ovaciones en pie de sus partidarios. Una intervención cargada de ataques a la oposición, a la inmigración, a las políticas de igualdad y diversidad y a los críticos de la administración. Un Discurso sobre el Estado de la Unión con poca solemnidad, ningún intento de reconciliar a un país y una nación rotas, sin casi ninguna novedad de contenido y que tenía como objetivo principal y casi único intentar recuperar el control de la narrativa y fijar el tono ante la única cita que importa ahora mismo en EEUU: las elecciones legislativas de noviembre.

"Nuestra nación está de vuelta. Más grande, mejor, más rica y más fuerte que nunca", dijo el presidente en sus primeras palabras. "Este 4 de julio, conmemoraremos dos siglos y medio de libertad y triunfo, progreso y libertad en la nación más increíble y excepcional que jamás haya existido sobre la faz de la tierra. Y aún no han visto nada. Estamos en la era dorada de Estados Unidos. Cuando hablé por última vez en esta cámara, hace 12 meses, acababa de heredar una nación en crisis, con una economía estancada, una inflación récord, una frontera abierta, unos niveles de reclutamiento horrendos para militares y policías, una delincuencia rampante y guerras y caos en todo el mundo. Pero esta noche, después de tan solo un año, puedo decir con dignidad y orgullo que hemos logrado una transformación sin precedentes, un giro para la historia. Hoy nuestra frontera está segura, nuestro espíritu se ha restaurado. La inflación se desploma, los ingresos aumentan rápidamente. La economía, en pleno auge, avanza como nunca antes, nuestros enemigos están asustados, nuestro ejército está preparado y Estados Unidos vuelve a ser respetado como nunca antes", afirmó en los primeros compases.

El discurso llega en uno de los momentos más delicados para el presidente, tocado, herido, mostrando sus costuras. Con su popularidad en niveles mínimos, tras la sentencia del Tribunal Supremo que ha privado a la administración de su instrumento favorito para hacer política económica y política exterior [Trump arremetió contra ella aunque había cuatro jueces del Supremo en la sala]. Con un Congreso que ha sacado adelante dos votaciones contra los deseos de la Casa Blanca y que tiene congelada la financiación del Departamento de Seguridad Nacional, el que controla a las agencias migratorias como el ICE. Con las ondas expansiva del caso Epstein forzando detenciones y dimisiones en Europa o el mundo empresarial estadounidense. Con la sensación de que Trump ya no es omnipotente. Que ya no es invencible y su figura va a llevar a su partido a perder las elecciones de medio mandato. Que es, en suma, como fueron sus predecesores, un 'pato cojo', un presidente en sus últimos compases y con menos ascendiente del que tenía hace sólo unos meses.

Trump, que había avisado de que su discurso sería muy largo porque tenía muchas cosas que contar y muchos éxitos que repasar, no hizo ningún intento de cerrar heridas, tender la mano, reducir la polarización y suavizar el aire irrespirable de Washington. Al revés. Su estrategia es muy clara: negar cualquier posible error, culpar a los inmigrantes y la oposición de todos los males y repetir una y otra vez que la economía está mejor que nunca, gracias a él. Hablando de la Bolsa y sus máximos o presumiendo, de forma increíble, de que ahora dos millones y medio de personas menos reciben 'foods stamps', ayudas de comida. No porque haya menos pobres, sino simplemente porque su ley presupuestaria las ha recortado.

MARCANDO EL TONO DE LAS MIDTERM

Ningún Discurso del Estado de la Unión ha cambiado nada en la política estadounidense. Éste tampoco lo hará, pero sirve para ver por dónde irán los tiros los próximos meses, con el presidente articulando un mensaje en torno a la seguridad, el crecimiento (aunque sea parco) y la idea de que EEUU era un perdedor, un pardillo en el mundo, y ahora no deja de ganar. Literalmente. "Nuestro país está ganando de nuevo. De hecho, estamos ganando tanto que realmente no sabemos qué hacer. La gente me dice 'Por favor, por favor, señor presidente, estamos ganando demasiado. Ya no podemos soportarlo más. No estábamos acostumbrados a ganar en nuestro país hasta que llegó usted'", dijo en un momento mientras los jugadores de la selección nacional de hockey sobre hielo lucían sus medallas de oro en las escaleras de la sala.

La escena que mejor resume la noche tuvo lugar aproximadamente cuando el presidente llevaba ya una hora hablando. Fueron los momentos más tensos, llenos de protestas, gritos, reproches por los ataques a la comunidad somalí y los extranjeros como criminales. Trump estaba cómodo provocando a la oposición con menciones a un posible tercer mandato y cambios en las leyes electorales, y éstos, que tenían de invitados a víctimas de Epstein, buscaban desesperadamente sacar de quicio al presidente, romper su guion con gritos, interrupciones, carteles y abucheos.

Fue ahí cuando el presidente, mientras exigía al Congreso "la restauración total e inmediata de todos los fondos para la Seguridad Fronteriza", mostró sus intenciones diciendo: "una de las grandes ventajas del Discurso sobre el Estado de la Unión es que les da a los estadounidenses la oportunidad de ver claramente lo que realmente creen sus representantes. Por eso, esta noche, invito a todos los legisladores a reafirmar un principio fundamental. Si están de acuerdo con esta afirmación, levántese y muestren su apoyo: el primer deber del gobierno estadounidense es proteger a los ciudadanos estadounidenses, no a los inmigrantes ilegales".

La mitad de los presentes se pusieron efectivamente en pie. El Gobierno, los Republicanos, algunos de los invitados. La otra mitad, no. La escena no fue rápida. Trump aguantó, encantado, sin decir nada durante un par de minutos, con todas las miradas y cámaras sobre él. Entre aplausos, abucheos y con gestos y muecas, extendiendo el brazo como para señalar que no comprendía cómo podían permanecer sentados. No hace falta ser un experto para saber que en los próximos meses, uno de los principales anuncios de campaña de los Republicanos será ese, el presidente diciendo que el deber del Gobierno es proteger primero a los americanos y la oposición, negándose a seguirle el juego o a participar, seguía sentada. Como si antepusiera a los ilegales. La trampa era obvia, pero no había salida buena.

Los que siguieron la comparecencia de Trump en el Capitolio hace ahora un año habrán tenido un déjà vu. Entonces, el recién jurado presidente había presumido de "un mandato para un cambio audaz y profundo" y avisado de que su administración iba a tomar "el poder de las manos de esta burocracia irresponsable y restaurar la verdadera democracia en Estados Unidos". Ese día estaba exultante, triunfante, tras una victoria indiscutible, tras haber sobrevivido a un intento de asesinato. Hoy, ha reivindicado esa transformación en una noche casi calcada, diseñada por las mismas personas, con los mismos trucos efectistas, el mismo lenguaje, las mismas prioridades, el mismo espíritu, ahora vestido de lucha contra el fraude, tanto electoral como de los programas de servicios sociales.

UN DÉJÀ VU DE 2025

Aquella intervención, entonces también la más larga de la historia, fue bronca al principio, llena de reproches y abucheos. Evolucionó hacia una declaración de intenciones al más puro estilo Trump sobre sobre la transformación que iba a protagonizar. Y terminó siendo el espectáculo que él y sus seguidores adoran y necesitan. Un show diseñado para las televisiones y las redes sociales, haciendo desfilar a sus altos cargos, firmando órdenes ejecutivas sobre la marcha, llevando a media docena de víctimas de asesinos extranjeros. Nombrando en directo "miembro del Servicio Secreto" a un niño de 13 años enfermo de cáncer cerebral. Dando reconocimientos a víctimas de abusos sexuales o de "ideologías de género". O informando a un joven partidario entre aplausos que ha sido admitido en West Point, la academia militar.

Este año se ha repetido la pauta detalle a detalles. Al igual que en 2025, el congresista afroamericano Al Green fue expulsado apenas minutos después del inicio del discurso, esta vez porque llevaba un cartel que decía "¡Los negros no son simios!", una referencia a un reciente post en las redes sociales del presidente en el que el matrimonio Obama eran monos. A los 15 minutos de empezar el acto, entró en la sala la selección masculina de hockey sobre hielo de Estados Unidos, que ganó las olimpiadas hace unos días. Todos con sus medallas recibiendo una ovación mientras el presidente anunciaba que Connor Hellebuyck, el portero de la selección, recibirá la Medalla Presidencial de la Libertad, el honor civil más alto en Estados Unidos.

Minutos después, honró a George "Buddy" Taggart, un soldado que luchó en la Segunda Guerra Mundial a las órdenes de MacArthur y que cumplirá 100 años... el 4 de julio de 2026, el día en el que el país celebra su 250º aniversario. Justo a continuación, las cámaras enfocaron a un miembro de la Guardia Costera junto a la niña que rescató el verano pasado en las horribles inundaciones de Texas, en un campamento infantil. Y más tarde, de forma calcada al año pasado, bautizó una futura ley para prohibir la emisión de carnets de conducir comerciales a inmigrantes ilegales, con el nombre de Delilah, una niña que fue víctima de un accidente hace unos meses con un camión conducido por una persona sin permiso para residir en EEUU. Y los familiares de una mujer apuñada. El resto de la noche fue similar. La viuda de Charlie Kirk, una joven que se arrepintió de una transición, el piloto de uno de los helicópteros que participaron en la captura de Maduro, cojo por los proyectiles de las defensas venezolanas que destrozaron su pierna.

Anuncios, pocos. Promesas de hacer pagar a las tecnológicas por el consumo de energía de sus centros de datos para la IA. De que los fondos no puedan comprar viviendas familiares. O que habrá regulación para que los diputados no puedan enriquecerse en los mercados con información privilegiada, algo de lo que se acusa no sólo a muchos cercanos a la Casa Blanca, sino a miembros del Gobierno y sobre todo de la familia Trump.

El presidente cerró el discurso, rozando las dos horas, igual que había empezado, recordando el inminente 250º aniversario de la nación, la Declaración de Independencia y al "brillante Thomas Jefferson". Cuando el mundo necesita coraje, audacia, visión e inspiración, dijo el presidente, "sigue recurriendo a Estados Unidos, y cuando Dios necesita una nación que obre sus milagros. Él sabe exactamente a quién recurrir. No hay desafío que los estadounidenses no puedan superar, ninguna frontera demasiado vasta para que la conquistemos, ningún sueño demasiado audaz para que lo persigamos, ningún horizonte demasiado lejano para que lo reclamemos, pues nuestro destino está escrito por la mano de la Providencia, y estos primeros 250 años fueron solo el comienzo (...) La era dorada de Estados Unidos ya está aquí. La revolución que comenzó en 1776 no ha terminado. Continúa, porque la llama de la Libertad y la Independencia aún arde en el corazón de cada patriota estadounidense, y nuestro futuro será más grande, mejor, más brillante, más audaz y más glorioso que nunca", prometió.

"El estado de nuestra Unión es fuerte", aseguró Trump. Puede que fuerte sea su Gobierno, sus perspectivas, la Bolsa, los aranceles, su presencia exterior, el control del Hemisferio. Fuertes pueden der muchas cosas, pero si algo reflejó el discurso es que la unión, no. El país llegó dividido y salió igual o peor.