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Love Story (Disney +) no pretende ser una elegía de aquella aristocracia estadounidense que pudo ser y no fue. La nueva serie sobre John John Kennedy y Carolyn Bessette es una celebración de la pareja, no la crónica del final de los Kennedy, lo más parecido que Norteamérica ha tenido a una familia real.
Pero allí hay otros aristoclanes de menor de rango que, como la nobleza europea, se preocupan por saber cuándo abrir el círculo y cuándo no. Lauren Bush y David Lauren están dentro de ese círculo. Ella es sobrina del ex presidente Bush (hijo); él es hijo de Ralph Lauren.
Volviendo a Love Story, en la serie se nos recuerda lo mal que llevaba Calvin Klein (era el jefe de Carolyn, por eso aparece) las comparaciones con Lauren.
Ambos fundaron sus empresas casi al mismo tiempo (1967-1968) pero la imagen que proyectaban no transmitía paralelismo sino contraste: el estilo de Ralph Lauren mitificaba una Estados Unidos conservadora, tradicional y campestre, mientras que Calvin Klein apelaba a los profesionales urbanos, dinámicos y sexies. Ellos mismos fueron el mejor producto de sus marcas.
Mientras Klein reinaba entre la clase creativa neoyorquina, Lauren pronto fue percibido como miembro de pleno derecho de la aristocracia-no-aristocracia de la costa Este. Ralph vendía la fiabilidad de lo antiguo; Calvin la emoción de lo nuevo.
Ralph Lauren, un emprendedor de orígenes humildes que había comenzado vendiendo guantes, eligió el elitista polo como deporte-emblema de su línea más exitosa. Sesenta años después, su pedigree auto-generado no es jamás cuestionado y que sus descendientes emparenten con una élite social mucho más vetusta no chirría en absoluto. Lauren Bush y David Lauren no son, por tanto, una pareja disonante. David Lauren vive una versión prémium del sueño americano: el dinero amasado por los negocios relativamente recientes de su padre se ha convertido en lo más parecido a la nobleza "de toda la vida". Ellos nunca lo dirán con esas palabras (pues el sueño americano desprecia por definición la misma idea de nobleza), pero así es.
MARTES Y TRECE
Como en Downton Abbey, es a menudo la burguesía norteamericana la que tiene la herramienta fundamental con la que la nobleza sostiene su estatus: dinero. No hemos visto todavía a una Kardashian "rescatar" con su patrimonio algún apellido de rancio abolengo del viejo mundo, pero tiempo al tiempo.
El mecanismo es, por otro lado, de doble filo. Para Corinna Larssen, el título de princesa funcionaba como un extra a la hora de integrarse en determinados círculos. Círculos de los cuales ella obtenía pasta, evidentemente. A la familia Bush (unos Kennedy de Hacendado, si me preguntan) les entra también dinero de la venta de ropa y accesorios. Están forrados, pero los Lauren lo están más.
Veintitantas veces más, concretamente. Las cacerías de los Bush no las pagarán los porteros automáticos de Jaume Canivell, como en La escopeta nacional, pero quizá sí millones de camisas Oxford con un jugador de polo bordado en la pechera.
Lauren Bush y David Lauren no son John John Kennedy y Carolyn Bessette. Nadie lo es. Y nadie en ese mundo quiere serlo. La fama global se la dejan a las Kardashians. En Europa se compran títulos, en América se inventan. Lo de "la aristocracia del dinero" nunca fue más literal.
Los Lauren no son los únicos que han recubierto su apellido de dorado por obra y gracia del capitalismo. De hecho, apenas ningún apellido ilustre Made in USA no es producto (nunca mejor dicho lo de "producto") de los negocios. En algunos casos, esos negocios son parte de la misma fundación del país; en otros, como en el caso de Ralph Lauren, hablamos de empresas del siglo XX.
Aerin Lauder, una de las princesas de Manhattan, es nieta de Josephine Esther Mentzer, una inmigrante de segunda generación de padres húngaros. Josephine Esther cambió su nombre por el mucho más comercial "Estée" (su familia la llamaba así de pequeña) y el apellido por el de su marido: Lauder. Nacía así el imperio de la cosmética del que emana la inmensa fortuna de Aerin y Jane Lauder. Ambas están casadas con financieros, ambas tienen altísimos patrimonios y ambas son lo más parecido a la realeza que uno encuentra en las calles del Upper East Side neoyorquino.
El círculo de las hermanas Lauder seguro que incluye a las nietas de aquellas mujeres millonarias y ociosas a las que Capote humilló en los años 60 en su escandaloso Plegarias atendidas, un libro que, pese a no llegar a publicarse en su momento, generó un enorme revuelo. Aquellos cisnes (así las llamaba Capote) no eran aristócratas, pero se comportaban como tales. Herederas y/o casadas con hombres ricos, los cisnes operaban como marquesas y duquesas de un país donde esas cosas realmente no existen.
Dentro de no tantos años, una nueva aristocracia autogenerada, la de los cachorros de los gigantes tecnológicos, quizá caiga en la tentación de los modos y maneras de los ricos del viejo mundo. Radicados en la otra costa de Estados Unidos, la del sol, el cine y las autopistas, esos nuevos cisnes, halcones más bien, llevarán sus apellidos (Zuckerberg, Systrom...) como aquí los llevan los Borbón, Hohenlohe o Falcó. Una generación después, llegarán los Zuckerberg-Borbón y los Systrom-Hohenlole. Suena aristocrático, no lo es. Pero Bush-Lauren suena muchísimo peor y ahí tienes a David y Lauren. Técnicamente plebeyos y casi reyes en realidad.

