La Conferencia de Seguridad de Múnich arranca este viernes con el eje transatlántico sometido a una tensión creciente. La alianza, columna vertebral de la arquitectura política y de seguridad surgida tras la Segunda Guerra Mundial, se ha visto debilitada desde la llegada al poder de Donald Trump, decidido en su segundo mandato a revisar -cuando no a cuestionar abiertamente- las normas y equilibrios internacionales. El deterioro en la relación entre Washington y Europa ha alcanzado tal magnitud que el propio foro se ve obligado a mirar hacia adentro.
El presidente de la conferencia, el diplomático alemán Wolfgang Ischinger, habla de una "demolición" del orden internacional. Y esa demolición es tan evidente que, por primera vez, los debates en Múnich no girarán en torno a una amenaza concreta ni a la seguridad en abstracta, sino al estado del propio sistema que sostuvo el mundo occidental durante más de medio siglo.
Ese enfoque introspectivo incorpora este año una dimensión latinoamericana poco habitual. Está prevista la intervención virtual de la líder venezolana y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, mientras que su hija, Ana Corina Sosa, estará presente en Múnich en representación del movimiento opositor. La situación política de Venezuela entra así en la agenda de la conferencia, un foro que tradicionalmente se ha ocupado muy poco de América Latina.
La cuenta atrás en las relaciones transatlánticas comenzó hace ahora un año en este mismo foro. Fue entonces cuando el vicepresidente estadounidense J. D. Vance cambió el tono de Washington hacia Europa. Exigió un mayor esfuerzo europeo en defensa y cuestionó la calidad democrática en la Unión Europea por la existencia de cordones sanitarios frente a formaciones ultraderechistas afines al movimiento populista MAGA. Aquella intervención anticipó la línea que consolidaría después Trump.
Sus palabras tuvieron una lectura inmediata en Alemania. Vance puso en cuestión el aislamiento político de Alternativa por Alemania (AfD), formación que mantiene sintonías ideológicas con sectores del trumpismo y cuya exclusión sistemática de pactos de gobierno ha sido defendida por los partidos tradicionales como dique frente a la extrema derecha. La crítica estadounidense no fue solo geopolítica, sino también ideológica: cuestionó el consenso democrático interno de varios países europeos y abrió una grieta incómoda en el debate sobre pluralismo, legitimidad electoral y límites del sistema.
Desde entonces, aranceles, amenazas territoriales -con el episodio de Groenlandia como símbolo de la tensión- y cuestionamientos de estructuras multilaterales han dejado claro que la confianza entre los pilares de la arquitectura occidental flaquea. La coerción económica, a través de una política arancelaria agresiva con impacto global, se ha convertido en un instrumento más de presión estratégica.
El presidente francés, Emmanuel Macron, ha descrito este momento como un punto de inflexión para Europa. "Si no hacemos nada, Europa en cinco años estará barrida", advirtió recientemente, llamando a abandonar lo que ha definido como un estado de "minoría de edad geopolítica". Para Macron, el continente debe aprender a comportarse como una potencia en un entorno internacional que ya no garantiza protección automática ni estabilidad estructural.
En la mayoría de las capitales europeas el tono público es prudente, aunque en privado el malestar no es menor. La ausencia del primer ministro canadiense, Mark Carney, privará además a los europeos de una voz que en Davos fue explícita en su respuesta a los órdagos de Trump. Sin ese respaldo externo, cualquier réplica corre el riesgo de diluirse en fórmulas de contención más que en un posicionamiento articulado: menos confrontación abierta y más diplomacia indirecta.
El encuentro será inaugurado por el canciller alemán, Friedrich Merz, en calidad de anfitrión. Está prevista la asistencia de hasta 15 jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, entre ellos el propio Macron; el primer ministro británico, Keir Starmer, que llega debilitado tras el impacto político del caso Epstein; la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, cuyo país quedó en el centro de la tormenta diplomática tras las tensiones en torno a Groenlandia; y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.
La intervención más observada será la del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. La incógnita es si mantendrá la línea de confrontación exhibida el año pasado por Vance o si modulará el tono. En paralelo, una delegación de hasta 50 senadores y congresistas estadounidenses asistirán también al foro con agenda propia, entre ellos el republicano Lindsey Graham -habitual en Múnich y próximo a Trump- y la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, reflejo de que el debate sobre el papel de Washington en Europa atraviesa también la política interna estadounidense.
También participarán el secretario general de la OTAN, Mark Rutte; el ministro de Exteriores chino, Wang Yi; y el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, en un momento marcado por la incertidumbre sobre la evolución del conflicto y la solidez del respaldo occidental.
La conferencia vuelve a celebrarse, sin embargo, sin la presencia de varios actores directamente implicados en los grandes eventos internacionales aun abiertos. Rusia permanece excluida desde la invasión de Ucrania en 2022; tampoco asistirán representantes del Gobierno iraní; no se ha anunciado participación oficial palestina de alto nivel; ni está prevista representación de Irak. Las ausencias refuerzan la percepción de que el foro funciona más como escenario de posicionamientos estratégicos occidentales que como oportunidad para la negociación en mayúsculas.
Como en ediciones anteriores, la conferencia estará acompañada de protestas en la ciudad. Se han convocado más de una veintena de manifestaciones y entre ellas una, en contra de la presencia de representantes de la AfD, que vuelve a ser invitada al foro tras las críticas lanzadas el año pasado por Vance al aislamiento político de formaciones de lo que algunos llaman "nueva derecha".
Pero más allá de los discursos oficiales y de las manifestaciones Múnich volverá a convertirse durante los dos días de conferencia en un espacio de encuentros entre responsables de inteligencia occidentales, negociaciones reservadas y contactos con la industria de defensa en un contexto de rearme acelerado.
