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Opinión

Venezuela, tres etapas y una hora decisiva

Venezolanos celebran el derrocamiento de Maduro, en Madrid.
Venezolanos celebran el derrocamiento de Maduro, en Madrid.ANTONIO HEREDIA
Actualizado

Las transiciones de una dictadura a la democracia atraviesan tres etapas. Primero, la liberación: el fin del dictador como poder efectivo. Después, la inauguración: la elección y el reconocimiento de un gobierno nuevo y democrático. Por último, la consolidación: cuando el bebé democracia ya camina con esfuerzo propio, con instituciones que se sostienen sin tutelaje ni miedo.

Venezuela, en las últimas horas, ha entrado —con incertidumbre y con una mezcla humana de temor y esperanza— en la fase de liberación.

La operación militar anunciada por Donald Trump, que terminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, y su traslado hacia jurisdicción estadounidense, ha abierto un parteaguas histórico.

La reacción de los escombros que quedan del régimen confirma la magnitud del golpe. Delcy Rodríguez aseguró desconocer el paradero de Maduro y exigió "prueba de vida". El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, habló de "resistencia" ante la presencia de tropas extranjeras y Diosdado, intenta medir daños y controlar el miedo. El chavismo busca transmitir fuerza porque sabe que lo más peligroso para ellos está por venir: una transición.

La liberación no es solo un hecho militar o policial. Para que sea verdadera y para que el pueblo venezolano sea dueño de su futuro, hay que "rayar la cancha" desde el primer minuto con tres condiciones claras.

El punto de no retorno: 28 de julio de 2024

La primera condición es la base de todo y la más importante es reconocer que el inicio real de este desenlace no fue esta madrugada: fue el 28 de julio de 2024, cuando millones de venezolanos, de manera pacífica y valiente, defendieron su derecho al voto y su voluntad de cambio. Aquella gesta no fue un episodio más: fue el punto de no retorno. La transición que se abra ahora debe beber de esa legitimidad y traducirla en autoridad democrática, no en improvisación.

Esa jornada dejó una enseñanza que el mundo a veces olvida: Venezuela no es un país "incapaz" de democracia. Es un pueblo educado, cívico y políticamente consciente, que resistió con urnas, actas, organización y valentía. Quien ignore esa raíz social, construirá un edificio sin cimientos.

La responsabilidad es de Maduro

La segunda condición es moral y política: esto es consecuencia directa de Nicolás Maduro. Durante años tuvo oportunidades para evitar un desenlace traumático: aceptando la voluntad popular, abriendo un proceso de transición, deteniendo la represión, desmontando el Estado criminal. Escogió lo contrario: aferrarse al poder por la vía violenta, normalizar la corrupción, convertir la persecución en método de gobierno y abrazar alianzas tóxicas —internas y externas— para sostenerse. Trump y su administración presentan esta operación como un acto de seguridad y justicia; el régimen, como una agresión. Lo cierto es que Maduro sembró el terreno para este final.

Ahora, quienes queden entre los escombros del madurismo deben entender algo elemental: si el camino elegido es la resistencia criminal, terminarán en la misma ruta que Maduro y Cilia.

Las medidas urgentes del "día uno" para la liberación.

En tercer lugar, la liberación, para ser real, exige decisiones inmediatas:

· Liberación de presos políticos y garantías verificables para el regreso seguro de exiliados. Sin eso, no hay transición: hay revancha o simulacro.

· Neutralización y desarme de los cuerpos represivos y de estructuras paramilitares. La paz no se decreta: se garantiza. Sin monopolio legítimo de la fuerza en manos de un Estado en transición, el país se expone a venganzas, saqueos, fragmentación territorial y "señores de la guerra".

· Cooperación internacional amplia —humanitaria, institucional y de reconstrucción— para evitar el colapso de servicios, asegurar corredores humanitarios, reactivar economía y reconstruir justicia.

· Transición de unidad nacional: reconociendo el liderazgo de Edmundo González, María Corina Machado y la Plataforma Unitaria, junto con todo aquel que se deslinde de la dictadura y apoye decididamente la democracia. Una transición requiere administración, control territorial, técnicos, gobernadores, mandos institucionales.

Inaugurar la democracia y luego consolidarla

Posteriormente, La fase de inauguración debe ser clara en fecha y modo: un gobierno de transición reconocido, con un calendario rápido de elecciones libres y verificables, con observación internacional robusta, justicia transicional y un plan mínimo de estabilización.

Finalmente, la consolidación será el verdadero desafío: reconstruir Estado de derecho, recuperar economía lícita, desmontar redes criminales, reabrir escuelas y hospitales, devolver confianza al ciudadano. La democracia no será un acto, será un proceso.

Un antes y un después para la región... y para España.

Lo que pasa hoy en Venezuela reconfigura el tablero contra los totalitarismos del continente. Cuba y Nicaragua miran este episodio con temor: porque demuestra que la

impunidad puede terminar. España también debería mirar con atención: durante años, demasiada "complicidad vestida de ideología" orbitó alrededor del régimen venezolano. Si Venezuela entra en una transición real, muchos silencios, intermediaciones y opacidades serán públicas. Las figuras que fungieron como protectores o blanqueadores del régimen —José Luis Rodríguez Zapatero entre ellas— tendrán que responder ante la historia y, ojalá, ante la justicia.

Venezuela está en liberación. Ahora toca inaugurar. Y luego consolidar. Tres etapas, un mismo objetivo: que el país vuelva a ser democrático, pacífico y próspero. Lo que está naciendo hoy aún duele —como todo parto—, pero abre, por primera vez en mucho tiempo, una esperanza concreta: que Venezuela vuelva a pertenecerle a los venezolanos.

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Julio Borges Junyent es un político y abogado venezolano, además de fundador del partido Primero Justicia.