El ascenso de la bailarina transgénero Jin Xing a las altas esferas del mundo del espectáculo chino fue visto como algo extraordinario: una activista que agotaba las entradas en sus espectáculos y presentaba exitosos programas de televisión en las cadenas estatales. Una revolucionaria que hace casi tres décadas rompió muchas barreras al convertirse en la primera persona abiertamente trans en el país asiático. Enfrentó el estigma social y la discriminación institucional, logrando incluso el respaldo público de funcionarios del Gobierno. De repente, ella encarnó la esperanza de que China podía estar avanzando hacia una mayor apertura, tolerancia e inclusión.
En Shanghai, dentro de una antigua fábrica textil reconvertida en un centro cultural a orillas del río Hangpu, Jin (57 años) dirige ahora una prestigiosa academia de danza. Su grupo actúa en grandes teatros de la ciudad y de otras urbes de primer nivel. Este año, en cambio, su espectáculo ha sido cancelado repentinamente en varias ocasiones, siempre sin ninguna explicación por parte de las autoridades locales.
La bailarina está convencida de que está siendo víctima de una amplia campaña estatal contra la comunidad LGBTQ de la que ni siquiera se ha librado Shanghai, la gran ciudad abierta, moderna y cosmopolita del país. El único lugar donde se permitía, hasta hace unos pocos años, celebrar un desfile del Orgullo. Esto fue cancelado. Lo mismo que obras de teatro, novelas, comics y documentales que trataban las relaciones entre personas del mismo sexo.
Shanghai encarna como ninguna otra gran urbe la dualidad del proyecto chino contemporáneo: una apertura económica y tecnológica sin fricciones que convive con un férreo control político y cultural. Un espacio que se presenta como globalizado y que exhibe un abrumador desarrollo que rivaliza -y supera en su mayoría- a cualquier gran metrópolis occidental. Pero esa apertura tiene también unos límites muy trazados: no hay espacio para la disidencia ni un debate público que salga de la línea marcada por el Gobierno.
Al doblar la esquina de la céntrica calle Shimen Second Road, se levanta sobre una plaza un barco gigante inspirado en la época dorada de las travesías transatlánticas. Desde la proa hasta el suelo desciende un ancla plateada esculpida con el famoso logotipo de Louis Vuitton. Ha sido una de las atracciones del año para los turistas, que después de fotografiar el barco caminan unos metros hacia una avenida muy transitada para también retratar a un robot policía que dirige el tráfico. Muy cerca de allí hay una librería que era famosa por los coloquios de autoras feministas. Pero eso se acabó cuando una escritora criticó que el país estaba gobernado por un "club selecto de hombres mayores" que no entienden a las mujeres chinas de hoy en día.
Uno de los presentes grabó las declaraciones y las subió a redes sociales. La autora y la dueña de la librería recibieron una sanción administrativa por alteración del orden público. Otras escritoras de la ciudad fueron detenidas hace unos meses, pero en su caso por publicar en redes sociales relatos eróticos de mujeres lesbianas. Las acusaron de infringir la ley china sobre pornografía por "producir y distribuir material obsceno". Se enfrentan a penas de hasta 10 años de prisión.
Shanghai tiene muchas caras, y no todas se muestran en los folletos turísticos. Bajo la superficie de los imponentes rascacielos, los neones, robots, cámaras, boutiques de lujo y cafés de diseño, se extiende una red de silencios impuestos y autocensuras aprendidas. Artistas, escritoras, periodistas y activistas describen un clima de incertidumbre constante, en el que nunca se sabe qué obra, qué artículo o qué gesto cruzará una línea roja.
La faceta más humana
Pero esta ciudad, hogar de casi 30 millones de personas, también despliega una faceta profundamente humana. Hay personajes como la señora Hui, voluntaria en un hospital infantil que ha conseguido que un fabricante de robots dotados con IA donara al centro uno de sus humanoides para jugar con los niños. O Nang, una joven que recorrió los lugares más emblemáticos de Shanghai vestida con un traje tradicional de la etnia miao porque quería hacer un homenaje a su abuela, miembro de ese grupo étnico, fallecida poco tiempo antes.
Una de las escenas más pintorescas se vive cada domingo por la mañana en People's Square, un antiguo hipódromo de la época colonial reconvertido en un extenso parque que acoge el famoso "mercado del matrimonio". A un lado, cientos de padres y abuelos despliegan en el suelo carteles presentando las virtudes de sus hijos y nietos; al otro, agencias matrimoniales subastan simbólicamente a los solteros de Shanghai. La mayoría de los anuncios promocionan a hombres con buenos empleos y propietarios de una o más viviendas en una de las ciudades más caras del mundo.
Por las tardes, el parque vuelve a transformarse. En un rincón, un karaoke improvisado reúne a hombres jubilados y oficinistas recién salidos del trabajo. En otro, la joven militar Lu Yunyun monta una peluquería gratuita al aire libre para ancianos que sobreviven con pensiones mínimas. No muy lejos, la artista Chen Pin organiza talleres terapéuticos de pintura y debate dirigidos a personas atrapadas en la epidemia de soledad que también se ha instalado en esta megalópolis.
Shanghai es, al mismo tiempo, una ciudad enérgica que mantiene el arraigo con la cultura tradicional china mientras va lanzada hacia una permanente innovación tecnológica que avanza mucho más rápido que las libertades civiles. Un lugar con muchas capas donde la diversidad cultural se acoge y celebra solo mientras no cuestione el orden político establecido.




