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Rearme

El acorazado de Donald Trump, un plan que nace obsoleto

Estos buques ya fueron superados en la Segunda Guerra Mundial por su vulnerabilidad y lentitud y hoy están retirados del servicio

Trump, junto a la lámina que presenta el proyecto, ayer, en Florida.
Trump, junto a la lámina que presenta el proyecto, ayer, en Florida.Alex Brandon / AP
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Donald Trump sigue intentando proyectar poder por tierra, mar y aire, aunque lo que de momento consigue es enviar mensajes sobre el inabarcable tamaño de su ego. Este lunes presentó un plan para renovar la marina de guerra de EEUU basada en la construcción de 25 grandes buques cuyo modelo denominó, cómo no, «Clase Trump». Lo llamó "la flota dorada".

Este acto, en el que se mostraron láminas con una calidad impropia de una institución como la Casa Blanca, dejó más dudas que certezas, ya que Trump habló no de corbetas, fragatas o de cruceros, sino de embarcaciones tipo «battleship», cuya traducción más recurrida es «acorazado», o sea, el gran buque artillado y blindado que dominó los mares hasta la Segunda Guerra Mundial. «Estos barcos serán 100 veces más potentes que los de la clase Iowa», afirmó Donald Trump con su habitual seguridad.

Los buques de la clase Iowa a los que se refiere Trump hoy son museos flotant es que fueron construidos en los años 40, o sea, en un momento en el que los estrategas pensaban que se trataba del puño definitivo en los océanos, el auténtico «rey del mar» y que dominarían el conflicto mundial. Pero la realidad se impuso: todos los grandes acorazados fueron hundidos, la mayoría por aviación o torpedos submarinos. El mayor de ellos, el Yamato japonés, se fue al fondo del mar en abril de 1945 atacado por aviones de EEUU, pero previamente el sumergible U47 había hundido el británico Royal Oak en Scapa Flow (octubre de 1936) el Bismarck, el orgullo de la marina alemana, en mayo de 1941, el USS Arizona en pleno bombardeo de Pearl Harbor en diciembre de 1941 o el Bretagne, el buque insignia de la marina francesa, que acabó en el fondo del puerto de Mazalquivir (Argelia) en junio de 1940. Y son sólo unos cuantos ejemplos. En la Guerra Fría, el acorazado pasó a funciones secundarias, como el bombardeo lejano de la costa en la guerra de Corea y en Vietnam, pero ya sin exponerse al combate.

Golpear primero

El acorazado ya quedó obsoleto en los años 40 porque fue diseñado bajo la doctrina de golpear primero y desde más lejos. En la práctica, la aviación naval (embarcada en portaaviones) y, después, los misiles guiados, pasaron a decidir la batalla a distancias muy superiores a las de los cañones de un acorazado. Un portaaviones podía concentrar potencia de fuego a cientos de kilómetros, mientras que el acorazado dependía de acercarse para usar su artillería pesada. Además, los acorazados eran carísimos (con tripulaciones enormes), necesitaban muchos años de construcción, eran muy lentos y cada vez más vulnerables a torpedos, bombas y ataques aéreos coordinados. Hacían honor a su nombre en los laterales, donde el blindaje era poderoso, pero los bombarderos en picado podían destruirlos con una sola andanada en su cubierta.

Si el acorazado murió cuando el cañón dejó de decidir la guerra naval y el misil tomó el mando, ¿por qué ahora Trump insiste en él como apuesta? El almirante Michael Franken, hoy senador por Iowa, asegura que «la probabilidad de que exista un buque de guerra de la clase Trump de la Marina de los EEUU es cero». De hecho, la marina de China siempre ha descartado el regreso de los grandes acorazados y apuesta por la la redundancia y la movilidad, no el «todo a una carta».

Coste

Cada acorazado costaría 10.000 millones de dólares, pero varios expertos ya han confirmado que este tipo de buque puede ser destruido por un torpedo dron de 10.000 dólares como los que usa Ucrania para arrinconar a la flota rusa del mar Negro, operado por un adolescente con un ordenador portátil y una conexión wifi decente.

Trump además habló de capacidades que ni siquiera existen, pero quiere que los primeros se construyan en dos años y medio, a pesar de que actualmente no existen ni el cañón de riel que se ve en los diseños ni el sistema láser antiaéreo de 600 kilowatios. Y eso, sin contar con que en la actualidad no hay astilleros en EEUU que puedan alojar un barco de esas dimensiones.

«El ataque japonés a Pearl Harbor expulsó bruscamente a los acorazados de su puesto en la jerarquía naval. Había llegado el día del portaaviones», dice James Holmes, profesor de Estrategia del Naval War College. En el actual campo de batalla, que tiende a la robotización total y a la guerra mosaico, estas grandes plataformas son aún más vulnerables que antes.

El almirante retirado Juan Rodríguez Garat asegura que «Trump ha mencionado unos buques de alrededor de 30.000 toneladas, que es mucho, pero solo el doble que los fracasados destructores de la clase Zumwalt y poco más de la mitad que los últimos verdaderos acorazados. Para sobrevivir en el campo de batalla del futuro, los combates de superficie -que es el papel que hoy se da a cruceros y destructores- necesitan armas de más alcance que el enemigo y mejores defensas. Por el momento, la primera de esas condiciones es posible, porque los misiles balísticos actuales no son muy eficaces contra objetivos móviles. La segunda, no. Un laser eficaz de verdad tardará mucho en estar disponible».

El almirante español bromea: «Dice Trump que serán más bonitos que los anteriores, pero él estará muerto mucho antes de que el proyecto pueda dar sus frutos. En realidad, para hacer lo que Trump quiere la marina estadounidense ya tiene submarinos balísticos».