- Equipaje de mano (Des)vinculación atlántica en arenas movedizas
El debate -que no es nuevo- irrumpe con ímpetu en un momento particularmente delicado: ¿debe Europa afirmarse como una unión política a través de la UE, o priorizar ser un agregado de naciones? Washington ha tratado tradicionalmente de manera directa con las capitales, contrapartes preferentes frente a las instituciones de Bruselas. No estamos, pues, ante una extravagancia coyuntural ni una novedad promovida por la actual Administración. EEUU ha concebido históricamente sus relaciones internacionales con un enfoque radial, en diálogo con los Estados, y siempre incómodo ante los actores supranacionales, incluso en los ambientes multilaterales en los que participa. Así, la UE encaja mal en ese esquema: es un gran mercado, un entramado normativo denso y sofisticado, pero sigue calibrada de sujeto político incierto.
Esa percepción foránea encuentra hoy un eco inquietante dentro de la UE. Frente a los retos acumulados, reaparece la apelación a una arcádica "Europa de las naciones", expuesta como alternativa pragmática y patriótica a una integración considerada por muchos ineficaz y, en algunos ámbitos, excesiva. La referencia de autoridad suele recalar en Charles de Gaulle, pero conviene no falsear los términos. La Europa que ambicionaba de Gaulle no era una Europa de identidades fragmentadas, ni de envergaduras disminuidas, sino una Europa de Estados. Para él, la nación coincidía con el Estado -en Francia, no había duda-: una comunidad política consolidada, dotada de poder, legitimidad y aptitud de decisión. Su proyecto se apoyaba en Estados fuertes, en un mundo bipolar estable.
La invocación presente de la "Europa de las naciones" es otra cosa. No es una relectura gaullista, sino un cajón de sastre que reúne a figuras muy distintas, únicamente convergentes en impugnar la lógica supranacional. Concurren en ella los populismos de derechas, buena parte de la extrema izquierda recalcitrante y hostil ante la integración, y los nacionalismos subestatales que conciben Europa como andamiaje útil sólo en tanto que facilite la disolución de los Estados a batir. Tras el Brexit, nadie quiere abandonar la UE, pero no son pocos los que aspiran a vaciarla de contenido político. Y su coartada es tan rotunda como carente de sindéresis: atrincherarse dentro para negar cualquier abdicación de competencias es pura incoherencia. Una unión sin instrumentos comunes deja de ser unión y se convierte en espacio amorfo.
Más allá de su heterogeneidad, estas corrientes reflejan el desgarro interno de las alianzas que han perfilado la integración europea y que hoy la sostienen con creciente dificultad y contradicciones. Los arrogantes asaltantes no detentan aún poder mayoritario en los gobiernos -con la excepción húngara-, pero su capacidad de distorsión institucional es ya visible. Budapest ofrece un anticipo elocuente del panorama si esa actitud dominara en el Consejo Europeo: veto como método, bloqueo como estrategia y teatralización permanente del disenso. En el Parlamento Europeo, el impacto es incluso más corrosivo. De la mano de esta pluralidad ha arraigado una cultura de la oposición sistemática, ajena a la ponderación de consecuencias, que rebasa los márgenes populistas y contamina a grupos proeuropeos, alcanzando a delegaciones nacionales enteras.
Se resquebraja la disciplina de voto, se diluye la responsabilidad colectiva y la Eurocámara se desliza hacia una amalgama imprevisible, más proclive al gesto que a la construcción de mayorías consistente, justo cuando Europa necesita instituciones que decidan, que no sólo se opongan. Tenemos ejemplos recientes, flagrantes y significativos: el rechazo en pleno del paquete de simplificación Ómnibus I, en octubre, sin valorar la imperatividad del aligeramiento de lastres regulatorios. En el expediente del Sáhara Occidental, se bordeó desbaratar un acuerdo importante con Marruecos. En el caso de Mercosur, se rozó arruinar el trabajo de 25 años. Por fin, dilapidando nuestro futuro tecnológico, las Patentes Esenciales Estándar se usaron para llevar a la Comisión ante el Tribunal de Justicia, cargando contra el equilibrio entre los tres poderes, desde una frívola cegazón por un prurito de exhibir músculo.
Aquí reside la trampa principal. La "Europa de las naciones" no es un regreso a un estadio anterior más funcional, sino una ficción retrospectiva. La Europa que floreció tras 1945 no fue una suma de soberanías intactas, sino el resultado de cesiones deliberadas de poder: mercado común, reglas armonizadas, política comercial integrada y, durante décadas, un anclaje estratégico externo. Incluso los Estados más celosos de su autonomía aceptaron límites a cambio de escala, seguridad y prosperidad. Publicitar hoy la renacionalización como recuperación de soberanía desdeña que, en un mundo de potencias continentales, la soberanía europea sólo puede ejercerse de forma compartida; o no se ejerce en absoluto.
La UE nunca ha sido una "Europa de las naciones", sino una Europa de los Estados. El protagonista es el Estado miembro, y la integración se ha sustentado precisamente en la transferencia pactada de competencias. Sustituir esa arquitectura por una retórica identitaria no apuntala a los Estados; los agota al privarlos de las vías que les permitían influir por encima de su tamaño relativo. Y una Europa desmigajada no es una Europa más democrática ni más libre, sino más frágil porque es más permeable. La renacionalización no devuelve control, sino que expone a cada Estado a presiones ajenas asimétricas, a divisiones internas explotables y a una irrelevancia que no es inocua. Europa de naciones no decide más; decide aún menos y más tarde, mientras otros aherrojan el marco.
A ello se añade una amenaza estratégica que parte de Europa sigue tendiendo a minimizar. Serguéi Karaganov, presidente honorario del Presidium del Consejo de Política Exterior y Defensa ruso, ha expresado sin ambages que "la guerra ya ha comenzado. Simplemente, todavía no la llamamos así. Nuestro verdadero adversario es Europa." Puede tratarse de una bravuconada muy del estilo putiniano. Sin embargo, cuando un adversario se define desde el lenguaje de la agresión, ignorarlo no es prudencia, sino irresponsabilidad. Ucrania introduce, así, una dimensión ineludible, su adhesión es una exigencia sistémica frente a la constante provocación rusa. También plantea desafíos enormes: un país devastado, probablemente mutilado territorialmente, con instituciones frágiles y obligaciones de reconstrucción colosales. Integrar a Ucrania será extraordinariamente complejo, pero no hacerlo tendría un coste aún mayor. Ahora bien, seguir hablando de su incorporación sin arbitrar cómo, en qué condiciones, y con qué reglas es, sencillamente, una huida sin horizonte.
Donald Trump acierta al denunciar la pérdida de dinamismo demográfico y económico europeo, el exceso de burocracia y la dificultad para articular acciones efectivas en ámbitos clave. Su diagnóstico es interesado y su autoridad moral para juzgar las deficiencias democráticas ajenas es más que discutible. Pero que el mensajero sea problemático no invalida el mensaje: Europa corre el riesgo de quedar atrapada entre la añoranza del Estado nación y la incapacidad de dotarse de una soberanía compartida eficaz.
La disyuntiva, por tanto, no es entre más o menos Europa, ni entre Bruselas y las capitales. Es otra mucho más cruda: una Europa proyectada a la acción o una Europa enmarañada en la farsa de las naciones. Dudar, fragmentarse o refugiarse en nostalgias identitarias es un lujo que Europa no puede permitirse. El mundo no espera, y el margen de error se estrecha peligrosamente.
