INTERNACIONAL
Primer plano | Análisis

Putin no quiere saber nada de la 'pax trumpiana'

El Kremlin celebra el acuerdo sobre Gaza pero se niega a sentarse con Zelenski o a asumir posiciones realistas para poner fin a una guerra que no ha ganado

Vladimir Putin, en la catedral de Pedro y Pablo, en San Petersburgo.
Vladimir Putin, en la catedral de Pedro y Pablo, en San Petersburgo.MIKHAIL METZELEFE
Actualizado

Con la debida prudencia, teniendo en cuenta lo que duran los acuerdos de paz en Oriente Próximo, este alto el fuego permitió que por primera vez desde hace años se gritara de júbilo a ambos lados de la línea divisoria de Gaza y callaran las armas. Con este movimiento, Donald Trump se apunta un tanto y deja aún más a la intemperie la postura de la Rusia de Vladimir Putin, despreciada cualquier tregua por el autócrata entre tácticas de dilación, adulación y confusión, pura vieja escuela del KGB.

¿Es exportable al conflicto ucraniano el modelo de pax trumpiana que hemos visto para Gaza? Podría serlo, pero tiene un gran escollo: Vladimir Putin. En su cabeza diseñó una guerra (Operación Militar Especial) que su propaganda aseguró que se ganaba en tres días. Casi cuatro años después todos sus objetivos siguen sin cumplirse, la OTAN ha crecido con nuevos miembros, ha perdido todos los grandes contratos gasísticos con Europa y está en busca y captura por el Tribunal Penal Internacional a cambio de territorios conquistados por sus proxis ya en 2014 y otra fracción durante las primeras semanas de invasión. Desde el otoño de 2022, el ejército ruso se ha arrastrado entre los 70 kilómetros que separan Bajmut y Pokrovsk dejando campos llenos de muertos, el viejo arsenal de blindados soviético y una destrucción sin horizonte.

El coste hundido de la aventura ucraniana, un millón de bajas en su ejército y una economía adicta al fentanilo de la guerra hace que Vladimir Putin no quiera, no sepa y no pueda salir de la guerra sin que todo parezca lo que es en realidad: un plan desastroso.

Baraja de cartas

Trump ha demostrado que tiene las cartas necesarias para sentar en la misma mesa e imponer una negociación a Hamas y a Netanyahu, incluso para humillar a este último en el Despacho Oval haciéndole llamar, dándole el teléfono como a un niño pequeño, para que se disculpara con sus aliados cataríes.

Sin embargo, Trump no tiene cartas o no ha querido usarlas con Putin, al que no ha sido capaz de sentar con Zelenski ni hacerle levantar el teléfono para llamarlo. Si Trump es responsable de este alto el fuego exitoso en Oriente Próximo, también lo es de su fracaso en el conflicto ucraniano. Desde el principio intentó someter a Zelenski con una bronca vergonzante en la Casa Blanca y trató de apaciguar al dictador ruso con un recibimiento de alfombra roja y aplausos de fan. Nada de eso ha funcionado.

Meses después Trump ha comprendido que ese tipo al que tanto admira le ha engañado para no moverse de su casilla inicial: la guerra de Ucrania va a continuar porque detenerla es caer en la cuenta de que ha sido un esfuerzo inútil. El régimen de Moscú se empeña en decir que es un conflicto «existencial» para Rusia, pero en realidad sólo es para su envejecido círculo de poder. En un volantazo inesperado, Trump ya considera a Rusia «un tigre de papel» y baraja la entrega de los misiles Tomahawk, un gamechanger que puede hacerle daño a Rusia en un momento delicado, pero también elevar una escalada imprevisible.

Para el Instituto de Estudio de la Guerra, «Vladimir Putin sigue comprometido con su teoría de la victoria, que sostiene que Rusia puede sobrevivir a Occidente y Ucrania en una guerra de desgaste, y su exigencia de la capitulación total de Ucrania». Sin embargo, «es probable que Rusia enfrente varias limitaciones materiales, humanas y económicas en los próximos meses que presionarán la capacidad del Kremlin de mantener su esfuerzo bélico en Ucrania en el mediano y largo plazo, si las tasas de pérdidas de las fuerzas rusas continúan al ritmo actual».

Doblar la apuesta

Más que desescalar, la Rusia de Putin dobla estos días la apuesta con su guerra híbrida sobre Europa, para aumentar los costes del apoyo a Ucrania de sus aliados y probar la solidez de la OTAN como alianza real.

El analista militar Rob Lee, ex marine y hoy miembro del Foreign Policy Research Institute, cree que «Rusia se acerca a un punto de inflexión en los próximos meses sobre si continuar la guerra. Para capturar toda la región de Donetsk (cuyo valor estratégico real es cuestionable), Moscú podría necesitar realizar otra movilización o cambiar su enfoque actual, que no ha logrado un avance significativo a pesar de los problemas de personal en Ucrania. Si Moscú decide continuar la guerra hasta 2026, estará demostrando que está dispuesta a aceptar riesgos crecientes de daños duraderos a cambio de ganancias estratégicas cuestionables».

La realidad es que la paz en Gaza deja a Putin bailando en el centro del escenario ucraniano, con sus posiciones maximalistas, sus «razones profundas de la guerra», la desnazificación y todas las excusas que ha ido poniendo para justificar una guerra de conquista con olor a imperialismo zarista preservado en formol, igual que el pene legendario de Rasputín.