La cancelación de la presencia de representantes del Pentágono en el Foro de Seguridad que organiza Aspen Institute todos los meses de julio, a menos de 24 horas de que comenzara, ha sido un nuevo golpe a este tipo de eventos. Así, la conferencia más importante de seguridad y Defensa de EEUU y la segunda del mundo, tras la de Múnich, se ha celebrado esta semana sin la presencia de nadie del Departamento de Defensa de EEUU, que no sólo es el país en el que se celebra el encuentro sino, también, la nación que acumula el 37% de todo el gasto militar de la Tierra.
La decisión revela la falta de consistencia del Gobierno de Trump. Porque el mismo secretario de Defensa, Pete Hegseth, ordenó a sus subordinados que no acudieran a Aspen a pesar de que les había autorizado a ir hacía pocas semanas.
El Aspen Security Forum, como se le conoce en EEUU, lleva tres décadas juntando a altos cargos, empresas y teóricos de las relaciones internacionales. Fue fundado por un republicano -el consejero de Seguridad con Reagan y Bush senior Brent Scowcroft- y dos demócratas -el secretario de Defensa con Bill Clinton, Dick Perry, y el asesor de ese presidente y teórico de Relaciones Internacionales, Joseph Nye-. "Más que bipartidistas, somos no partidistas. Nunca hemos preguntado a nadie por su afiliación política", ha declarado a los medios su actual copresidente, Nicholas Burns, que fue embajador de EEUU en la OTAN con George W. Bush en los años del 11-S y de la invasión de Irak, y en China con Joe Biden. La otra copresidenta es la secretaria de Estado con George W. Bush, Condoleeza Rice. Con tales nombres, no parece que Forum tenga ningún sesgo ideológico. De hecho, la razón esgrimida por la portavoz del Pentágono, Kingsley Wilson, aparte de la habitual critica al "globalismo" fue que Aspen Institute "ha invitado a ex altos cargos".
Al presidente no le gusta que le cuestionen ni en EEUU ni fuera
El argumento apunta a una línea de acción de la que el Aspen Security Forum es solo una anécdota: un esfuerzo deliberado del Gobierno de Trump de boicotear foros de debate internacionales, más si estos dan cabida a miembros del Partido Demócrata. Es la misma política que les ha llevado a cerrar el Wilson Center, un think tank semipúblico de Washington especializado en relaciones internacionales. Todo indica que al menos a una parte del equipo del presidente no le gusta ser cuestionado, dentro o fuera de sus fronteras, y que está dispuesto a llevar esa política hasta sus últimas consecuencias. El resultado es que estos eventos se han visto, sin comerlo ni beberlo, en un frente de batalla en el que nunca pensaron en meterse.
Es una posición extrema que recuerda a la de, por ejemplo, China, que cada día tiene una presencia más irrelevante en conferencias en las que no controla el mensaje, pese a que hasta 2023 sí envió altos cargos a Aspen, donde se considera unánimemente a Pekín un rival estratégico de Occidente que debe ser contenido.
Para algunos es sólo una muestra de las luchas internas dentro del Gobierno de Trump y, en especial, de la propensión de Hesgeth a ir por libre, como sucedió en junio cuando suspendió unilateralmente, y sin el conocimiento de la Casa Blanca, la ayuda militar que EEUU continúa dando a Ucrania. Pero la espantá de los generales y de los altos cargos del Pentágono se ve como un reflejo de lo que sucede en Washington. "Si eres diplomático en esa ciudad, puedes tener las puertas del Gobierno hoy y cerradas mañana". Ésa es la opinión de Irene Braam, directora ejecutiva de la Fundación Bertelsmann, un think tank alemán especializado en relaciones trasatlánticas, fomento de la democracia, gobernanza digital e inclusión económica que está entre los patrocinadores del Aspen Security Forum. Según esa tesis, la estrategia del Gobierno de EEUU es la ausencia de estrategia. Y eso ha hecho que las conferencias internacionales se hayan visto atrapadas en una encrucijada inédita para la que no están preparadas: a quién invitar para que la mayor superpotencia del mundo, a quien todos quieren oír, esté presente.
Los diplomáticos en Washington viven hoy en la incertidumbre
No es un problema menor. Si EEUU no asiste, los demás partícipes pierden interés. Pero este tipo de eventos se fundamentan en el diálogo. Si una conferencia se transforma en una celebración de un Gobierno, aunque éste sea el estadounidense, pierde interés. Nadie es capaz de imaginar un mundo de foros internacionales divididos entre los MAGA y los no MAGA. Especialmente, porque el mundo MAGA -que es como se conoce en EEUU al movimiento político creado por Trump- es cambiante. Hace unos meses, Elon Musk era casi el primer ministro; ahora ha caído en desgracia. Entretanto, Sam Altman, el fundador y máximo responsable de la empresa de inteligencia artificial OpenAI -la creadora de ChatGPT- ha pasado de ser persona non grata en Mar-a-Lago a ser huésped de honor del presidente. Uno de los asiduos de Aspen es Mark Esper, que fue secretario de Defensa con el propio Trump en su primer mandato. Sin embargo, su participación en el Forum ha sido citada como uno de los motivos por los que Hegseth prohibió a sus altos cargos asistir. Es una cuestión de filias y fobias personales y políticas difícil de desentrañar.
En cualquier caso, y como explica una persona con experiencia en la organización de este tipo de eventos, "esto es una pésima señal para otras conferencias, como el Foro Internacional de Defensa de Halifax [que se celebra todos los noviembres], Davos [en enero] o Múnich [en febrero]". Esa misma persona no quiere que su nombre sea hecho público "porque nadie sabe si alguien en Washington se va a enfadar con cualquier declaración". Desde su punto de vista, el problema es mayor porque todos esos encuentros son organizados por entidades sin ánimo de lucro que "carecen de los recursos de Gobiernos como el de Qatar [que organiza todos los años su propio foro en diciembre]", explica. Además, el funcionamiento de este tipo de organizaciones se basa mucho en el liderazgo de personas concretas. "Si esos líderes pasan a tener mala prensa en el Gobierno, todo el entramando se tambalea", concluye.
El mejor ejemplo es Davos. En abril, el fundador y presidente del Foro Económico Mundial, que organiza ese encuentro, Klaus Schwab, tuvo que dimitir en medio de una oleada de acusaciones de malversación de fondos, de manipulación de informes y hasta de acoso sexual. Los intentos de la institución por lograr que la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, deje el cargo y pase a reemplazar a Schwab han fracasado, y el WEF lleva casi tres meses con un presidente interino. Esa ausencia de liderazgo es problemática para organizaciones que dependen de la buena voluntad de los donantes para mantener su actividad.
Las señales son nefastas para encuentros como el de Davos
Ya en enero Davos tuvo problemas para lograr la presencia de miembros del nuevo Gobierno de EEUU. Es cierto que eso se debió en parte a que los organizadores eligieron exactamente para el inicio de la reunión el 20 de enero, justo el día en el que se celebra la jura del cargo por el presidente electo. Y que Trump participó por videoconferencia, con un discurso desde EEUU, lo mismo que su enviado para Misiones Especiales (tal es su cargo), y aspirante al cargo de secretario de Estado, Richard Grenell. Pero, al margen de ellos, no hubo pesos pesados de EEUU en Davos.
Tres semanas más tarde, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, sí participó, y lo hizo acompañado de un considerable séquito. Pero no mostró interés en hablar con nadie. Encima, su intervención fue un feroz ataque a Europa y una defensa implícita de Rusia y abierta de las fuerzas que cuestionan la democracia liberal en Europa. En Múnich, EEUU les explicó a los europeos que ellos son el enemigo.
"Vivimos en una época en la que nada es previsible ni convencional"
Pero no son sólo eventos privados los afectados. El 16 de junio, Donald Trump se fue de la cumbre del G-7 en Kananaskis, en la provincia canadiense de Alberta, cuando ésta acababa de empezar. Aunque el motivo oficial fue la guerra entre Israel e Irán, en la que EEUU entró directamente seis días después, en realidad estuvo claro que el interés del mandatario en la reunión era mínimo. En las apenas 24 horas que pasó en Kananaskis, criticó la expulsión de Rusia del G-7 tras la primera invasión de Ucrania, en 2014, y se opuso a la imposición de nuevas sanciones a Moscú alegando que "cuestan muchísimo dinero". Trump, que había impuesto aranceles a los demás asistentes, estaba, así, aislado en Alberta. Y demostró que la reunión le daba igual o, más bien, que no se encontraba cómodo en ella.
La gran paradoja es que, como explica Braam, "apenas unos días después, Trump participaba sin ningún problema en la cumbre de la OTAN de La Haya, comportándose con toda amabilidad, aunque tal vez eso tuviera algo que ver con la cordialidad con la que le recibió la familia real neerlandesa". Su análisis final es, tal vez, el mejor resumen no ya de la actitud de Estados Unidos en relación a las reuniones internacionales sino del estado de la política mundial: "Vivimos en una época en la que nada es convencional ni previsible".
Sea como sea, y a un nivel práctico, el portavoz de una facción en una guerra civil a la que precisamente apoya el Gobierno de Trump, no podía dejar de admitir el viernes que "después de esto, vamos a tener que mirar la lista de participantes para ver si hay alguien que haya caído en desgracia con Trump y en función de eso evaluar si vamos o no".

