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Cuando Catherine Corless se inscribió en un curso nocturno de historia local en 2005, pensó que sería algo "sencillo, sin mayores sorpresas". Le interesaba la historia familiar y sentía curiosidad por el origen de los muchos edificios antiguos que salpican los alrededores de su pueblo natal, Tuam, en el condado irlandés de Galway. Durante aquel año de clases, aprendió a investigar, a seguir pistas y, sobre todo, a enfrentarse a los capítulos más incómodos del pasado. "Si no encuentras algo, no lo abandonas. Te preguntas por qué no está ahí. Usas mucho el 'por qué'", explicó la ex secretaria de una fábrica textil a The New York Times en 2017. Pero jamás habría imaginado que esa decisión la llevaría a encarnar la conciencia de Irlanda, destapando una tragedia que ocurrió a apenas cinco kilómetros de la granja en la que se crio.
¿Su mérito? Descubrir, tras una prolija investigación, que los restos mortales de 796 niños y bebés fallecidos en el hogar materno-infantil St Mary's de las Hermanas del Buen Socorro (Bon Secours), que funcionó entre 1925 y 1961, yacían enterrados en una antigua fosa séptica. Este lunes, un equipo de 18 arqueólogos, antropólogos y forenses comenzó las tareas de excavación en un solar de la localidad donde se levantaba el hogar, hoy convertido en una urbanización de viviendas. A lo largo de los próximos dos años, una excavadora sin dientes horadará cada palmo de los 5.000 metros cuadrados de superficie, en busca de cualquier resto de los menores, supuestamente enterrados a dos metros de profundidad; labor que ha sido posible gracias a la investigación de Corless.
Aunque asegura que de pequeña no sabía nada del llamado "hogar de madres y bebés", la irlandesa siempre fue consciente de la jerarquía en Tuam entre los niños "legítimos" e "ilegítimos", una distinción legal que clasificaba como inferiores a los hijos nacidos fuera del matrimonio. Estos menores vivían, junto a sus madres, en instituciones dirigidas por órdenes religiosas, apartadas de la sociedad que los rechazaba antes de entregarlos en adopción (algunos ilegalmente). La ley no los reconocería como "iguales" hasta 1987.
"Tengo una vaga memoria de aquel puñado de niños demacrados y tristes que traían, como un rebaño, a nuestra clase. Siempre un poco más tarde que el resto, y que siempre salían antes que los demás", escribió el mes pasado en The Observer. "Las monjas nos decían que no debíamos mezclarnos con ellos, que tenían una enfermedad contagiosa. Nunca les vimos en nuestro salto a la educación secundaria, y pronto fueron olvidados".
Fue sólo cuando una revista histórica local le pidió que escribiera un ensayo para su edición anual de 2012 que, "por razones que no puedo explicar", volvió a acordarse de aquellas criaturas y a preguntarse: "¿Por qué?". No le fue nada fácil. "Sólo hablando con ancianos del pueblo supe de la existencia de St Mary's", relata en el artículo de The Observer. Más tarde se enteraría de que, en 1975, dos niños encontraron restos humanos en una fosa séptica cercana al hogar mientras buscaban manzanas, un hallazgo que la impulsó a solicitar en el registro civil la lista de todos los que habían muerto allí. "No fue hasta que un diputado intervino por mí que pude acceder a los archivos del Ayuntamiento de Galway", añade.
Con la ayuda de mapas y de los pocos documentos que existían, llegó a la conclusión de que un elevado número de bebés y niños habían fallecido antes del cierre del hogar. El hallazgo fortuito de los huesos la llevó a la pista de una posible fosa común en la zona. Cuando publicó su ensayo, tenía documentado el fallecimiento de 200 menores. Al final de su investigación, en 2014, la cifra total era de 796. Todos habían sido bautizados, pero sólo pudo encontrar los certificados de defunción de dos de ellos. Pagó cuatro euros por cada registro, gastando un total de 3.184 euros.
No obstante, la Iglesia negó tener conocimiento de sus muertes o enterramientos y las Hermanas del Buen Socorro contrataron a una agencia de relaciones públicas para desmentir la existencia de una fosa común, alegando que los huesos procedían de la hambruna. "Mi investigación fue ridiculizada públicamente".
Durante ocho meses, su investigación pasó desapercibida. La historia sólo tuvo eco cuando un familiar de uno de los niños fallecidos, alertado sobre el trabajo de Corless a través de las redes sociales, habló con un periodista en Dublín. Entonces, la escandalosa posibilidad de cadáveres de bebés enterrados en una fosa séptica estalló en las portadas de medios nacionales e internacionales.
El Gobierno creó una comisión para investigar el tema -que, en una conclusión preliminar hace tres años, dio la razón a Corless- y, de paso, para arrojar luz sobre lo ocurrido en estos hogares creados poco después de constituirse la República de Irlanda, en 1922 y gestionados mayoritariamente por religiosas católicas. Entre 2016 y 2017, excavaciones iniciales confirmaron "cantidades relevantes de restos humanos" en el solar de Tuam.
Sin embargo, el hallazgo de Corless no obtuvo mucho respaldo entre la comunidad local. "Muchas empresas y personas de autoridad querían mantener esto en silencio y simplemente poner un monumento, sin dar a entender que había tantos enterrados allí. Siempre lo minimizaron", explicó al Irish Times en junio, insistiendo en que no esperaba ni deseaba provocar un debate nacional. "Me decían que estaba dando mala fama a Tuam y a la Iglesia. Su postura era simplemente: 'Déjalo, esto es cosa del pasado y déjalo ahí'", añadió. Pero el trato a los bebés y la falta de dignidad en sus entierros eran "demasiado horribles" como para dar la espalda a la historia.
Tras la publicación en 2021 del informe gubernamental sobre los hogares materno-infantiles, todas las instituciones implicadas pidieron disculpas y prometieron excavar el sitio de Tuam. Sin embargo, hubo que esperar otro año para que se aprobara una ley que permitiera la exhumación y el análisis forense de los restos, a pesar de que los arqueólogos afirmaron que con frecuencia se desenterraban restos durante la construcción de carreteras.
Ahora, protegidos por vallas de más de dos metros destinadas a preservar la intimidad de este proceso delicado, el equipo liderado por Daniel MacSweeney, ex enviado especial del Comité Internacional de la Cruz Roja, trabaja no sólo por desenterrar otra parte del pasado que las instituciones irlandesas se empeñaron en esconder, sino también por "restaurar la dignidad en la muerte". La operación tiene como objetivo recuperar todos los restos humanos, intentar identificarlos, entregarlos a sus familias y proceder a su reinhumación. Más de 80 personas se han presentado hasta ahora para aportar muestras de ADN, con la esperanza de que puedan recuperar los cuerpos de sus familiares.
Una victoria para la historiadora amateur que tuvo que enfrentarse al ridículo durante más de una década. "Al contemplar todo, a través de un pequeño agujero en la valla, sentí una sensación de alegría. El solar está ahora lleno de casetas, vallas y pequeñas excavadoras. Trabajadores con cascos, arqueólogos forenses y varias personas más, que nos irán contando cómo avanza la investigación. Confío en que den con todos ellos, los 796 bebés que esperan aún un entierro digno", concluyó Corless.


