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La política estadounidense no descansa nunca. El pasado 5 de noviembre, Donald Trump ganó las elecciones y Kamala Harris sufrió una dolorosa derrota. Pocas horas después, las apuestas sobre quiénes serían los candidatos demócratas echaban fuego, con más de media docena de favoritos. Es un juego agotador, inhumano, imposible. Un esfuerzo permanente en busca de apoyos y de los miles de millones de dólares que cuesta lanzar y mantener una campaña nacional con opciones. El ciclo es perpetuo, la prensa no da tregua, y todas las opciones son malas.
Si lanzas tu nombre demasiado tarde, como le ocurrió a Harris tras la renuncia forzada de Joe Biden, no tienes tiempo de conseguir los fondos, la cobertura o el mensaje necesario. Si saltas demasiado pronto, las posibilidades de quemarte son exponenciales: de soltar algo inapropiado, de no saber qué decir cuando es necesario hablar, de que tus enemigos -los del mismo partido y los del otro- tengan el tiempo suficiente para escarbar en tu pasado y encontrar los cadáveres que pueden acabar con tus esperanzas. Ese callejón sin salida es, irónicamente, la mejor baza de Gavin Newsom, el ambicioso gobernador de California que se enfrenta estos días a Trump y que claramente tiene como objetivo llegar a la Casa Blanca en 2028.
En 2018, cuando su jefe, el legendario político californiano Jerry Brown, llevaba apenas unas semanas en el cargo tras ser reelegido gobernador del estado más grande, más poblado y con más votos en el colegio electoral de todo el país, Newsom declaró que se presentaba oficialmente para sucederlo. Quedaban cuatro años enteros; él mismo acababa de ser elegido para el poco puesto glamuroso de teniente de gobernador, con muchas obligaciones y poco peso. Pero cuando dio el paso, explicó que si le obligaban a ponerse en la disyuntiva de volar bajo o colocarse en el centro, prefería ir de cara y desde el principio. "O me odias o me amas, pero al menos que sepas lo que pienso", afirmó célebremente entonces.
Newsom es una figura polémica, divisiva. Tremendamente ambicioso, fue alcalde de San Francisco, teniente de gobernador, dos veces gobernador y ahora que está agotando su segundo y último mandato, aspira a la presidencia. No lo dice, pero no lo oculta. Busca la gloria, pasar a la historia. Hay políticos que dicen que todo pasa y sólo aspiran a dejar el cargo habiendo mejorado un poco lo que recibieron. Él no es uno de ellos, y el choque contra el trumpismo, como hace ocho años, es su mejor baza.
Para muchos, empezando por los demócratas, es un bocazas, alguien propenso a los charcos, y que, en los últimos meses, ha sacudido a las bases con un giro hacia el centro -o hacia la derecha- incómodo. Él afirma que no es así, que Estados Unidos está experimentando un cambio salvaje, que los jóvenes se están radicalizando y, por primera vez, son mucho más conservadores que la generación anterior. Que hay que entender por qué y escuchar, y para eso pone el ejemplo de su propio hijo, que, con 13 años, se había vuelto un fan absoluto de Charlie Kirk, influencer conservador y líder espiritual de las juventudes MAGA. Si eso pasaba en la casa del gobernador del estado más progresista, casado con una célebre feminista, es que su partido no estaba entendiendo nada.
Para Trump, y no sólo por eso, es una amenaza: alguien telegénico, que no evita el choque, que dice en horario de máxima audiencia que se ofrece a ser detenido en vez de los niños de las redadas migratorias. Por eso la Casa Blanca intenta ahora destrozarlo, antes de que tenga un perfil nacional. Trump quiere que Estados Unidos lo asocie a su mensaje sobre una California quebrada, decadente, tomada por la violencia y el caos.
Newsom, de 57 años, tiene muchos escándalos en su historial, incluyendo el hecho de que Kimberly Guilfoyle, su ex mujer, estuvo prometida hasta hace poco con Don Jr., el hijo más radical del propio Trump, que la ha nombrado embajadora en Grecia. Pero su ventaja es que parece haberlos abrazado, haciendo de ellos una especie de marca personal. En sus años en San Francisco desafió a las autoridades y los tribunales emitiendo licencias matrimoniales para parejas del mismo sexo, una apuesta más que arriesgada, porque el estado tardaría aún una década en legalizarlo.
Apostó sin ambages por la Sanidad universal para los habitantes de la ciudad, por programas para los sintecho. También salió con modelos de 19 años, tuvo un affaire con su secretaria, que era la mujer de uno de sus colaboradores más cercanos, y se ingresó en una clínica de desintoxicación por su adicción al alcohol. Más tarde, durante la pandemia, se publicaron fotos mientras disfrutaba de una carísima cena en un tres estrellas Michelin, con amigos ricos y lobistas, y sin mascarilla, al tiempo que pedía su uso a 40 millones de personas.
Un "demócrata de Davos"
Hay consenso entre los analistas en que, ahora mismo, Newsom se está jugando su futuro presidencial. Hasta hace poco parecía que su legado como gobernador, de los sin techo a los incendios, sería lo que marcara la pauta, pero las últimas semanas lo han cambiado todo. Newsom no tiene pegada a un nivel nacional, pero le están proporcionando la plataforma que necesitaba.
No es muy popular, pero entre los candidatables demócratas es uno de los que más experiencia tiene en televisión y las peleas. En septiembre y octubre fue uno de los delegados (surrogates) que, en los debates de presidentes y vicepresidentes, estaba en los pasillos defendiendo a Harris y atizando a los republicanos. Intentaba demostrar al partido que no tenía miedo de una pelea con el trumpismo, en persona o ante las cámaras. Que era un jugador de equipo, frente a la fama que arrastraba de impaciente. Aprovechando lo que en algunos foros consideran un lastre: su atractivo físico y esa imagen casi kennediana de aristócrata patricio.
Acusado una y mil veces de hipócrita, de pijo y de elitista (su padre fue juez y estaba lejanamente emparentado con Nancy Pelosi), de ser un "demócrata de Davos" es también, sin embargo, uno de más hábiles con la narrativa grandilocuente que tanto rédito le ha dado a Trump. Una y otra vez ha sabido reescribir su historia: la de un underdog, un tapado, un hombre con dislexia y problemas de aprendizaje, criado por padres divorciados, con una madre que acogía niños para pagar las facturas con los ingresos de los cheques de servicios sociales. Y que logró hacerse multimillonario con trabajo, empezando por un negocio sencillo hasta construir con un pequeño imperio hostelero.
Tradicionalmente, los candidatos a presidente sacan siempre un libro, de memorias o no, durante la campaña. Newsom, que en sus anteriores cargos ya tuvo un programa de radio y uno de televisión local, ha optado por sacar un pódcast. Y la mejor forma de conseguir audiencia y publicidad, ha sido invitar a sus principales rivales, los ideólogos del mundo MAGA: el mencionado Kirk, Steve Bannon y el tertuliano Michael Savage, desatando la ira de los progresistas. "Hay que explorar lo que nos resulta incómodo", ha dicho recientemente. Sin abandonar sus ideas fuertes, sobre sanidad, inmigración y el derecho al aborto, pero ha moderado sus posiciones sobre armas o medioambiente, y endurecido la de los campamentos de sintecho, para no alejar al votante centrista.
Es su estrategia (cimentada sobre cierta fascinación por Trump, su estilo y su increíble capacidad de dominar y marcar el debate planetario) porque cree que la anterior, la de Harris, las políticas identitarias, no funcionan. En 2018, nada más ganar las elecciones, proclamó: "El sol está saliendo en el oeste y el arco de la historia se está plegando en nuestra dirección". "El futuro pertenece a California", añadió poco después, presentándose oficiosamente como líder no de la oposición, sino "de la resistencia" ante el dominio republicano nacional. Ahora ha descubierto el Estoicismo y leído a Marco Aurelio, el Paulo Coelho con esteroides, de políticos, directivos y emprendedores, pero su objetivo sigue intacto.
Cuando se plantó ante las cámaras para abordar las protestas y disturbios en Los Ángeles y las maniobras de Trump para crear casos, Newsom llegó como gobernador. Cuando pronunció su última frase ("La democracia está siendo asediada ante nuestros ojos, el momento que tanto temíamos ha llegado") ya no hablaba sólo para California, sino para el país entero. Presentándose, ofreciéndose una vez más, en su primer acto de campaña, como líder de la resistencia, evocando las palabras de su héroe, Robert F. Kennedy, que en un famoso discurso en Sudáfrica, en 1966, dijo que lo que el mundo necesita "son las cualidades de la juventud: no la edad sino un estado mental, el temperamento de la voluntad, la imaginación, el predominio del coraje sobre la timidez".

