Aunque han transcurrido 10 años, nadie sabe cómo lidiar con Donald Trump. Ni su equipo más cercano, ni la cúpula del Partido Republicano, ni sus vecinos ni sus históricos aliados internacionales, como demuestran los choques con Reino Unido, la UE, la OTAN. Pero de entre todos los grupos, colectivos y organizaciones abrumados por su estilo, su lenguaje, sus ambiciones y sus medidas, el Partido Demócrata es probablemente el que peor sale parado. No pudieron pararlo en 2016, lo consiguieron por los pelos en 2020 y han vuelto a ser derrotados Por él y al movimiento MAGA (Make America Great Again), la fuerza más entusiasta y motivada de la política americana. Pero si es malo no saber cómo enfrentarte en una campaña electoral, es peor no ser capaz de hacer frente desde la oposición mientras ejecuta, en tiempo récord, la mayor transformación de la historia reciente.
Los partidos políticos en Estados Unidos nada tienen que ver con los europeos. Los demócratas tienen pesos pesados en el Senado, en el Congreso y algunos, incipientemente, en los estados, como gobernadores. Pero no hay un líder. Los presidentes llegan, pero cuando acaban, se van para no volver. Kamala Harris era la candidata, pero tras la derrota desapareció y no se volverá a saber de ella hasta que decida si lo intenta de nuevo en 2028, o si busca otro cargo. La oposición, hoy, son los miembros de las dos cámaras legislativas, y están desubicados, sobrepasados e incluso más divididos que antes. Haciéndose la misma pregunta de la última década: ¿hay forma de parar a Donald Trump?
James Carville, estratega histórico de los demócratas, asesor de Bill Clinton, voz importante y mediática ha creado el mayor debate con una propuesta polémica: no hacer absolutamente nada. Su tesis es que en este segundo mandato, en lugar de priorizar los temas por los que hizo campaña (seguridad pública, inmigración, la frontera y, sobre todo, la economía e inflación), Trump ha optado por desmantelar el Gobierno federal aliándose con Elon Musk. Pero que "no hay nada que los demócratas puedan hacer legítimamente para detenerlo, incluso si quisiéramos. Sin un líder claro que exprese nuestra oposición y sin control en ninguna rama del gobierno, es hora de que los demócratas se embarquen en la maniobra política más audaz en la historia de nuestro partido: dar marcha atrás y hacerse los muertos. Permitir que los republicanos se derrumben bajo su propio peso y hacer que el pueblo estadounidense nos extrañe. Silencio hasta que la administración Trump haya caído en picado hasta un porcentaje de aprobación pública de entre el 40 y el 30% en las encuestas. En ese momento es cuando deberíamos comportarnos como una manada de hienas y lanzarnos a la yugular. Hasta entonces, estoy pidiendo una retirada política estratégica".
Su propuesta ha indignado a unos, escandalizado a otros, deprimido a muchos votantes que asisten atónitos al desmantelamiento del sistema en el que han creído y crecido. Hay una rama, la más beligerante del partido, que dice que no se puede abogar por la rendición y hay que hacer frente. Este bando, azuzado por los activistas, exigen que se olviden los métodos tradicionales y se lance una lucha política sin cuartel.
Pero muchos líderes del partido y el grueso del establishment creen que un enfoque más quirúrgico y moderado sigue siendo el más eficaz. La semana pasada, Hakeem Jeffreys, el líder en la Cámara de Representantes, admitió que tienen las manos bastante atadas y que es mejor concentrarse que picar todos los anzuelos. "Estoy tratando de averiguar qué influencia tenemos realmente. ¿Qué influencia tenemos? Los republicanos controlan la Cámara de Representantes, el Senado y la presidencia. Es su gobierno".
"Hay una enorme cantidad de ira y ansiedad entre muchos demócratas de base sobre lo que está sucediendo, y están desesperadamente interesados en ver a los suyos luchar", ha señalado David Axelrod, hombre de confianza de Barack Obama, estratega y ahora tertuliano habitual, que cree que intentar imitar las tácticas de los republicanos más radicales sería contraproductivo. "No es efectivo dar la impresión de que todos los elementos de la burocracia federal son intocables, que no hay lugar para la reforma o la eficiencia. Es muy difícil resolver estas cosas sin un líder, sin un candidato, y no vamos a tener uno durante varios años", avisa en declaraciones a The Washington Post.
En un acto con periodistas hispanohablantes, entre ellos este diario, la congresista Katherine Clark, la whip de la minoría, afirmó que cuando escucha lo que dicen Carville y otros sólo puede acordarse de la frase de la campaña de Clinton: 'Es la economía, estúpidos'. "Nuestro mensaje a los americanos es que no les vamos a abandonar, no vamos a dejar que les roben la salud, los programas de ayuda, las subvenciones a los granjeros para que haya otra rebaja de impuestos a los millonarios. Vamos a luchar por vosotros", aseguró.
Su caucus parece haber decidido centrarse en economía, inflación y Sanidad de manera machacona, y escoger tácticamente cada batalla. Por ejemplo, concentrarse en el Presupuesto, algo técnico, de cobertura difícil, pero que implica billones de recortes para la próxima década. Puede salir bien, pero es un método del pasado frente a un fenómeno completamente diferente, que se rige por las reglas de la nueva política, no la vieja. En la práctica, queriendo o sin querer, por estrategia o incompetencia, por división o debilidad, el partido está fiándolo todo a que Trump se estrelle. Que haya peleas internas, especialmente con Musk. Que pueda haber dimisiones o ceses, como en el primer mandato. Que el mal desempeño de la economía y los mercados, minen la popularidad y el apoyo a Trump.
Después de la derrota de Clinton en 2016, los líderes legislativos, Nancy Pelosi y Chuck Schumer, tomaron las riendas y lograron una coalición más o menos estable en la oposición durante el primer mandato de Donald Trump, logrando recuperar la Cámara de Representantes en 2018 y la Casa Blanca y el Senado en 2020. La sensación y la esperanza es que ahora pueda repetirse la jugada, especialmente si la economía se ralentiza. Y los favoritos en las quinielas para el próximo ciclo presidencial, gente como los gobernadores Gavin Newsom, Gretchen Whitmer o Josh Shapiro están con perfil bajo esperando su momento.
Pero hasta que eso ocurra, la imagen es de completa debilidad. El mejor ejemplo es el discurso del martes de Trump ante las dos cámaras, donde no hubo una estrategia. Algunos congresistas y senadores se ausentaron. Uno, el veterano Al Green de Texas, fue expulsado por plantarse desafiante ante el presidente diciéndole que no tenía mandato para recortar la Sanidad, y cuando dos días después el Congreso votó para censurarle su actitud, casi una decena de demócratas se sumaron a la otra bancada, enfadados por lo que veían falta de decoro y respeto a las instituciones.
En el discurso, varios optaron por llevar colores como protesta, pero sin que las imágenes realmente calaran porque unas iban de rosa, por las mujeres. Otros de negro, por la raza. Y otros de amarillo y azul por Ucrania.
"Hace medio siglo, Muhammad Ali se consolidó como el mejor boxeador de todos los tiempos no por abrirse paso a puñetazos hasta la gloria, sino por dominar el arte de la retirada estratégica. Enfrentándose a George Foreman, que venía de conseguir 37 nocauts y 40 victorias, Ali desplegó la famosa estrategia de rope-a-dope, retirándose a las cuerdas del ring, evadiendo a derecha e izquierda, absorbiendo pequeños golpes, hasta que la batería de Foreman se agotó. En ese momento, en el octavo asalto, Alí lanzó el decisivo golpe para noquear. Ahora estamos en el primer asalto, paciencia, demócratas", concluye Carville en su ensayo.

