- Equipaje de mano Regresa el (estrafalario) rey
- Equipaje de mano Estados Unidos distraído e India a lo que está
Más viajero que de costumbre, tras despachar la entrega pasada en Abu Dabi, este Equipaje de mano se enfrenta al frenesí que atenaza medios y diálogos personales en la -todavía- capital del mundo. Frenesí que hábilmente orquesta en bucle Donald Trump, atropellando la información con declaraciones, comentarios o posts que se suceden de forma ininterrumpida sobre los temas más variopintos, con un efecto -¿y objetivo?- común: romper el clásico concepto de ciclo de noticias. Esta vorágine deja a su paso una estela de humillación y desconcierto, como santo y seña del 47º presidente de Estados Unidos.
En sede internacional, el autoproclamado Tariff Man -sin dar respiro a las intimidaciones respecto a Groenlandia, Panamá o Canadá con las que se estrenó como inquilino de la Casa Blanca- arremetió con una cascada de comunicaciones arancelarias: un 25% al total de importaciones de sus vecinos norte y sur, con la única salvedad de los productos energéticos canadienses, que sólo sufrirían un 10%. El 10% pregonado para China en esta primera tanda si acaso sorprendió a algunos por ser muy inferior a la promesa de campaña del 60%.
Quienes conocen al presidente afirman que escucha poco, con la excepción importante del pulso del dinero. Exista o no correlación, la postura cambió radicalmente con la reacción vendedora global de las bolsas. La escenificada determinación berroqueña del anuncio quedó simbolizada en el exabrupto al periodista que preguntaba si China, Canadá o México podían hacer algo para detener la implementación de las medidas: un fulminante «No. Nada» del Gran Disruptor. Tras este aldabonazo -sin empacho alguno-, Washington acordó con Canadá y México, al filo del plazo, retrasar la entrada en vigor un mes «para negociar». No es el caso por el momento -resulta obligado añadir, dada la variabilidad del protagonista central- de la tarifa general de 10% a bienes chinos efectiva desde el martes que, según Trump, es solo el opening salvo -el aperitivo- antes de las conversaciones con Xi Jinping, de cuya celebración da señales contradictorias (el lunes, sería «probablemente en las próximas 24 horas»; el martes, «no tengo prisa»).
Notable de este arrebato trumpiano es el procedimiento elegido. Invoca la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, profiriendo que el «peligro extraordinario que representan los inmigrantes ilegales y las drogas, incluido el letal fentanilo, constituye una emergencia nacional». Dicha normativa, aprobada en 1977, da amplias libertades al presidente en el ámbito económico «para hacer frente a cualquier amenaza inusual y extraordinaria, cuyo origen se encuentre total o sustancialmente fuera de Estados Unidos, contra la seguridad, la política exterior y la economía». La ley se había usado anteriormente para ejercer sanciones o controles de exportación, nunca para aranceles que, hasta ahora, se consideraban pertenecientes al campo mercantil puro.
Más allá de las batallas jurídicas que se esperan -y la posible expansión de los poderes ejecutivos-, la conceptualización de disposiciones tarifarias en medidas de seguridad nacional representa un cambio radical de la visión comercial tradicional de Estados Unidos. Se perfilan como herramientas de persuasión -coerción- desde el transaccionalismo dominante del equipo actual para lograr objetivos políticos (por ejemplo, la movilización de la Guardia Nacional mexicana -diez mil efectivos- en la frontera, lo que nada tiene que ver con la materia sino con la inmigración ilegal).
Lo mercantil ha perdido el marchamo intelectual de mutuamente beneficioso. Washington embiste contra uno de los pilares del sistema en vigor desde la Segunda Guerra Mundial fundamentado en la promoción del libre intercambio como generador de prosperidad, que a su vez trae paz. Con la impredecibilidad y la arbitrariedad de sus acciones, Trump erosiona el Orden Liberal Internacional y niega el fundamental principio de establecer vínculos de afinidad o alianza en favor de una visión de «aquí te pillo, aquí te mato» enraizada en un nacionalismo romo. Asistimos al fin de la globalización feliz; comerciar con Estados Unidos se convierte en un «sálvese quien pueda».
Al esgrimir aplicar los aranceles a aliados y competidores indiscriminadamente, la administración muestra al resto del mundo que no es un socio fiable. En consecuencia, anima -más bien, obliga- a las contrapartes tradicionales de EEUU a formar bloques y trenzar redes comerciales al margen. Este fue mensaje central de Ursula von der Leyen en Davos el mes pasado: la UE tantea cooperar «no solo con nuestros antiguos afines» (referencia clara a Washington), «sino con cualquier país con el que compartamos intereses». Canadá, por su parte, da indicios claros de buscar terminar con la dependencia del mercado americano. Las exportaciones de Ottawa a su vecino superan el 75% del total; del petróleo exportado, prácticamente todo va allí.
La tendencia a emprender alianzas alternativas a EEUU fue impulsada ya por el primer mandato de Trump y su retirada de pactos multilaterales, como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (la versión renovada, el Acuerdo Amplio y Progresista de Asociación Transpacífico, ha acogido en diciembre a Reino Unido -no cabe más alejado geográficamente-). A partir de la llegada de Master Negotiator hace ocho años, aunque el comercio se ha mantenido aproximadamente en el 60% del PIB global, la cuota estadounidense ha ido cayendo, mientras subía en otras regiones; superan el 80% los países que han aumentado el peso del capítulo en su PIB nacional en este tiempo.
Sin perjuicio de lo anterior, Estados Unidos sigue siendo indispensable para Europa. Empezando por la seguridad. Con formas inadmisibles, Trump señala cuestiones candentes, como las carencias de nuestra defensa o los retos estratégicos que presenta el Ártico. Los europeos hemos de componer una oferta atractiva y coordinada combinada con algún adorno táctico que acaricie el descomunal ego del mandatario. No contamos con una estrategia clara, ni orientación concreta. Por mucho que Von der Leyen intente alzarse en capitán -en su discurso el lunes ante la Conferencia de Embajadores UE, volvía a marcar distancia con Washington, recalcando el «espacio para entablar un compromiso constructivo con China y encontrar soluciones que respondan a los intereses mutuos»-, su voz se pierde entre una tripulación dividida. Trump responde únicamente a interlocutores fuertes. Y de esos, andamos faltos en nuestro continente.
Son muchos los que en este punto de convergencia de hilos políticos insisten en no tener en cuenta las formas de estos primeros compases, sino los actos concretos. Aun discrepando en un plano puramente intelectual -por el valor simbólico ineludible de la palabra-, ¿quién sale ganando? La respuesta más obvia sería Pekín, hoy principal socio económico de más de 120 países. El caos que siembra Trump propicia que Xi se presente como contraparte estable y de confianza. Y aproveche el descenso del liderazgo y credibilidad estadounidenses en el escenario mundial -el ocaso de la Pax Americana- para promover un orden diferenciado. En una entrevista el día 30, Marco Rubio (recién estrenado secretario de Estado) aseguraba que «no es normal que el mundo tenga simplemente un poder unipolar», calificando la preeminencia de Washington tras la caída de la Unión Soviética como «anomalía». Dejó claro que «el papel de gobierno global, intentando resolver los problemas» que había asumido la Casa Blanca, ha expirado. Es decir, EEUU se desentiende. Trump rompe amarras.
