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En Bakú, se cerró el domingo -tarde y de forma contenciosa- la COP29, cumbre anual dedicada al cambio climático. Si hemos de resumir lo que ha sido, «guirigay» le viene de molde. Secuencialmente, las dos acepciones del término le son aplicables: «griterío y confusión» en su marcha; «lenguaje oscuro y difícil de entender» en sus conclusiones. Ambas manifestaciones reflejan las disfuncionalidades de la arquitectura multilateral que encarna la Organización de Naciones Unidas (ONU). Son metáfora de la compleja transición desde el mundo de ayer -de Bretton Woods y la Carta de San Francisco- al que alumbra revuelto. En palabras de Xi Jinping, los «cambios nunca vistos en 100 años».
Empecemos por el follón. Más allá del tumulto de activistas -imagen tradicional de los encuentros-, de esta edición se recordará la presidencia: el acoso a que fue sometida y la debilidad que rezumó. Desde el arranque, no hubo sino traspiés. Las normas generales ONU establecen cinco grupos regionales y la rotación del anfitrión entre ellos. Tocaba «Europa oriental» y el veto de Rusia a que cualquier miembro de la UE se erigiera en sede dejó la elección entre Azerbaiyán y Armenia, dos países que mantienen larga disputa territorial, puntuada por choques militares. Tras mucho chalaneo, Ereván cedió -mediando la liberación de 32 presos-.
La presidencia azerbaiyaní, junto a su nominación conflictiva y las tensiones geopolíticas del momento, hubo de enfrentarse a virulentos reproches de greenwashing que no supo gestionar con la habilidad de su predecesora Dubái -potente economía igualmente dependiente de los combustibles fósiles-. Además, al coincidir en tiempo el G20 en Río, no viajaron a Bakú los máximos mandatarios de las 13 naciones principales contaminadoras; tampoco de los gigantes de Wall Street como BlackRock o Bank of America. Por fin, se ausentó la mismísima Abanderada Verde por antonomasia, Ursula von der Leyen. La frustración que corría entre los representantes queda plasmada en la apreciación del negociador panameño: «[todo] caótico, mal gestionado y un fracaso total en términos de cumplir con la ambición requerida». Por fin, mucho tuvo que ver la irrupción del elefante Trump en la cacharrería verde. Su antagonismo enarbolado hacia los esfuerzos ambientales ha sido telón de fondo en Bakú. «Los compromisos asumidos por la administración Biden en la COP29 serán simplemente discursos vacíos dirigidos a los grupos climáticos», aseguró el cabeza (republicano) de la delegación bipartidista americana.
De esos polvos vino la malograda declaración final de Bakú: un planteamiento defectuoso en mercados de CO2 y un escaso «Nuevo Objetivo Colectivo Cuantificado» que el «Sur» ha tachado de «traición». El asunto de los créditos de carbono lleva dos lustros peleándose -sobre la base del Artículo 6 del Acuerdo de París de 2015- sin avances significativos. Con estos antecedentes, chocó que, el primer día de la COP, el azerbaiyaní diera por adoptadas las definiciones del sistema, provocando acusaciones de caciquismo, de haberse saltado el procedimiento. Por el contrario, las conversaciones en torno a la financiación del «Sur» se alargaron sin progreso hasta el límite. Si bien el pacto alcanzado con fórceps -300.000 millones anuales a movilizar antes de 2035 enunciados por los países «ricos»- triplica lo concordado en 2009 en Copenhague (que tardó diez años en materializarse), dista de los 1,3 billones demandados por el grueso de la conferencia como mínimo en pos de los más de 2 billones por curso que expertos estiman precisa una transición eficaz.
La categorización ejemplifica la dislocación de la coyuntura actual. Porque «ricos» en COP29 no incluye a Arabia Saudí, a Emiratos o a China; es oficialmente sinónimo de «Norte». Por normativa ONU (sentada en 1992, firmemente el mundo de ayer), el Imperio del Medio -ahora segunda economía del planeta- queda exento de obligaciones en este campo como país en desarrollo. China, que ha superado a la UE en emisiones históricas acumuladas. China, que en 2023, a la vez de instalar más turbinas eólicas y paneles solares que el resto en conjunto, construyó en su territorio el 95% de las nuevas centrales de carbón. China, que es hoy el máximo emisor (30%) de gases de efecto invernadero (7% para la Unión Europea).
En Bakú, los enviados de Pekín circulaban entre bambalinas, oscilando de beneficiario a benefactor: se posicionaban como líderes del G77+China -agrupación del «Sur Global» que abarca prácticamente toda América Latina, África y Asia- para exigir mayor aporte del «Norte», a la vez que marcaban énfasis en haber sumado más de 24.500 millones de dólares en financiación climática al «Sur» desde 2016. Con las cautelas que este tipo de cifras requieren, la cantidad únicamente la mejoran Japón, Alemania, Estados Unidos y Francia (Reino Unido empata).
Así, COP29 es, sin perjuicio de otras consideraciones, metáfora de la disfunción que vivimos. Ante el reto energético, nosotros europeos -sociedad madura, con una población estancada y tristemente poco crecimiento económico- hemos acordado unas políticas en el Green Deal que, sin lugar a dudas, tenemos que revisar. En el otro extremo, en este desafío, Pakistán, India o Burkina Faso son sociedades todavía con demografía ascendente -sino desbordada- y expansión. China sobrevuela esta oposición. En buena lógica, tiene unas activas políticas de bienestar que continúan suponiendo aumento del consumo de energía.
El guirigay que ha caracterizado esta última ronda multilateral pide a gritos un baño de realismo y la voluntad compartida de abordar la situación de manera coordinada. En particular, le incumbe a Europa abandonar las prédicas dogmáticas (que somos los primeros en incumplir cuando las circunstancias aprietan); dejar de rasgarnos las vestiduras porque el «Sur» supuestamente pueda entrar en peligrosa espiral utilizando combustibles fósiles aún mientras nosotros les seguimos comprando y usando -sobre todo, gas-. Por otro lado, las dicotomías que la normativa y los usos del mundo de ayer conservan, han de superarse colectivamente. Y habrán de constituirse reglas que respondan al mundo de hoy. Desde la composición de intereses; desde los compromisos de calado con países con medios para hacerlo -sin duda el Golfo-. También China.
