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En el Centro Americano de Pekín, un espacio cultural gestionado por la misión diplomática estadounidense en la capital de China, se acaba de presentar una exposición fotográfica sobre el momento más brillante en la historia de las relaciones entre las actuales dos superpotencias mundiales: cuando más de 250.000 soldados estadounidenses se unieron al ejército chino para luchar contra las fuerzas imperiales japonesas durante la Segunda Guerra Mundial.
Un capítulo olvidado para Pekín y Washington que ha rescatado un influencer chino llamado Zou Dehuai, el comisario de la exposición, quien se ha pasado una década recogiendo más de 10.000 imágenes y cientos de historias de aquella contienda. "China y Estados Unidos fueron grandes aliados en el pasado, lucharon hombro con hombro, pero hoy en día los ciudadanos de ambos países desconocen esta historia. En medio de todas las tensiones actuales, era el momento de rescatar este episodio del olvido", afirma Zou.
En Pekín, más que tirar de hemeroteca para recordar que es posible mantener una óptima relación con su principal rival, los líderes políticos están inquietos por las nuevas turbulencias que se aproximan cuando Donald Trump, ganador esta semana de las elecciones estadounidenses, tome en enero los mandos en el Despacho Oval.
En el gigante asiático, a través de los medios estatales, están saliendo diferentes conjeturas sobre cuáles serán los primeros movimientos del próximo presidente estadounidense respecto a China. ¿Trump, como ha prometido, impondrá un 60% de aranceles a los productos chinos, recrudeciendo la guerra comercial que él mismo inició en su primer mandato? ¿Continuará el camino iniciado por la administración Biden de ahogar tecnológicamente a su rival? ¿Prometerá, como hizo Biden, defender Taiwan si el ejército chino lanzara una invasión?
Hay una cuarta cuestión igual de importante y que era una de las piedras angulares en la política exterior de Biden en su estrategia para contener el avance de China: en qué lugar quedarán las muchas alianzas de Washington en Asia-Pacífico. Hay expectación por ver cómo se mueve el mapa geopolítico en la región más dinámica y poblada del mundo. En varias consultas de este periódico con especialistas de Tokio, Pekín y Taipei, estos coinciden en que lo que más preocupa en estos momentos es la dirección que tomará la agenda económica proteccionista de Trump.
Si Trump continúa siendo el principal valedor internacional y gran proveedor de armas de Taiwan. Si refuerza o descuida el tripartito de democracias que EEUU ha forjado con Japón y Corea del Sur para frenar a China y disuadir a la siempre molesta Corea del Norte. Si mantiene los lazos estratégicos con India y Filipinas, o sigue estrechando relaciones con la dictadura de Vietnam. Si deja atrás los desplantes que hizo en el pasado y participa en persona en las cumbres de la ASEAN, el grupo de naciones del Sudeste Asiático. Si apuesta por imponentes alianzas de seguridad como el Aukus, que forma junto a Reino Unido y Australia, o el Quad (EEUU, India, Australia y Japón), ambas diseñadas como un contrapeso militar a la creciente influencia de Pekín en el Pacífico.
Tira y afloja entre Washington y Pekín
En los últimos ocho años, tanto en la primera etapa de Trump como en los cuatro años de Biden, gran parte de Asia ha estado atrapada en medio del tira y afloja entre Washington y Pekín. Hay una opinión muy compartida estos días entre los analistas de los grandes medios asiáticos: Trump, aunque siempre es imprevisible, tratará de mantener la solidez de la red de alianzas tejidas por EEUU alrededor de China. Eso sí, como mordaz negociador que siempre ha sido, y como se vio durante su primer mandato de 2017 a 2021, querrá que sus socios paguen más por su protección.
Una de las zonas más calientes del mundo en estos momentos es el estrecho de Taiwan y el Mar de China Meridional, donde Pekín trazó una imaginaria "línea de nueve puntos" para reclamar alrededor del 80% del total de las aguas, incluidos algunos islotes y arrecifes controlados por otros vecinos del Sudeste asiático. La disputa empieza porque el Gobierno de Xi Jinping nunca ha aceptado un fallo del Tribunal Internacional de La Haya de 2016 que dicta que esas aguas son un espacio marítimo compartido y los estados costeros deben cooperar tanto en su conservación como en su explotación comercial.
En este contexto se abre un importante frente al que Washington presta mucha atención: la pelea entre China y Filipinas por varias islas, arrecifes y bancos de arena. Los guardacostas de ambos países llevan todo el año enfrentándose con cañones de agua o leves colisiones de barcos que han dejado en ocasiones algunos marineros heridos. Los amagos de un choque militar directo son cada vez más fuertes alrededor del Second Thomas Shoal, un atolón donde se encuentra encallado desde 1999 el Sierra Madre, un viejo buque de guerra que sirve como base flotante para una docena de soldados filipinos.
Desde la administración Biden aceleraron las relaciones diplomáticas y militares con Manila después de la victoria en 2022 en las elecciones filipinas de Ferdinand Marcos Jr, que sustituyó al polémico Rodrigo Duterte, más cercano a Pekín. Este año, Washington prometió 500 millones de dólares para ayudar en la modernización del ejército filipino.
El año pasado, Marcos reforzó un viejo acuerdo de defensa con EEUU, abriendo las puertas de su país a más tropas estadounidenses para que se instalen en un total de nueve bases militares, lo que facilita una mayor vigilancia de los movimientos del ejército chino en el mar en disputa. Pero sobre todo ayuda a una rápida respuesta militar por parte de Washington en caso de que China ataque Taiwan.
Si hay un sitio en la región donde no han celebrado la victoria de Trump, ese ha sido Taipei. En la isla que funciona de facto como un país independiente, convertida desde hace mucho en un peón de EEUU para provocar a China, tienen muchas dudas sobre si el año que viene encontrarán el mismo respaldo de seguridad en la Casa Blanca que durante el mandato de Biden, quien ha cumplido con nota el papel de leal escudero que ha repelido la siempre presente amenaza china.
Durante la campaña presidencial, Trump hizo referencia a la ayuda militar a Taiwan, acusando al Gobierno taiwanés de no pagar las armas que les envían. También hizo una afirmación sobre que Taipei "robó" a EEUU su potente industria de semiconductores, de la que tanto depende ahora Washington, y por eso tiene tanto interés en mantener a la isla fuera de las garras autoritarias de Pekín. Estos comentarios de Trump pusieron en alerta a los otros dos grandes socios regionales, Japón y Corea del Sur, que quieren que EEUU siga centrado en defender Taiwan para disuadir a China.
"El Gobierno de Biden formó cuidadosamente una coalición de aliados interregionales. Pero después de las elecciones estadounidenses, no hay duda de que muchos países han comenzado a preguntarse si estas alianzas serán lo suficientemente resistentes como para soportar otros cuatro años de una estrategia de 'Estados Unidos primero' de la administración Trump 2.0", asegura la investigadora Yuki Tatsumi, del think tank Stimson Center, con sede en Washington, que trabajó como analista política para la embajada de Japón en EEUU.
"Búsqueda de intereses exclusivos de EEUU"
"La victoria de Trump aumenta la probabilidad de que la política exterior estadounidense se aleje de la colaboración con países aliados que tienen valores similares en una lucha contra China y Rusia, y se dirija hacia una búsqueda unilateral de los intereses exclusivos de EEUU", sostiene un editorial del periódico surcoreano Hankyoreh en un editorial el miércoles.
Tokio y Seúl, en sus relaciones bilaterales, parece que han dejado atrás las rupturas diplomáticas por guerras pasadas y esperan que con Trump se mantenga, o incluso se intensifique, la sólida alianza que han formado para hacer frente a la amenaza que más les preocupa, y que no viene precisamente de Pekín: el programa nuclear y de misiles balísticos de Corea del Norte.
El foco global ha regresado sobre el régimen de Kim Jong-un después de que el eje Pyongyang-Moscú se fortaleciera con la firma de un acuerdo de defensa mutua que ha servido como base para que los norcoreanos apoyen al Kremlin con tropas que ya están luchando contra Ucrania. Los servicios de inteligencia de Washington, Seúl y Kiev estiman que Kim ha mandado entre 10.000 y 12.000 soldados para apoyar la invasión de Vladimir Putin.
Hay mucha incertidumbre sobre si Trump intentará nuevas rondas de diplomacia con Pyongyang, como hizo primero en 2018 en Singapur, cuando se convirtió en el primer presidente estadounidense en funciones en mantener conversaciones cara a cara con un líder norcoreano. O en 2019, cuando se reunió de nuevo con Kim en la fallida cumbre de Hanoi.
Los líderes más fuertes de Asia, desde Xi Jinping hasta el indio Modi, han mandado estos días varios mensajes a Trump felicitándole por su victoria. Kim Jong-un no se ha pronunciado desde que el mismo día de las elecciones en Estados Unidos, Pyongyang lanzara varios misiles balísticos al mar frente a su costa este. Una semana antes había probado su misil balístico intercontinental de combustible sólido (el Hwasong-19) más poderoso, que tiene capacidad para alcanzar el territorio continental estadounidense cargado con una ojiva nuclear.


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