INTERNACIONAL
Elecciones en EEUU

El futuro ya está aquí

Nos recuerda que la democracia liberal, el único que merece la pena a estas alturas de la historia, es más frágil de lo que pueda parecer.

Donald Trump, en un acto electoral, el pasado septiembre.
Donald Trump, en un acto electoral, el pasado septiembre.Matt RourkeAP
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Hace tiempo que tengo la sensación de que los europeos, y en especial los españoles, vemos la política de los Estados Unidos como yo veo cada mañana al levantarme el mundo que me rodea: sombras borrosas que nos recuerdan cosas que conocemos pero que no terminamos de saber bien qué son. Hasta que me pongo las gafas, claro.

La abrumadora victoria de Donald Trump ha sorprendido mucho a este lado del Atlántico y plantea diversos interrogantes y algunas preocupaciones. Que en un sistema presidencial el jefe del Estado tenga también bajo su control al legislativo, con unos partidos cada vez más irrelevantes, le otorga una fuerza que no va a ser fácil de limitar, al menos durante los dos primeros años de mandato. Por si esto fuera poco, y a diferencia de hace ocho años, el Trump que ganó las elecciones está inmerso en un gran número de procesos judiciales que no auguran nada bueno en lo que respecta a la separación de poderes a lo largo de los próximos tiempos. Y no parece prudente que un perfil como ese acumule tanto poder.

Si la tendencia en los sistemas presidenciales es hacia la polarización -creo que también hacia el autogolpe de Estado, pero esa es otra historia-, la trayectoria política de Trump es un buen ejemplo de cómo el populismo ha enraizado en las democracias occidentales, acentuando la deriva polarizadora del sistema en el que opera. Todo esto nos recuerda que no hay sistemas eternos y que la democracia liberal, el único sistema que merece la pena a estas alturas de la historia, es más frágil de lo que pueda parecer.

El nuestro es un sistema imperfecto, claro que lo es, porque sobre el fuste torcido de la humanidad no se puede construir nada recto, como nos enseñó Isaiah Berlin. Por eso, el sistema se fundamenta en un conjunto de usos y costumbres -el liderazgo, la apelación a la ciudadanía, el valor del voto, los consensos básicos, la información veraz, la comunicación...- cuya perversión abre la puerta a un futuro inquietante. Sin instituciones mediadores potentes, como los medios de comunicación o los partidos, la relación directa entre el líder y su pueblo nos lleva de manera directa al callejón de los años más oscuros del pasado siglo XX.

Apelar a la maldad intrínseca de los periódicos, de los jueces o de los adversarios -apele quien apele- es una manera demoledora de destruir la comunidad política en la que vivimos. En España esto nos suena porque lo hemos vivido hasta hace cuatro días -en términos históricos-: durante los últimos 40 años la antipolítica la practicó aquí la extrema izquierda nacionalista vasca, matando a ciudadanos porque querían sacarlos, de manera literal, de su comunidad política.

Son malos tiempos para los matices. La inmediatez que nos ha traído la tecnología desprecia la lectura reposada y la conversación pausada entre diferentes, entre todos aquellos que, discrepando en muchas cosas, coinciden en lo esencial. Auden definió una vez los años 30 de su juventud europea como "la década canalla". El desprecio al extranjero, al adversario, a las formas y a la libertad de comercio (eso es el proteccionismo) que han aupado a Trump a la presidencia parecen hacer continuar nuestro viaje hacia un futuro que quizá sea más que un pasado del que no conseguimos despertar.

* Politólogo y director de Asuntos Públicos de Atrevia