Cuando Ana Tavadze nació, hace 26 años, Georgia todavía estaba estrenando independencia, con más cortes de luz que esperanzas. Pero Moscú jamás quedó atrás: era una niña de 10 años cuando Rusia atacó su país, arrancando en 2008 dos territorios de habla rusa: Osetia del Norte y Abjasia. Las convulsiones de 2024 han vuelto a poner a Georgia en el mapa. Apoyada en el balcón, mira al horizonte de reojo: "Estos días están entre los más oscuros para nuestra democracia, lo que vemos es un partido en el poder completamente corrupto, igual que el líder extraoficial del país".
El oligarca al que se refiere, casi puede vernos desde arriba. Tavadze se gira y señala: en lo alto de la colina sobresale la fortaleza donde vive el 'dueño' del país, un empresario solitario llamado Bidzina Ivanishvili. Ganó miles de millones en Rusia en los años 90 y ha gobernado Georgia desde 2012, al principio como primer ministro pero la mayor parte del tiempo desde la sombra a través del partido que fundó, Sueño Georgiano.
Son otra generación, criada al margen del paternalismo estatal, conectada a internet y exigente en la gestión de los asuntos públicos. No recuerdan la URSS ni el caos de su derrumbe, porque ellos no estaban allí. Igual que los jóvenes de las revueltas de Maidan en Kiev en 2014, la generación de Ana Tavadze está viendo la historia de su país acelerarse. Creen que su nación caucásica de 3,7 millones de habitantes está siendo empujada hacia la esfera de influencia de Rusia y alejada de la Unión Europea, que ha puesto en suspenso el proceso de integración en el bloque comunitario.
Durante la última década las autoridades georgianas han mantenido una cautelosa relación entre Rusia y Occidente, pero el desgaste del poder ha hecho al partido gubernamental tomar la senda iliberal para atrincherarse con una ley de agentes extranjeros que pone en la diana a asociaciones y medios mientras usa un lenguaje cada vez más grueso contra Occidente. La presidenta de Georgia, Salomé Zourabichvili, ha presentado una demanda ante el Tribunal Constitucional para frenar esta ley, en un pulso institucional que se ha prolongado durante todo el verano.
El colectivo Shame (Vergüenza), creado en 2019 para sacar los colores al gobierno, es uno de los movimientos sociales más importantes en Georgia, volcado en las reformas democráticas y en la integración europea. Tavadze es una de las jóvenes que, desde esta entidad sostenida parcialmente con fondos occidentales, planta cara al gobierno del primer ministro, Irakli Kobajidze, unas revueltas donde la llamada "generación Z", veinteañeros que no conocieron la Unión Soviética y sólo recuerdan al actual partido en el poder. Son casi las mismas coordenadas que los rusos que en las capitales salieron a protestar en 2011 detrás de un desconocido Alexei Navalny: nadie recordaba la URSS y estaban cansados tras haber vivido toda su vida adulta bajo el mismo régimen.
El gobierno georgiano defiende que la aprobación de la ley de agentes extranjeros era necesaria para combatir los valores "pseudoliberales" supuestamente impuestos desde fuera del país y para promover la soberanía de Georgia.
Hay más 'leyes rusas' en la recámara. Los partidos de la oposición han descrito los proyectos de ley anti-LGBT como un intento del partido Sueño Georgiano de apelar a los votantes de mentalidad conservadora antes de las elecciones de otoño.
El resultado es la desestabilización de un régimen que había conquistado a sus votantes vendiendo precisamente estabilidad, paz con Rusia y perspectivas europeas: como en Ucrania en 2014, ha quedado claro que todo a la vez no es posible. Georgia ha vivido unas manifestaciones enormes estos meses, y se preparan más. Y el embajador de la Unión Europea en Tiflis, Pawel Herczynski, dijo en junio a la agencia georgiana Interpress que el proceso del país para unirse al bloque había sido detenido por culpa de las leyes sobre agentes extranjeros. El camino hacia Bruselas es cada vez más tierra quemada.
Tavadze coloca en el centro el problema al oligarca Bidzina Ivanishvili, "que ha decidido llevar a Georgia a la órbita de Moscú, lejos de la familia europea, lo cual no es nuevo para nosotros, lo vimos venir hace años pero mantuvo una ambigüedad estratégica". Tavadze describe cómo en los últimos años el partido en el poder ha ido usando "la narrativa de que se quieren unir a la UE pero por otro lado se acercan a Rusia, aunque desde que han reiniciado esta ley ha quedado claro que las verdaderas intenciones de Ivanishvili son sacarnos del camino hacia la UE".
"No queremos que pase como en Rusia"
Calle abajo, gritando frente a los edificios del Gobierno está Gvantsa Natsvlishvili. Estudia segundo curso de Ciencias Políticas: "Hemos visto lo peligrosa que ha sido esta ley de agentes extranjeros en Rusia, donde con el tiempo sufrió modificaciones que aquí se han hecho desde el principio sin decirlo a la ciudadanía". Camina con una bandera georgiana sobre los hombros, los coches hacen sonar sus bocinas al pasar en medio de unas calles que son un reguero de jóvenes indignados. Este verano en Tiflis el componente generacional ha sido todavía más fuerte que en las revueltas de Maidan en el invierno de 2014. Son chicos y chicas de 18 o veintipocos los que lideran esta resistencia.
Natsvlishvili denuncia que "esta ley está moldeada igual que la que se aprobó en Moscú y sospechamos que está elaborada desde ahí, porque se aplicó primero en la ocupada Abjasia, y apareció en Bosnia, en Hungría, en cualquier lugar que tenga lazos con Rusia aparece esta ley, por eso sabemos que viene de Rusia"
"Esta ley va a legalizar lo que el Gobierno ya está haciendo, señalar a ONG, expulsar a entidades que reciben financiación de la UE o EEUU, lo cual es crucial porque casi todo lo bueno que se ha hecho en este país ha sido con la financiación de Occidente", denuncia Natsvlishvili, mientras esquiva el alocado tráfico de la ciudad, y pronto "también afectará a los medios, y creo que acabará afectando a los partidos".
Ganar en el Parlamento, perder la calle
Durante estos meses, gracias a su mayoría parlamentaria, el Gobierno ha conseguido sacar adelante sus leyes, pero a costa de un desgaste enorme en la calle. "El único apoyo exterior que tienen son los gobernantes rusos y la propaganda rusa, que los han respaldado a la hora de retomar esta ley, que es sólo un síntoma de lo que está montando el régimen ruso en Georgia desde hace ya tiempo, porque también tenemos de pronto otros cambios legislativos súbitos, propuestos, anunciados o aprobados", enumera Tavadze, que incluye en esta lista no sólo la ley de la propaganda LGTB, sino una reforma impositiva "que crea en la práctica un paraíso fiscal aquí para los oligarcas rusos, incluido Ivanishvili". También, denuncia, han rechazado las cuotas de género en dos meses: "Es un ataque frontal a la sociedad civil".
La presidenta Zourabichvili (que fue elegida en 2018 con el respaldo de Sueño Georgiano antes de romper con la formación por ver insuficiente su impulso hacia la integración de la UE) se ha convertido en una de las críticas más duras con la ley de agentes extranjeros. Durante la primera parte del verano estuvo intentando agrupar una coalición de partidos de oposición para sacar del poder a este partido en las elecciones parlamentarias del 26 de octubre.
Ana Tavadze confía en que al final vencerán: "Va a ser duro durante un tiempo, muchas ONG prefieren no registrarse y pagar la primera multa, a ver qué pasa. Pero tenemos elecciones ya el 26 de octubre y creo que los georgianos están dispuestos a hacer posible el cambio llegado ese momento".

